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06ago16


De la insurrección popular a la irrupción del militarismo


No fue una fiesta patria cualquiera. La asunción de Víctor Paz Estenssoro, tras su reelección para un tercer mandato, en la soleada mañana del 6 de agosto de 1964, estuvo precedida de rumores de toda índole y de un creciente malestar político y social. El presagio de la mala hora venía de la mano de su compañero de fórmula, el general René Barrientos Ortuño, quien se haría del poder tres meses después, el 4 de noviembre, mediante un cruento golpe militar. "Cómo voy a golpear al libertador económico de Bolivia?", había respondido cínicamente cuando los periodistas le preguntaron, en vísperas de la asonada, si estaba conspirando contra su jefe.

Lo cierto es que Barrientos conspiraba día y noche desde el mismo minuto en que asumió la vicepresidencia de la República. "Estaba conspirando con todo el mundo. En dos oportunidades mandó a sus emisarios para pedirme que me sumara", recordaría años después el líder de la Federación de Mineros y la Central Obrera Boliviana (COB), Juan Lechín Oquendo, quien paradójicamente, siendo vicepresidente de Paz Estenssoro (1960-64), se había convertido en uno de sus principales opositores.

No era el único que había abandonado el Movimiento Nacionalista Revolucionario (MNR), también lo habían hecho Hernán Siles Zuazo, líder de la insurrección del 9 de abril de 1952, vicepresidente en el primer mandato de Paz Estenssoro (1952-56) y presidente entre 1956 y 1960, y Walter Guevara Arze, el "padre" de la Reforma Agraria.

1964 pintaba mal para el MNR desde los primeros días de enero, cuando Paz Estenssoro empezó a cavilar sobre su reelección, alentado por Estados Unidos, su valedor político y económico desde inicios de la década de los años 60. Hacia 1964, según el historiador Thomas C. Field, Bolivia era el segundo receptor per cápita de la ayuda estadounidense en el mundo (el aporte del programa Alianza Para el Progreso suponía el 20% del PIB nacional).

Contra la opinión de sus compañeros de partido, reformó la Constitución de 1961, modificando el artículo que prohibía la reelección inmediata, una decisión que ahondó la fractura del MNR y abrió la puerta al golpe militar.

Los ánimos estaban caldeados. Ante el ruido de sables y para aplacar a los militares, el Mono decidió sustituir a su compañero de fórmula, Federico Fortún, por Barrientos Ortuño, quien había ganado una gran popularidad a consecuencia de un aparente autoatentado nunca aclarado, en el que resultó herido en un glúteo. Paz Estenssoro y Barrientos fueron investidos el 6 de agosto tras unos comicios caracterizados por el fraude masivo y la abstención opositora. "Pithecanthropus reelectus", lo rebautizó el humorista Paulovich, en una variación de su famoso apodo.

En septiembre, unas semanas después de su asunción, Paz se vio forzado a apelar a la represión y la acción policial para mantener el control, como recordó el historiador James Dunkerley. Más de cien opositores fueron enviados al exilio, otros tantos fueron detenidos y, ante las críticas de la prensa independiente, se impuso la censura directa a los medios de comunicación. Las manifestaciones callejeras derivaron en enfrentamientos con una treintena de muertos y el consiguiente estado de sitio. El golpe del 4 de noviembre estaba servido.

"El golpe vino desde dentro", declaró, meses después, el depuesto mandatario al escritor Sergio Almaraz en su exilio de Lima. Y así fue. Montado en el descontento de su propio partido y en la oposición de un amplio abanico de sectores sociales, incluida la clase obrera, el vicepresidente y connotado militante de la "célula militar" del MNR, el general René Barrientos Ortuño, clausuró el doble sexenio de la Revolución Nacional (1952-1964) e inauguró un triple sexenio del militarismo (1864-1982). Lo hizo a sangre y fuego.

No fue un cuartelazo cualquiera. A decir de Sergio Almaraz, era el réquiem para una revolución que había introducido a Bolivia al siglo XX con un conjunto de medidas de profundo calado transformador. Fue la segunda revolución social latinoamericana, posterior a la mexicana de 1910-17 y previa a la cubana de 1959.

Como toda gesta histórica, la Revolución Nacional tuvo un debe y un haber. En el haber quedaron las grandes reformas impulsadas en los primeros cuatro años, entre 1952 y 1956, como la nacionalización de las minas, la reforma agraria, el voto universal y la reforma educativa, que cambiaron el rostro y el destino de Bolivia; en el debe, las dolorosas medidas para corregir los desequilibrios económicos y frenar la hiperinflación, como el Plan de Estabilización Monetaria (1956), que suprimió la subvención a los artículos de primera necesidad, eliminó el control de las exportaciones e importaciones y puso fin al control de cambios, y el Plan Triangular para la reestructuración de la Corporación Minera de Bolivia (Comibol), en 1961, que supuso el despido de miles de trabajadores mineros.

Con la misma mano que firmó el decreto de creación del Ministerio de Minas y Petróleo, el 12 de agosto de 1952, una medida imprescindible para la recuperación de los recursos naturales, Paz Estenssoro suscribió cuatro años después, en 1956, el Código de Petróleo, conocido como "Código Davenport", impuesto por la administración estadounidense, que determinó la entrega de las reservas petroleras a la empresa norteamericana Gulf Oil Company, en detrimento de Yacimientos Petrolíferos Fiscales Bolivianos, y fijó el reparto de utilidades en 80% para la Gulf y el 20% para el Estado.

Para entonces, el gobierno revolucionario había devenido en un régimen "entreguista" y autoritario, a decir de sus críticos. La insurrección popular que había logrado desalojar del poder, por la vía de las armas, a la oligarquía terrateniente y a la "rosca" de los barones del estaño, terminó sucumbiendo ante los militares "restauradores" y la trituradora de la Guerra Fría.

[Fuente: Por Juan Carlos Salazar, Página Siete, La Paz, 06ago16]

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