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21jul17


El nuevo palacio de Gobierno


En el viejo centro paceño se eleva buscando las nubes un nuevo palacio de Gobierno. No es un palacio más. Es un moderno gigante de cristal y cemento que soberbio contemplará por encima del hombro aquella La Paz colonial de hace más de dos siglos. El espigado palacio no escucha. No podría entender la polémica que lo rodea. Pero se sentirá mal, intruso en medio de las cálidas y señoriales casonas de adobe. Si pasa usted por Sucre encontrará el mismo dolor. En la ciudad más bella de nuestra América, la decadente universidad y algún nuevo rico de la moderna minería han sembrado nuestra antigua Ciudad Blanca de inadaptados galpones de hierro y calamina y desabridos y funcionales edificios de ladrillo visto.

No es problema de edad. No es enfoque ideológico. Es sensibilidad. Es respeto. Es comprensión de la belleza que llevan dentro las obras de pueblos y de personas. Tiwanaku es un conjunto sobrecogedor, no por el tamaño de sus piedras, ni por su colorido. Pueblos ancestrales dejaron allá para el mundo su concepción del hombre y de los dioses, su forma de comprender la vida, su capacidad de dar forma a la naturaleza que lo cobijaba. No importa que fuera pueblo conquistado o conquistador. Es obra humana, genialidad colectiva, que no se puede pisotear construyendo en medio de su grandeza una mole de cristal que la opaque, la esconda, la diluya.

Tristemente no todos tienen sensibilidad para vivirlo. No todos tienen dos dedos de alma. No es inteligencia. Es finura de espíritu que alcanza a comprender que puede disfrutar los secretos escondidos de la historia. Es capacidad para escuchar lo que decía al mundo y lo que sentía un pueblo cuando diseñaba sus casas, cuando les daba forma, cuando levantaba sus monumentos, cuando modelaba sus vasijas o cantaba su alegría. No todo es dinero ni ostentación. Hace falta profundidad. Hace falta capacidad de estremecerse. Hace falta saber lo que es la belleza y lo que es la emoción creadora.

¿Recuerda aquellas bestias que sin pudor mostraban al mundo su bajeza cuando a sangre fría degollaban a sus prisioneros ante una cámara? Creo que fueron los únicos que se sintieron orgullosos de destruir ciudades y monumentos, herencia de miles de años para toda la humanidad. No es culpa de su religión, ni de su ciencia. Les faltó calidad humana. No comprenden la belleza, el amor, la ternura, la fidelidad, la amistad, la creatividad, lo que puede decir de bello una persona, un pueblo. Solo les enseñaron a matar.

[Fuente: Por Alvaro Puente, El Deber, Santa Cruz de la Sierra, 21jul17]

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