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14may07


Macabros hallazgos en las fosas comunes del exterminio paramilitar en el Putumayo.


"Los muertos contarán la historia", expresó exhausto el joven antropólogo después de exhumar algunos restos de personas en el lejano municipio de La Dorada, en la selva del Putumayo. Tras varios días de trabajo, como los demás miembros de la Comisión de Justicia y Paz de la Fiscalía desplazada al sur del país, el avezado profesional quedó estupefacto con el macabro descubrimiento. La muerte sólo dejó en la región el estigma de una espantosa guerra sucia.

A cargo del fiscal Juan Carlos Goyeneche, la comisión partió de Puerto Asís protegida por un grupo de policías y detectives. Junto a los miembros de la Fiscalía, una odontóloga, un antropólogo y dos biólogos bien armados. Luego de dos horas de viaje por una maltrecha carretera, al llegar al puente sobre el río Guamuez, la comisión se detuvo en un retén militar. El nerviosismo sacó de su mutismo a los viajeros. "Está oscureciendo y nosotros aquí", comentaban.

En su fuero interno, ninguno descartaba un ataque de la guerrilla, o de las Águilas Negras o de Los Rastrojos, que operan en la zona. El retraso implicó que se rompiera el sigilo de la operación. Unos a otros se preguntaban: ┐Por qué para estos casos no puede contarse con un helicóptero? Pasado el tiempo, el Ejército autorizó el acceso y la Comisión de Justicia y Paz siguió en su misión: buscar en las fosas los rastros de la verdad del paramilitarismo en el sur de Colombia.

Ya en La Dorada y en horas de la madrugada, comenzaron a repetirse los tropiezos. "Alcalde, préstenos unas palas", reclamó uno de los funcionarios judiciales cuando empezó la excavación. "┐Alguien tiene para la gasolina de los carros?", preguntó otro. Y la noticia del arribo de la comisión se regó como pólvora en el pequeño pueblo de escasos 6.000 habitantes. Por eso, en pocos minutos, Héctor Mayorga, detective adscrito a la Dijín, ya estaba comprometido con familiares de víctimas a regresar al casco urbano con respuestas.

Con una carpeta bajo el brazo y una decena de fotos con los retratos de las víctimas, Mayorga se encaminó con los demás al sitio conocido como "La Marranera". Una vez en el lugar, el antropólogo Jaime Castro empezó a dar las instrucciones para iniciar el trabajo. "Todos en hilera, pendientes de las deformaciones del terreno o donde cambia de color la vegetación. Si detectan estas modificaciones, me llaman". En pocas palabras, una especie de "operación rastrillo" para encontrar muertos.

Doce banderas

No pasaron muchos minutos cuando alguien llamó la atención sobre una ondulación del terreno y de inmediato se clavó el primer barrero, una varilla alargada con una especie de tenazas en el extremo. Con manos de cirujano, el antropólogo tomó una muestra de tierra, la olió, observó el color de la tierra y dijo: "Aquí puede haber restos". El topógrafo levantó un croquis, comenzó la excavación y rápidamente aparecieron unas botas y los restos de un hombre. A su lado, un cráneo sin esqueleto adyacente.

"No es uno, son varios cadáveres", señaló el antropólogo y luego empezó a dibujar en la tierra un cuadrado. En su perímetro, poco a poco fueron apareciendo más restos de hombres y a cada hallazgo un comentario técnico doloroso: "esta fractura de fémur fue con machete y se nota que fue un cuerpo desmembrado". Horas más tarde, un confeso joven paramilitar corroboró la tesis del antropólogo: "En esta guerra había que descuartizar a la gente viva". Un cráneo con dos orificios. "El disparo dejó el mentón pegado al pecho".

Así pasó la tarde calurosa y acompañada de una romería de personas, la mayoría mujeres, pendientes de noticias. "Estos son hilos de un collar de mujer", "Este es un antebrazo", y del hueso colgando un reloj que quedó marcando las cuatro de la mañana o de la tarde. La carta de identidad de un ecuatoriano, y ante cada resto el aporte de una entomóloga, es decir, de una bióloga experta en insectos; de una odontóloga examinando dientes intactos; de un fotógrafo captando retazos de prendas; y de policías y soldados que no se atrevieron a mirar.

Al final de la jornada, quedaron en la explanada doce banderas rojas que señalan doce fosas y que sumadas demuestran que aquello fue un campo de exterminio y después un cementerio clandestino. El antropólogo concluyó con un interrogante: "┐Sí ve?, los muertos cuentan sus historias". Y fueron cinco días más, y más de 20 cuerpos desenterrados. Después empezaron a llegar hombres y mujeres para contar lo que hasta entonces nunca habían dicho: "Un día llegaron los paramilitares que operaban en la Dorada y se llevaron a nuestros hijos".

Llegaban temerosos, con la cabeza gacha y hablando en voz baja, pero después de los hallazgos empezaron a recordar: "El Personero siempre nos dijo que si queríamos vivir no denunciáramos". En esas apareció una mujer llamada Nancy Galárraga, y de su mano su sobrina de seis años. Suspiró más de una vez, al final tomó fuerzas, y así explicó su caso: "Fue el 1║ de enero de 2000. Con mis hermanas fuimos citadas a 'La Marranera' por el comandante Asprilla. Y el hombre me dijo que no me preocupara, que regresara y que las muchachas volvían más tarde. Nunca lo hicieron".

Desde ese primero de enero sigue esperando a Juliana, de 23 años; a Martha y Lucrecia, mellizas de 18, y a Susanita, de 13. Y desde ese día quedaron huérfanos tres niños. Todos en La Dorada recuerdan el caso de las hermanas Galárraga. "Eran muchachas muy alegres, salían los fines de semana a los ríos, a vender comida en los paseos". La madre estuvo al borde de la locura porque además de arrebatarle a sus hermanas, los paramilitares le quitaron la casa. Sin embargo, todos los días, durante el tiempo que aquellos se pasearon por el pueblo a la vista de todos, no dejó de preguntarles a los comandantes por la suerte de sus hijas.

El día de las excavaciones, medio pueblo estaba pendiente de las Galárraga. Pero no era la única expectativa. Un joven moreno que ayudó a echar pala como loco y andaba con la Policía, parecía el más ansioso. Era un confeso paramilitar que después fue señalando el sitio de nuevas fosas en la vereda El Placer. Cuando tomó confianza, fue develando crudos pasajes de horror. "Me llamo Róbinson y llegué al Putumayo reclutado en Buenaventura. Me prometieron sueldo de $700.000 y me dijeron que no tenía que matar sino cuidar laboratorios, pero todo fue engaño. Lo descubrí rápidamente".

A su amigo

El confeso paramilitar tomó un segundo aire y agregó: "Un día los comandantes llegaron al pueblo con varios civiles amarrados y, de repente, uno de ellos dio una orden perentoria: Los nuevos salgan de la fila y fórmense. Y delante de ellos, el comandante alias Maluco agarró del cabello a uno de los civiles y delante de todos le clavó el cuchillo en la garganta. Luego dijo sonriente: 'Esto se hace para que no puedan gritar'. Y luego explicó sin inmutarse que había que tener cuidado con no cortar la yugular, porque la idea era que sufrieran".

"Algunos paracos alcanzaron a desmayarse, pero durante los cuatro años que estuve con los paramilitares, descuarticé a nueve personas". Una de ellas fue a su propio "lanza", es decir, a su mejor amigo. El muchacho contó que tuvo que hacerlo porque quiso desertar del grupo. Entonces lo obligaron a descuartizarlo vivo. El espontáneo narrador hizo silencio, clavó su mirada en el piso, y confesó con amargura: "Me dieron ganas de vomitar, pero tuve que sacarle los órganos, porque si no, me mataban".

Todos quedaron estupefactos. Y el muchacho habló de nuevo: "Había otro comandante a quien llamábamos Muela Rica, porque obligaba a sus víctimas a comer carne humana. Hasta a nosotros nos decía que había que aprender para que no muriéramos de hambre. Cogía los lados más gordos del cuerpo --y señaló su antebrazo y las nalgas-- y los cortaba con cuchillo, los echaba a una paila llena de aceite y, a punta de pistola en la cabeza, obligaba a la gente a comer. Después decía que había que beber sangre para saciar la sed de matar".

Después el muchacho se aburrió de recordar y antes de partir con los policías que lo custodiaban, reconoció que quería pedirles perdón a sus víctimas, pero no sabía cómo mirarlas a la cara. Hoy sabe que en cualquier momento lo pueden matar, que algunos de sus antiguos compañeros lo buscan para asesinarlo. Tuvo educación, alcanzó a estudiar un semestre de sistemas, es hijo de una profesora de español, pero un día se dejó arrastrar por el ciclón de la violencia. Ahora, lejos de sus andanzas y en espera de pronta justicia, asombra a todos y concluye: "Yo lo que quiero es estudiar criminalística y ciencias forenses".

Termina su relato y otro confeso paramilitar empieza el suyo: "Un día íbamos por el río San Miguel y observamos a unos guerrilleros en El Afilador. A los pocos días, el comando Cali ordenó sacar a toda la gente de El Afilador a la cancha. Parecía un allanamiento. Entramos tumbando puertas, sacamos a la gente y a todos los hicimos arrodillar. Las mujeres gritaban, los hombres guardaban silencio. Los asesinamos a todos, entre ellos a 15 mujeres. Un comandante mató a dos niños que lloraban la muerte de su madre".

El Tigre

Días después, la Comisión de Justicia y Paz regresó al Putumayo. Esta vez a la vereda El Tigre, del municipio de La Hormiga. Desenterraron 20 cuerpos. En medio de los trabajos, apareció la guerrilla y hostigó a los militares que vigilaban la entrada al Valle del Guamuez, a escasos kilómetros del sitio de los hallazgos. Cuando sonaron los disparos, hasta el antropólogo, el fotógrafo y el topógrafo desenfundaron sus armas. El hostigamiento duró apenas 10 minutos, pero continuó el trabajo.

Con demasiado silencio porque los campesinos de la zona prácticamente vivieron secuestrados durante los últimos cuatro años. Sin embargo, en medio de la desolación colectiva, un muchacho identificó el cadáver de su padre, un ex policía. Y en medio de la tragedia volvió a surgir el enigma de las hermanas Galárraga. Entonces alguien dijo que el comandante Asprilla sabe el sitio donde están enterradas. No obstante, hasta hoy no se han podido ubicar. Tampoco a Asprilla, de quien se sabe que ahora comanda a un grupo de sicarios en el Valle.

"Como él, hay muchos que siguen libres", comenta Róbinson. Y añade: "Es que es difícil cambiar la vida de un día para otro". Luego admite que estuvo en diferentes albergues por problemas de drogadicción. ┐Cuántos como él pueden seguir en la calle?, pregunta uno de los funcionarios judiciales en la ruta de regreso a Puerto Asís y después a Bogotá. Nadie lo sabe. La mayoría del país desconoce también que en apenas cinco años, en el Putumayo murieron masacrados centenares de colombianos anónimos que apenas ahora cuentan sus historias desde sus despojos.

Recuerdo amargo de una masacre

En la noche del 9 de enero de 1999 un grupo de paramilitares entró a sangre y fuego a la inspección de policía de El Tigre, jurisdicción de La Hormiga (Putumayo), y ordenó al administrador de la planta eléctrica a pagar la luz. A partir de ese momento fue el horror. Los 30 'paras' fueron sacando violentamente a sus víctimas de las casas, fusilando a unas en la calle y a otras degollándolas para luego echarlas a las aguas sobre el río Guamuez. El resultado de esa absurda locura de los asesinos fue 26 civiles muerte y 14 desaparecidos. No contentos con la masacre, se acercaron a una bomba de gasolina para incendiarla y de paso quemar el pueblo. No pudieron, pero en la memoria colectiva quedó grabado ese día de horror y muerte.

[Fuente: Hollman Morris, Indymedia, Bogotá, 14may07]

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