Testimonio de vida de

Josué Giraldo Cardona

"Nos hemos hecho parte de esta familia universal por la dignidad de las personas y los pueblos, lo cual nos da el vigor para seguir adelante... El Estado y su proyecto paramilitar nos han hecho cerrar las oficinas pero no han doblegado, ni doblegarán, nuestra voluntad, ni nuestro compromiso."

JOSUÉ GIRALDO CARDONA
Presidente del Comité Cívico de Derechos Humanos del Meta
Ejecutado extrajudicialmente por el Estado colombiano el 13 de octubre de 1996.
(Declaraciones de Josué Giraldo, el 31 de marzo de 1996, en Ginebra, Suiza)


A la memoria de Josué Giraldo.

"...en mi patria encarcelan mineros
y los soldados mandan a los jueces.
Pero yo amo hasta las raíces
de mi pequeño país frío.
Si tuviera que morir mil veces,
allí quiero morir;
si tuviera que nacer mil veces, allí quiero nacer...
No quiero que vuelva la sangre
a empapar el pan, los frijoles,
la música: quiero que venga
conmigo el minero, la niña,
el abogado, el marinero,
el fabricante de muñecas,
que entremos al cine y salgamos
a beber el vino más rojo...
Yo vine aquí para cantar
y para que cantes conmigo."
(Pablo Neruda, Canto General, Que Despierte el Leñador, VI)

INDICE

Introducción
Carranza, Paramilitarismo e impunidad.
1. De por qué somos una familia grande
2. Recuerdos de mi infancia y de mi casa
Mi primera comunión
Nuestra casa de campo
De las restricciones familiares y de por qué yo no quise ser religioso
3. Mis primeras inquietudes políticas.
El sectarismo de papá
Recuerdos de una jornada política en Pensilvania.
4. De mis estudios universitarios y las luchas estudiantiles.
Los primeros garrotazos que recibí en mi vida.
No nací para los números y me decidí por estudiar Derecho.
Derecho era mi carrera, pero la Libre no fue más mi universidad.
Mi vinculación a la Juventud Comunista.
5. Mi regreso a Pensilvania y mi vinculación con la Unión Patriótica.
Creación de la Junta Patriótica para impulsar el nuevo partido.
Presencia de los paramilitares en Pensilvania.
Así se planeó y ejecutó el primer atentado contra mi vida.
6. De cómo un narcotraficante transformó Pensilvania. Muerte de Don Darío, Presidente del Concejo
7. De cómo terminé mi recuperación en un hospital de guerra en Moscú.
La sorpresa de encontrarme compatriotas.
Mis impresiones de la Perestroika.
8. "Salí de Guatemala para meterme en Guatepeor".
Desplazados ayer y desplazados hoy, los círculos infernales de la violencia.
9. El matrimonio, las hijas, las dificultades de la vida familiar.
Entre la tragedia nació el amor.
A los bebés hay que hablarles y cantarles desde la concepción.
El costo de encerrarse para proteger la vida, el sacrificio de la familia.
No puedo renunciar a lo que soy como hombre y como persona.
Las dificultades de tener guardaespaldas.
Mis hijas y mi esposa deben saber que yo siempre estoy y estaré con ellas.
Debo hablar con mi familia sobre la posibilidad de mi muerte.
10. En el Meta y en general en el Llano su gente y su naturaleza son fuentes de libertad y riqueza.
El Llano es tierra de libertad.
Experiencias guerrilleras del Llano de mitad de siglo.
Desmovilización guerrillera y colonización.
Surgimiento de los nuevos grupos guerrilleros.
Del 65 al 85, veinte años de relativa tranquilidad y prosperidad del movimiento popular en el Meta.
11. El paramilitarismo desangra el Departamento.
Gonzalo Rodríguez Gacha, alias "El Mexicano", primer promotor del paramilitarismo
El aniquilamiento de la Unión Patriótica en San Martín.
Políticos y militares deciden en el Meta el genocidio contra la Unión Patriótica.
El exterminio se traslada a Vistahermosa y El Castillo.
Rodríguez Gacha cede sus acciones en el paramilitarismo a Víctor Carranza.
Encubrimientos gubernamentales del paramilitarismo.
El paramilitarismo obedece también a un proyecto económico excluyente.
12. Los paroxismos que nos produce el terrorismo de Estado.
13. La represión puede silenciar los conflictos, pero llegará el momento en que el terror no podrá evitar que estallen.
14. Relato de aquellas muertes que me desgarraron el alma.
La masacre en la que pereció Carlos Covas.
El asesinato de Julio Cañón, alcalde de Vistahermosa y otras desgracias de su familia.
La primera masacre de Cañosibao.
El asesinato de Luis Eduardo Yaya.
La muerte de Carlos Julián Vélez, masacre de su familia.
La cuarta masacre de Cañosibao, la muerte de María Mercedes.
El asesinato de José Rodrigo García .
La muerte del fiscal Jesús Abella.
15. El proceso 019, de cómo Carranza teje el crimen y la impunidad
16. Carranza vuelve a beneficiarse de la impunidad y el Fiscal General lo convierte en señor
17. La esperanza de que la justicia sí puede funcionar, la captura de " Rasguño " lo demuestra
18. El surgimiento del Comité Cívico de Derechos Humanos del Meta
a) Asesinato y persecución de los médicos que colaboraban con el Comité
b) La desaparición de Delio Vargas
c) La desaparición de Adolfo Silva y otros atentados contra miembros del Comité
d) Nuestras denuncias contra Carranza y sus paramilitares incrementaron las amenazas y planes para atentar contra nuestras vidas.
19. La Comisión Meta, expectativas y frustraciones
a) El Gobierno entorpece la Comisión
b) La Comisión produce resultados contrarios a los esperados.
20. Experiencias que nos dejó la Comisión Meta
a) De cómo enseñan Derechos Humanos en el Batallón XXI Vargas
b) El comercio de la muerte en Granada
c) Diálogo con una comisión de la guerrilla de las FARC
d) Entrevistas con el clero de la Iglesia Católica
e) La juventud del Meta, una juventud atrapada por la violencia
f) Piñalito, ejemplo del típico pueblo coquero
g) Una anciana de la Unión Patriótica presa en su propia casa
h) Constataciones compartidas en la Comisión
21. Las últimas amenazas e intentos para asesinarme
22. De por qué soy defensor de los Derechos Humanos
a) De cómo nos hicimos parte de la familia universal defensora de los Derechos Humanos.
b) Tenemos que quitarle alas a la impunidad para que sea la vida la que vuele.
c) Por amor tenemos que transformar nuestra sensibilidad en actos por la justicia
23. La noche es más oscura cuando está a punto de amanecer
24. Del por qué no me voy de los Llanos
a) Tengo un paisaje de mi vida sembrado en el Meta para siempre
b) En el Meta están sembradas también mis lágrimas, el lloro no es un desvalor
c) Ceder me parece más terrible que la muerte misma


Introducción.

"Llamaste al hombre, a la mujer, al niño,
hace un año, a esta Plaza.
Y aquí cayó tu sangre.
En medio de la patria fue vertida,
frente al palacio, en medio de la calle,
para que la mirara todo el mundo
y no pudiera borrarla nadie,
y quedaron sus manchas rojas
como planetas implacables."
(Pablo Neruda, "La Muerte")

Josué Giraldo Cardona fue ejecutado extrajudicialmente por el Estado Colombiano a través de las manos sicariales del paramilitarismo el 13 de octubre de 1996, en la ciudad de Villavicencio, Meta, en presencia de sus dos pequeñas hijas de tres y cinco años de edad. Esta muerte nos permite decir, con el poema de Neruda que nos sirve de epígrafe, que su sangre, que fue "en medio de la patria vertida, frente al palacio... ", fue también uno de los tantos crímenes anunciados que la comunidad internacional quiso evitar reclamándole al Estado colombiano protección específica para los miembros del Comité Cívico de Derechos Humanos del Meta, del cual Josué era su presidente.

La muerte de Josué es una corroboración más del terrorismo de Estado que sigue imperando en Colombia, ahora con la actividad exacerbada y creciente del paramilitarismo. El Colectivo de Abogados "José Alvear Restrepo" publica el testimonio de vida de Josué Giraldo Cardona, no sólo como un homenaje a su memoria, sino esperando que las múltiples denuncias que Josué realizó nos permitan, como él dice: "quitarle alas a la impunidad para que vuele la vida". Luego de leer su testimonio ustedes y conozcan quiénes han sido los autores intelectuales y materiales de este crimen, pretendemos que se sumen a la Red Internacional contra la Impunidad que promueve la Coordinación Belga-Colombia2. Es nuestro propósito contribuir a lograr que, por lo menos, en el asesinato de Josué se haga justicia. Debemos lograrlo para que su sacrificio no sea estéril. Si obtenemos que los verdugos de Josué sean detenidos, procesados y condenados, se desvertebrará una de las estructuras más grandes del paramilitarismo y se resquebrajará una de las bases principales sobre las que actúa el terrorismo de Estado en Colombia. Además de las personas que no menciona Josué exigimos que responda de su asesinato el general Rodolfo Herrera Luna, comandante de la Séptima Brigada, quien en discurso público el 5 de septiembre de 1996 en el municipio de Mesetas, departamento del Meta, tildó a los defensores de los derechos humanos como mensajeros de la guerrilla. Discurso de la estrategia de la guerra sucia promovido por el propio Jefe de Estado, Ernesto Samper Pizano, cuando dijo, exactamente un año antes del asesinato de Josué, en octubre de 1995: "Como Presidente y Comandante en Jefe de las Fuerzas Armadas prefiero a los militares enfrentados a la subversión en las montañas y no en los juzgados del país contestando requerimientos infundados presentados por sus enemigos". Entendimos entonces que los defensores de derechos humanos quedarían más expósitos que nunca al accionar criminal de los que en Colombia han promovido el terrorismo de Estado. Que responda también de la muerte de Josué el Comandante de la IV División del Ejército, el Comandante de la Policía Meta y el Director Seccional del Das -Departamento Administrativo de Seguridad-, porque todos ellos conocían los planes denunciados por el propio Josué para atentar contra su vida. Que respondan al menos por la ostensible omisión en sus funciones que facilitaron su muerte.

Josué se había convertido, como él mismo lo dice en su testimonio, en un miembro más de la familia universal dedicada a la defensa de los derechos humanos. Su muerte no afecta solamente a los colombianos. Con esta ejecución el Estado ha ofendido y resentido a la comunidad internacional que defiende la dignidad humana en todos los rincones del planeta.

Josué intervino en el Parlamento Europeo, en febrero de 1996, para denunciar la estructuración y accionar del paramilitarismo en Colombia. Esta Cámara multiestatal condenó, en resolución común del 23 de octubre de 1996, su asesinato. Josué igualmente participó en el 51 y 52 períodos de sesiones de la Comisión de Derechos Humanos de Naciones Unidas en Ginebra, Suiza, reclamando con las ONGs colombianas e internacionales que se tomaran las medidas adecuadas por la comunidad internacional para ayudar a superar la grave crisis humanitaria en Colombia.

El testimonio de Josué contempla todas las etapas de su vida. Su memoria fotográfica le permitía recrear paisajes y momentos con una fidelidad tal a sus recuerdos que parecía que los hubiese vivido el día anterior. Recorriendo con él su vida se comprende gran parte de la Colombia de hoy : violencia política, narcotráfico y terrorismo de Estado. Josué fue un testigo de excepción, y finalmente también víctima del genocidio decretado contra la Unión Patriótica. Su compromiso político, su condición de funcionario público durante varios años, primero como Juez de Ejecuciones Fiscales y luego como Gerente de la Empresa de Licores del Meta, más su labor como defensor de los Derechos Humanos y su calidad de abogado, le permitieron comprender todos los entramados del terror y de la impunidad en el Departamento del Meta. Muchas de sus denuncias obran en expedientes judiciales que ya han sido archivados, otras se encuentran abiertas, y otras no han sido judicializadas.

Josué no se enfrentó a la muerte con resignación; por el contrario, la enfrentó convencido de que él no podía ceder, porque ello sería "más terrible que la muerte misma". Se enfrentó a la posibilidad de su martirio porque amaba la vida demasiado, y entendía que para afirmarla había que ir hasta el fin si fuese necesario. Su testimonio es premonitorio, y pese a lo doloroso de muchos momentos de su relato, también resulta esperanzador. Su muerte no puede conducirnos al escepticismo; por el contrario, tenemos que alentar la vida y multiplicar nuestros esfuerzos para que personas como Josué no sigan muriendo.

¿Por qué mataron a Josué? A Josué lo mataron por ser un hombre probo, por ser un hombre digno, por ser un hombre incorruptible, por ser un militante político de un partido sometido al exterminio y, más allá, por ser un decidido militante de la vida y defensor a ultranza de los más caros valores de la existencia humana. Quienes lean su testimonio comprenderán en toda su dimensión que hemos perdido no sólo a uno de los mejores hijos de Colombia, sino que toda la familia humana ha perdido a uno de sus miembros más íntegros; a uno de esos seres imprescindibles, como califica Brecht en su poema a los que luchan toda la vida contribuyendo a evitar la degradación de la humanidad. Perdimos a un hombre que por su coraje, su compromiso y su inteligencia allende las fronteras, tenía mucho que decirle al mundo; el espíritu de Josué era universal aunque estuviese reducido a una provincia de terror.

Uno debe dolerse del crimen que se cometa contra cualquiera en cualquier lugar del universo. La vida humana tiene que ser inviolable. Uno debe dolerse doblemente si el crimen tiene un móvil político y es el Estado quien lo comete. Y si la víctima es un defensor de los derechos humanos, uno tiene que resentirse desde las fibras más íntimas de su ser.

Cuando comencé la transcripción de la entrevista de Josué pensaba que todo lo que él denunciaba podía constituirse en un factor adicional de riesgo para que se le privara de la vida; quería volver a discutir con él algunos detalles antes de su publicación. Ahora las precauciones no tienen sentido, el lector de su testimonio debe conocer quiénes son sus asesinos.

Entrevisté a Josué en los últimos días de marzo de 1996, en Ginebra. Nos encontramos en el apartamento de un amigo común. Josué había salido del Meta por espacio de dos meses acorralado por las amenazas de muerte y planes para acabar con su vida. Pasó por España en un recorrido de denuncias, y llegó a la Comisión de Derechos Humanos de Naciones Unidas para participar, como un año atrás, en nuestro trabajo de cabildeo para lograr que la comunidad internacional tomara las medidas que correspondan para ayudarnos a superar la grave crisis humanitaria que padece Colombia.

Conversamos muchas horas. Cuando podíamos sustraernos del Palacio de Naciones Unidas, caminábamos por las orillas del lago Lemán para buscar un poco de tranquilidad y de inspiración en las aguas quietas y con el vuelo reposado de las gaviotas que siempre invitan a la libertad. Nos llegó una primavera de días soleados, que con el hermoso fondo blanco de los Alpes nevados nos permitía gozar de los dones maravillosos de la naturaleza. Aprendí con Josué, ciertamente, que quien es sensible frente a la vida humana lo suele ser también frente a las cosas más sutiles de un paisaje: una mariposa de colores, un botón de tulipán o de rosa que florece, un ruiseñor que canta, un rostro que sonríe, una pelota que rueda, un niño que corre; son hechos suficientes para recordarnos las gracias de la vida. Tuvimos también tardes de arco iris y largos instantes de silencio en que nos poníamos de acuerdo para dejar que la naturaleza nos hablara. Así se fue construyendo el testimonio de Josué. El último día de camino al aeropuerto, y antes de que despegara su avión, seguía grabando su voz, seguía recogiendo parte de su intensa vida. Lo vimos marchar detrás de la puerta de migración, luego de un abrazo que, aunque yo intuía que podía ser el último, nos negábamos a aceptar la posibilidad de su muerte como un sino inexorable que no queríamos racionalizar, que queríamos >>>>> metrizar <<<<< con optimismo, sin otros fundamentos que nuestro incontenible afán de vivir y de querer que los otros vivan. En sus manos llevaba un gran libro de Mandela, tanto por su contenido como por su tamaño, en el que se había sumergido cada noche antes de dormir. Quería aprovechar el vuelo transatlántico para leer muchas páginas e impregnarse de la inmortalidad del líder negro; así contribuiría a fortalecer su espíritu para vencer todos los tipos de 'apartheid' que subsisten en Colombia.

Para sus hijas, su esposa y todos los integrantes del Comité Cívico de Derechos Humanos del Meta está dedicado especialmente la publicación de este documento.
Luis Guillermo Pérez Casas.

Carranza, Paramilitarismo e impunidad.

"Desde finales de 1994, el grupo paramilitar 'Serpiente Negra' desató en el departamento del Meta una ofensiva contra la población de la región del Alto Ariari y contra el Comité Cívico de Derechos Humanos del Meta, el cual fue desterrado de la región en febrero de 1995, y todos sus miembros amenazados de muerte. Varios miembros del Batallón de Infantería Nº 21 "Vargas", acantonado en la región, han sido asociados a distintas acciones del grupo Serpiente Negra. Víctor Carranza Niño, conocido negociante de esmeraldas y señalado reiteradamente como narcotraficante por distintas autoridades, lidera el grupo paramilitar. En 1989, el Departamento Administrativo de Seguridad halló fosas clandestinas con varios cadáveres y un centro de entrenamiento de paramilitares en varias haciendas de propiedad de Víctor Carranza, en Puerto López. El Departamento Administrativo de Seguridad hizo público uno de los testimonios que permitió poner al descubierto esa escuela de paramilitares y las fosas comunes. Dos importantes sicarios, Camilo Góngora Sierra y Camilo Zamora Guzmán, detenidos en Bogotá en 1989, confesaron ante un juzgado haber cometido varios asesinatos de miembros de la Unión Patriótica en el Meta por cuenta de Víctor Carranza y con el apoyo de miembros del batallón Vargas y de la VII Brigada. Pese a ello, Víctor Carranza Niño sigue movilizándose sin ningún tipo de apremios y gozando de protección de numerosas autoridades militares y de policía en la región. Incluso ha sido visto con cierta frecuencia en compañía de miembros de la VII Brigada en la base aérea de Apiay, la que, al parecer, utilizaría desde hace algunos años para sus desplazamientos aéreos.

Durante la administración de César Gaviria Trujillo, Víctor Carranza gozó de un trato privilegiado, en su calidad de Zar de la explotación de esmeraldas. Esta situación se ha mantenido con el gobierno del Presidente Samper. Colombia tiene alrededor del 55% de la producción mundial de esmeraldas, lo que significa un volumen de exportación de U$S 151.727.508 en 1991. La iniciativa de crear la Bolsa Mundial de esmeraldas en Bogotá, patrocinada por Víctor Carranza a través de su empresa Tecnominas, gerenciada por Germán Bernal, tuvo un importantísimo eco en el Gobierno. En abril de 1992 el propio presidente Gaviria, según la revista Semana, habría recibido a Víctor Carranza "como autoridad mundial en esmeraldas". El entonces Ministro de Desarrollo Económico, Ernesto Samper Pizano, fue uno de los principales promotores de la iniciativa de Carranza. Tal vez este factor ayude a explicar por qué Carranza se ha beneficiado de una protección infalible por parte de altas esferas gubernamentales, que han neutralizado cualquier actuación judicial contra el líder paramilitar."

Soy Josué Giraldo Cardona, nacido en el seno de una familia grande, el número trece entre dieciocho hijos. Nací en 1959, el 27 de agosto, en Pensilvania, Caldas, un pueblo de la colonización antioqueña fundado en 1866. El prefijo "Pen" del nombre de mi pueblo deviene de un almirante norteamericano que estuvo participando en las guerras civiles de Colombia en el siglo XIX, y conquistó por su valor el afecto de muchos paisas. Y "silvania" es el nombre de una flor de la región.

Pensilvania fue habitado en la antigüedad por una comunidad indígena, se han encontrado restos arqueológicos en las montañas de Rony y Piamonte; de su cultura poco se conoce, desaparecieron con el proceso de conquista y colonización del Imperio Español.

Pensilvania es un pueblo conservador, como casi todos los municipios cafeteros, con una gran ascendencia religiosa. La economía cafetera durante un buen período permitió satisfacer necesidades básicas y servicios públicos a toda la población. Los pueblos paisas y cafeteros son pueblos bien hechos, bien organizados, con sus calles limpias, su buen acueducto, sus carreteras adecuadamente transitables, con servicios de energía, agua y teléfono. Los niveles de pobreza para ese entonces eran muy pocos. La gente que tenía penurias económicas contaba con el auxilio de la sociedad "San Vicente de Paúl", que construía barrios para pobres, y la alcaldía contribuía a la manutención de tal forma que no padecieran hambre.


1. De por qué somos una familia grande.

En la cabecera municipal no vivía mucha gente. Nuestra vida se desarrolló principalmente en el campo: habitábamos en la vereda San Juan, donde nacieron la mayor parte de mis hermanos mayores. Mi padre fue huérfano a temprana edad, lo que le obligó a asumir, siendo apenas un adolescente, las responsabilidades de la economía de su familia. Ello le hizo despreciar el ocio y cultivar el amor por el trabajo, virtudes que nos transmitió.

El que seamos una familia numerosa no obedece a que mamá no conociese los períodos de infertilidad, ni a que mis padres gozarán tirándose piedritas en la quebrada, ni a que en ese entonces no conociésemos los televisores. La explicación es ante todo económica y está en las raíces mismas de la colonización antioqueña. El hijo mayor, por tradición, partía a tumbar selva, a descuajar montañas, a fundar veredas; donde se instalaba se aseguraba la autosubsistencia familiar. La mano de obra no se contrataba, se trabajaba con los hijos de la casa; había necesidad de reproducir hijos para generar brazos de trabajo en las fincas cafeteras. El proceso de colonización imponía que cuando se cumplían quince años, el muchacho ya estaba maduro para acariciar por su cuenta la tierra, partía para sembrar su propio futuro. Los hijos que se iban tenían que ser sustituidos.

Cuando se cerró la frontera agrícola en el viejo Caldas se frenó el proceso de reproducción de las familias numerosas. Desde entonces se impuso la planificación.


2. Recuerdos de mi infancia y de mi casa.

a) Mi primera comunión.

Mi infancia fue tranquila, fue una infancia feliz. Sólo recuerdo en particular la fecha de la primera comunión. La tradición imponía que ese día hubiese una celebración colectiva, se hacía una fiesta majestuosa. En estos pueblos la alegría popular estaba ligada a los acontecimientos religiosos; el tejido social se construía alrededor de las ceremonias de la iglesia. Lo pagano no tenía espacio. Las primeras comuniones no eran ni de dos, ni de tres o cuatro niños; cuando se celebraban se hacían con cien o doscientos niños y con obispo a bordo. Si el obispo, por cualquier razón, no aparecía, era una catástrofe, la fiesta se arruinaba.

Cuando a mí me tocó la primera comunión nos exigían ponernos una bata larga como el hábito que llevan los curas. Nosotros parecíamos como niñas así vestidos: teníamos la costumbre del pantalón corto, las camisas sin mangas y andábamos a pie limpio. La bata no iba con nosotros, nos incomodaba sobremanera. No puedo olvidar la fecha por las connotaciones que tuvo para mí, tanto en lo personal como en lo social. Por primera vez recibí una gran cantidad de regalos. Como éramos tantos, cuando llegaba la Navidad papá no podía darnos un regalo a cada uno. Compartíamos un carrito plástico entre cuatro o cinco, mis hermanas una muñequita.


Nuestra casa de campo.

Yo amaba nuestra casa de campo, era la vivienda típica de un pueblo cafetero paisa, alegre, muy florida. De techos rojos de teja de barro, y el resto de la construcción en madera. No faltaba el palomar y el gallinero. Debajo de la casa también se dejaba un espacio para que circularan los animales. Alrededor de la casa había un gran jardín, y mi mamá también extendía las flores en materas por los corredores. La costumbre entre las vecinas cuando se hacían visitas era la de regalarse matas. Se sembraban orquídeas, azucenas, jazmines, pensamientos, nardos y tornasoles de diferente color y tamaño. La estructura de la casa no era hacia adentro, sino hacia afuera, de tal forma que se recibía la máxima cantidad de sol y de vientos; también se podía ver el cielo estrellado desde todas las ventanas. Nosotros vivíamos en la vereda de San Juan ,que tiene un clima templado.

En este tipo de vivienda campestre se usa mucho la chambrana, y en nuestra casa no podía faltar. La chambrana es el sitio anhelado de los amoríos, el sitio ideal para las esperas. El pretendiente baja después de la jornada de trabajo, y la muchacha está allí con su mejor sonrisa y sus trenzas coquetas para alegrar la llegada de las noches. Desde la chambrana se hacen romances, canciones, amistades, y reflexiones serias y nostálgicas que nacen desde la memoria de los abuelos. Es el espacio para el cotorreo, para la llegada de las noticias que vienen del pueblo o de las veredas vecinas. Frente a la casa hay un gran patio público, espacio para fiestas, juegos de pelota, visitas, y siesta para los gatos y perros. Estos son los espacios de socialización de la casa. Si los perros ladran o se escucha el rugido del motor de una chiva que se acerca, todos se asoman para darle la bienvenida al eventual visitante. En la casa era más frecuente recibir visitas, porque por el frente pasaba el camino real. Ello genera una tradición de hospitalidad.

La cocina era el centro de reunión de la familia. No comíamos en el comedor, porque al calor del fogón de leña había más intimidad, y sentados en bancos y en forma de círculos podíamos poner en común nuestros problemas, nuestras necesidades, nuestras expectativas. Mi mamá hacía pan en una hornilla de barro, elaboraba rosquillas, galletas, tostadas. Teníamos una alacena grande: un cajón enorme que fue herencia de la abuela se mantenía repleto, porque además de alimentarnos a nosotros mi mamá siempre guardaba provisiones para las visitas, de tal manera que cuando pasaban no se iban con las manos vacías, ella les aseguraba una bolsita de pan.

La época más especial era la época de la recolección del café, porque venía gente de todo lado, de la costa atlántica y pacífica. La plaza de Pensilvania era el punto de encuentro, llegaban chivas repletas de jornaleros. La región era de pequeña hacienda cafetera, no habían grandes propietarios. Mi papá tenía una finca de diez hectáreas pero era una finca productiva, teníamos café arábigo, que se reproducía bien, y había necesidad de contratar a los jornaleros migrantes. A mí me gustaba sentarme a escuchar las historias de sus vidas y conocer el país a través de sus palabras. En el relato de los pescadores imaginaba el mar como lo conocí muchos años después, inmenso y capaz de consumírselo a uno con el bocado de una ola. Hay una población campesina flotante muy grande, viven recorriendo el país de cosecha en cosecha; cuando termina la del café van a la costa a recoger algodón, y luego, cuando ésta termina, van al llano a recoger arroz; si hay crisis y se paga mal el jornal, se van a la amazonia o al llano a recolectar coca.


De las restricciones familiares y de por qué yo no quise ser religioso.

Mis padres nos hacían levantar cada día a las cinco y media de la mañana para irnos a misa. Yo ayudaba en la iglesia como monaguillo, tocaba las campanas y servía a los padres. Con mis hermanos jugábamos a la iglesia, a veces yo hacía de sacerdote, convertíamos las arepas en ostias y con ellas confesábamos. El cura que hacía las promociones a seminarios y conventos llegaba a alojarse a casa, salía a las veredas a reclutar muchachos y jovencitas para la iglesia. Cuando terminaba su trabajo exterior, nos reunía a todos los hermanos en la sala, y a quien él señalara tenía que irse a estudiar a Manizales en el seminario. De mis diez hermanos, siete pasaron por el seminario, dos de ellos encontraron su vocación y se hicieron sacerdotes.

Una hermana se hizo monja, estuvo diez años en el convento hasta que la persistencia de un novio que había dejado en Pensilvania la convenció de dejar los hábitos y en un fin de semana se voló. Aunque no dejó de ocuparse de las cosas de Dios, en adelante lo hizo compartiendo el amor de un hombre trabajador. También impulsó su decisión el hecho de que en esa comunidad religiosa no se hacía trabajo con la gente necesitada. Ella tenía vocación de servicio hacia la población, y amaba el trabajo social no por ideología alguna, sino por tradición familiar heredada de la abuela. La abuela era una matrona en la región. A su casa llegaban el cura, las autoridades políticas y mucha gente del pueblo. En su casa había siempre algo de comer y algo para ofrecerle a quien llegara, fuese un hambriento pobre o así fuese un forastero desconocido. Era una mujer muy desprendida, siempre le tendía una mano a los más necesitados. Mi papá también tiene ese espíritu: cada quince días sale a recorrer las calles con su carriel al hombro para recoger dinero para los pobres de San Vicente. Mi padre, a pesar de ser conservador, no es un hombre egoísta, es honesto y muy dadivoso; pero en cosas de educación de los hijos se pasó de severo.

De mis dieciocho hermanos (en realidad diecisiete, porque uno murió al nacer) siete fueron mujeres. Se mantuvo en el hogar la tradición machista. Ellas tenían que quedarse en casa ayudando a mi mamá en las labores de la comida, del aseo de la casa, de aprender y ayudar a coser para hacernos las ropas a los hermanos.

Mis hermanas tenían una restricción total en cuanto a la vida social se refiere; se les obligaba a llevar vestidos largos, a las seis de la tarde ya no las dejaban salir, no se les permitía tener amigos y, menos, novios, pero hacían lo posible por burlar las disposiciones autoritarias de papá y se escapaban de tarde en tarde, lo que ocasionaba que él las reprimiera severamente y que se excediera en el castigo. Lo mismo pasaba con mis hermanos mayores. Aunque ellos tuviesen una 'libertad' mayor no podían llegar después de las diez de la noche a casa, a esa hora mi papá trancaba la puerta. Unas y otros eran castigados a latigazos. Yo no viví de cerca el tratamiento que le dieron a mis hermanas mayores pero recojo ahora sus comentarios.

Yo no me acomodé a la vida religiosa porque no me gustaba que me obligaran a ir forzadamente a la iglesia, la coacción me indignaba, íbamos a misa a las cinco y media y teníamos que regresar a las seis. Yo hacía lo posible por no dormirme en los bancos, pero a veces era más fuerte el pesado ambiente que mi voluntad de niño; entonces mis padres se enojaban conmigo. Así fue día a día durante años, no nos salvábamos ni los domingos. En el colegio la situación no fue mucho mejor, teníamos que ir a misa antes de entrar a clase. Poco a poco nos fuimos rebelando un grupo de adolescentes que no entendíamos el autoritarismo en las cosas de Dios, y nos negábamos a ser obedientes 'porque había que serlo'. En el comienzo fue una reacción natural que no tenía nada de ideológico, fue el método represivo el que nos fue alejando de las puertas de la iglesia, sin consideración a que ésta fuera buena o mala. Nos sentíamos violentados, y contra ello reaccionamos.


3. Mis primeras inquietudes políticas.

Promediando mis estudios de secundaria, a través de un cuñado que estudiaba derecho en la Universidad Libre de Bogotá, y quien quería compartir con nosotros sus inquietudes ideológicas y políticas, comenzamos a leer los escritos del sacerdote revolucionario Camilo Torres Restrepo; también recibíamos la revista "Alternativa" y nos llegaban los escritos del Che Guevara y de Fidel Castro. En esos años la influencia de la revolución cubana y de todo el movimiento antiimperialista era muy fuerte. No teníamos mucha conciencia sobre estos fenómenos políticos, pero recibíamos el humito del incendio que se estaba levantado por doquier en Latinoamérica. Nos daba orgullo tener una foto del Che o de Fidel en nuestra habitación, comprábamos boinas y usábamos correas con la imagen del Che. Despertamos a las ideas revolucionarias a través de simbolismos sin la conciencia de lo que ellas implicaban. Era la moda de los jóvenes de los años sesenta y setenta.

Cuando comenzaba el bachillerato llegaron a la región los "Cuerpos de Paz". Eran unos gringos que andaban repartiendo zanahorias, tomates y leche. Luego se supo que en la leche incluían un producto que infertilizaba a las mujeres, con la idea de que las revoluciones había que prevenirlas desde el vientre de las mujeres pobres de Latinoamérica para que no surgieran guerrilleros. Temas como éstos los empezamos a discutir en nuestro grupo de jóvenes, a documentarnos, a buscar el por qué de las cosas. Poco a poco nos fuimos desprendiendo de las ideas confesionales, católicas. En el colegio me vinculé al grupo de teatro, organizamos un periódico estudiantil, y a través del periódico llegué al Consejo Estudiantil, y con éste al tema de las reivindicaciones gremiales; por el mismo camino tuve mis primeros contactos con las organizaciones sindicales y campesinas de la región, en particular con las de los puertos fluviales sobre el Magdalena: La Dorada y Honda, que hicieron historia con las aguerridas luchas de los braceros desde los años veinte. La Dorada no está lejos de Pensilvania, y el intenso calor de su tierra y de su gente nos irradiaba.

Participé en muchos congresos estudiantiles en La Dorada y en Manizales; conocimos dirigentes estudiantiles nacionales con los que realizábamos talleres sobre la problemática de la educación en el país y sobre las causas de la marginalidad y la pobreza que sufría la mayoría de los colombianos.


El sectarismo de papá.

La participación de mi padre en política tendría una influencia decisiva en mis luchas posteriores, por la intención de no parecerme a él. Mi padre era un hombre conservador y sectario, en su sangre bullía la efervescencia azul y no soportaba siquiera ver una manifestación liberal. Recuerdo que un amanecer, por época de elecciones, a las cuatro de la mañana se levantó con peinilla en mano para agredir a unos liberales que en plena campaña electoral gritaban a su paso "Abajo los conservadores, viva el glorioso partido liberal!", para él era peor que si le mentaran la madre.

Mi mamá me cuenta que el sectarismo de papá tiene mucho que ver con el fenómeno de "La Violencia", en que el pueblo liberal y conservador se despedazaba mutuamente conducido por el discurso radical de sus jefes políticos, que luego de trescientos mil muertos terminaron festejando con un brindis de champaña el nuevo país que nos heredó el "Frente Nacional". Remanentes de esa violencia fue la lucha de los llamados bandoleros de finales de los años cincuenta y comienzos de los sesenta. De niño escuché contar a los campesinos y a mamá los hechos terribles de violencia que se ligaban a nombres como "Sangre Negra", "Tarzán", "Desquite", "Capitán Venganza" y del propio Efraín González. Se recuerda con mucho repudio una matanza que hubo en Marquetalia, Caldas, de 3O personas, entre las cuales diez de Pensilvania que iban a una feria ganadera, "Sangre Negra" los capturó uno a uno, los llevó a un cuarto, los apalearon y luego los mataron a todos. Se logró escapar una persona de Pensilvania. Los mataron por ser miembros del partido conservador.

Mi mamá temerosa del radicalismo visceral de mi padre, para protegerlo en su pasión política, cuando había concentraciones me enviaba con él para estar segura de que regresaría a casa. Yo lo acompañaba escuchándole sus diatribas contra liberales y comunistas, que para él eran la misma cosa. Cuando quería agredir a alguien yo lo abrazaba para calmar sus ímpetus violentos,y, cuando estaba borracho, tenía que ir a casa a buscar a mis hermanos mayores para poder cargarlo de regreso.


Desarrollo de una jornada política en Pensilvania.

Recuerdo que en una jornada preelectoral el ambiente en el pueblo se puso tenso, se decía que iba a llegar el General Rojas Pinilla en la campaña a la presidencia, jefe de la Anapo (Alianza Nacional Popular). De Manizales venía el famoso grupo de "Los Leopardos", integrado por Villegas, el mismo De la Calle, y otros políticos connotados de Caldas; este grupo era conocido por su fanatismo medio fascista. Y para completar el escenario llegaba la cúpula de la Dirección Nacional Conservadora. Mi papá, que cargaba un machete pero no tenía armas de fuego, se consiguió un revólver prestado "por lo que llegase a suceder", aunque no sabía ni cómo meterle los tiros.

La concentración de los conservadores se hizo en la plaza pública, presidida por Belisario Betancur y Misael Pastrana entre otros jefes de renombre del partido; a unos cuantos metros se desarrollaba la manifestación política del General Gustavo Rojas Pinilla en una casa quinta que prestó un miembro sensato del directorio del partido conservador de Pensilvania. Los ánimos se caldearon cuando los conservadores, desconociendo la voluntad de su copartidario, impidieron que Rojas Pinilla pudiese intervenir, tuvo que irse a otra casa. Los anapistas se molestaron. Ya en la noche, al calor de los aguardientes, se armó una gazapera en el pueblo, unos y otros echaron tiros al aire, y por fortuna no hubo muertos. Mi papá no podía ausentarse de la gresca, así que terminó en la cárcel.

Esas manifestaciones políticas fueron forjando en mí un hervor que más tarde se traduciría en mis luchas estudiantiles y políticas.


4. De mis estudios universitarios y las luchas estudiantiles.

Terminé el bachillerato en mi pueblo en 1977, y en la fecha de mi grado condecoraron a mis papás por ser la familia que más hijos bachilleres había graduado en el pueblo durante toda su historia. Me fui a vivir a Bogotá en 1978, donde mis hermanos mayores estaban estudiando y trabajando. Nuestros nexos fraternales han sido fuertes, y unos a otros siempre nos hemos ayudado. Fui a vivir a casa de ellos, y me dieron un semestre para que reflexionara qué quería estudiar. Aproveché el tiempo y me dediqué a leer más de lo que había leído en toda mi vida. Me convertí en un verdadero "ratón de biblioteca". Encerrado en un cuarto de estudio leí hasta las 3 ó 4 de la mañana durante seis meses. Uno de mis hermanos, quien fue mi principal punto de referencia, estudiaba en la Universidad Libre; tenía mucha literatura política y jurídica que constituyó mi principal foco de interés.


Los primeros garrotazos que recibí en mi vida.

Me iba a almorzar a la Universidad Nacional donde la comida estaba subsidiada por el Estado, allí estudiaba una hermana. Nuestro apartamento quedaba cerca de esta universidad. Eran épocas de intensa agitación estudiantil, y eran frecuentes las movilizaciones y los enfrentamientos con la Fuerza Pública. Recuerdo una movilización en la que los estudiantes de la Universidad Pedagógica se dirigían al centro de la ciudad y se encontraban en la calle 45, con miles de estudiantes que salían de la Universidad Nacional; yo me integré a la marcha, más por curiosidad que por saber o compartir las causas de la protesta, me sumaba en los gritos a las consignas porque era inevitable emocionarse ante la más grande manifestación que hasta entonces había conocido en mi vida. Pero la marcha terminó en trifulca, consumí gases lacrimógenos y recibí de la policía unos cuantos garrotazos. Los estudiantes quemaron un trolebús y la policía desató una verdadera cacería de estudiantes; huyendo entre la multitud, los vecinos solidarios iban abriendo sus casas para que los estudiantes pudieran esconderse; entré en una de ellas cuando estaban a punto de agarrarme, los policías vacilaron pero al final siguieron detrás de los otros muchachos que seguían corriendo. Detuvieron a muchos, pero al poco tiempo tuvieron que dejarlos en libertad.


No nací para los números y me decidí al fin por estudiar Derecho.

Uno de mis hermanos era Contador y otros dos adelantaban estudios de contaduría, y me sugirieron que estudiara esta carrera porque tenía las perspectivas de un buen mercado laboral. Yo no tenía definido si me gustaba o no, pero me presenté a los exámenes de admisión. Inexplicablemente pasé y comencé estudios en la Universidad Central. El primer día que me senté a recibir las clases me di cuenta que había hecho la peor elección: las cifras, ecuaciones y finanzas, no iban con mi personalidad. Me sentía muy incómodo, pero aguantaba por mis hermanos; yo hacía grandes esfuerzos para aunque fuera culminar el semestre. Perdí dos materias que salvé en las habilitaciones.

Mis hermanos me dieron el dinero para pagar el segundo semestre, lo pensé muchas veces. Hice la cola para matricularme y me retiré de ella varias veces; volvía a ella por no decepcionar a mis hermanos y me salía de ella para no decepcionarme a mí mismo. Después de 4 horas llegué a la ventanilla, y cuando la señorita que atendía me preguntó de mala gana qué iba a estudiar, decidí que contaduría no sería mi carrera ni aquel centro de estudios sería mi universidad. Me fui a la casa con el temor de darle la cara a mis hermanos. Esa noche no les pude decir la verdad y por el contrario les mentí diciendo que sí me había matriculado. No dormí en toda la noche, lamentando de no haberles explicado mi decisión. Me sentía un poco estúpido. Sin embargo, al día siguiente preparé mi discurso de justificación durante el día y en la noche me enfrenté a ellos. Luego de mis explicaciones, reaccionaron favorablemente y me animaron a explorar otras posibilidades.

Me consiguieron un trabajo como mensajero en una cooperativa de ingenieros. En la idea de que no perdiera el tiempo, el hermano que estudiaba Derecho en la Libre me propuso que fuera allí como asistente, que no me echarían. Llegué con timidez porque no conocía el ambiente, pero tuve la fortuna de que me encontré un paisano de Pensilvania que iniciaba su primer año de Derecho, y con él tomé confianza para asistir a las clases. La primera clase a la que asistí fue con el profesor de Derecho Constitucional: al terminar la sesión me di cuenta de que aquella era mi carrera.


Derecho era mi carrera, pero la Libre no fue más mi universidad.

La Universidad Libre entonces era muy democrática, el movimiento estudiantil era fuerte y escuchado, los profesores también tenían acceso a la dirección de los destinos de la universidad. La participación se extendía a todos los estamentos del alma mater, incluyendo los trabajadores no académicos. El ejercicio democrático permitía un debate permanente y un enriquecimiento de las ideas que cada cual profesaba o estaba en curso de profesar. Recuerdo al filósofo de izquierda Alberto Alava Montenegro, que sería asesinado cuando iba a dictar clases a la Universidad Nacional. La Libre era una universidad privada, pero los estudiantes se sumaban a las luchas y movilizaciones de los estudiantes de las universidades públicas. La agitación popular terminando los setenta era grande, había huelgas, paros cívicos, movilizaciones de trabajadores. Nosotros participábamos en todas las que podíamos y en las que no podíamos también, porque no íbamos a clase.

Al finalizar 1979 en una de las movilizaciones fue asesinado por la Fuerza Pública el estudiante de la Universidad Nacional Patricio Silva. Los estudiantes recuperaron su cadáver, que estaba en poder de la policía y del ejército. Las protestas de los estudiantes por el asesinato se extendieron por todo el país, y en la Universidad Libre se hizo una toma pacífica de las instalaciones. Yo estuve acompañándolos durante diez días, pero como no había podido regularizar mi condición de estudiante, en caso de un allanamiento el movimiento estudiantil se vería afectado, porque podrían acusarme, como era la usanza para descalificar las protestas estudiantiles, de ser un "infiltrado" o "un agitador profesional"; así que me retiré y colaboré en el servicio exterior de avituallamiento de comidas para los manifestantes.

La ocupación de la Universidad terminó mal, porque los estudiantes fueron desalojados, por el orden del Ministro de Educación, a punta de bolillo y gases lacrimógenos. Los estudiantes que allí estaban fueron expulsados, entre ellos mi hermano; también expulsaron a todos los profesores de izquierda. La Universidad calló bajo el control de la burguesía del partido liberal, y lo que tenía de liberal y libre desapareció.

Desencantado de lo sucedido me presenté a la Universidad Autónoma a estudiar Derecho. Yo ya tenía mucha relación con el movimiento estudiantil. En su seno se movían dos corrientes políticas que eran las más destacadas: la de la Juventud Comunista (Juco) y la de la Juventud Patriótica (Jupa), que eran los llamados "M-Ls" (Marxistas Leninistas). Las discusiones entre estos grupos políticos era agrias y a menudo las disputas ideológicas se resolvían a puñetazos.


Mi vinculación a la Juventud Comunista.

En la universidad se creó un grupo de estudio y me invitaron a participar en él. Allí conocí e hice amistad particular con dos estudiantes que me parecían muy serios por lo esforzados en el estudio y lo comprometidos con su grupo político. Eran de la Juco. Por la cercanía y relaciones de confianza me invitaron a vincularme a ellos. Me citaron a una de sus reuniones políticas en el local que entonces tenían en la 23 con 15, en pleno centro de Bogotá. Yo fui, pero vacilaba en entrar, estuve como media hora dándole vueltas a la casa; tenía miedo de iniciar un camino que pudiese ser irreversible. Me decidí y entré. Poco a poco me dí cuenta que eran muchachos como yo, con historias parecidas a la mía, que estudiaban y luchaban, pero también se divertían. Salíamos a pegar carteles, a hacer grafitis, a vender periódicos, a realizar festivales y a promover debates.

Me vinculé al movimiento estudiantil de la Universidad Autónoma, fuí por varios años Presidente del Consejo de Facultad, accedí por votación al Consejo Académico, y luego a la Junta Directiva de la Universidad. Participé en varios encuentros nacionales de estudiantes en Cartagena, en Tunja, en Manizales, en Cali y en Bogotá. Hicimos grandes movilizaciones. Una que recuerdo por su espontaneidad fue cuando los gringos invadieron Granada, la pequeña isla del Caribe que tenía un gobierno socialista. Entonces corrió un sentimiento antiimperialista tan fuerte que hasta alumnos conservadores, como eran los de la Universidad Gran Colombia, se movilizaron quemando banderas de los Estados Unidos. Hicimos una marcha fenomenal, con la participación de muchas universidades privadas y de todas las universidades públicas. Nos movilizamos hacia la embajada gringa. La policía quería impedirnos el paso, pero éramos tantos que tuvieron que dejarnos pasar. Manifestamos nuestro repudio multitudinario a las acciones imperiales.

Hicimos otra marcha a fines de 1984. Desaparecieron a un compañero nuestro del Consejo Estudiantil que era militante del M-19, Cristóbal Triana. No sabíamos de su militancia política, nos enteramos luego en la búsqueda, porque también desaparecieron a su cuñada, Nydia Erika Bautista. La desaparición forzada empezó a extenderse por todo el país como táctica represiva para golpear el movimiento estudiantil, popular y sindical.


5. Mi regreso a Pensilvania y mi vinculación con la Unión Patriótica.

Terminé mis estudios en 1985. Me preparaba para hacer una especialización de Derecho Público, cuando recibí una llamada de un cuñado de Pensilvania que era abogado y dejaba su despacho de litigante. Lo acababan de nombrar juez, y me pidió que lo ocupara y me hiciera cargo de sus negocios. Me fui a mi pueblo pensando que era un sitio ideal por su tranquilidad, por su calma para estudiar y presentar mis preparatorios para el grado. Llegué a Pensilvania a comienzos de 1986, al tiempo que en el país estaba surgiendo el movimiento político Unión Patriótica, producto del diálogo entre la guerrilla de las Farc, la más antigua y grande del país, con el gobierno. Me interesé en respaldar dicho movimiento porque me parecía una alternativa válida para que la democracia se profundizara, y aquellos hombres y mujeres que se habían rebelado en armas contra el sistema tuviesen así mismo una oportunidad para luchar por sus ideas a través de la contienda política.


Creación de la Junta Patriótica para impulsar el nuevo partido.

En Pensilvania encontré unos amigos que, fatigados de la política tradicional, compartieron conmigo el interés por crear la Junta Patriótica de impulso al nuevo partido. No era sencillo porque, como lo he dicho, Pensilvania es uno de los municipios más conservadores del país. Los cuatro hijos de los políticos más reaccionarios del pueblo, los jerarcas locales del status quo, entre ellos mi padre, que fue concejal del pueblo durante treinta años, nos reunimos para impulsar un partido político de izquierda. Fue muy curioso, porque en una esquina se encontraban ellos discutiendo y preparando su campaña proselitista, y en la otra nosotros, que queríamos evitar que ellos siguieran mandando los destinos del pueblo.

Mi papá fue cambiando con el transcurrir de los años, y al final terminó siendo tolerante, aceptando que las nuevas generaciones no se medían con la misma vara que las de su tiempo. Por lo tanto, en casa me trataba con respeto; discutíamos sí, pero lo interesante es que ahora escuchaba.

Renovar las costumbres políticas en un pueblo en el que el asistencialismo, el mutualismo y la solidaridad habían solventado la miseria, y todos estaban conformes con la manera de gobernar, era una tarea casi estéril. Nuestro discurso tampoco fue inteligente, porque manejábamos categorías que al pueblo ni le iban ni le venían. Sin embargo, tuvimos acogida en los sectores intelectuales, profesores, estudiantes y autodidactas. Creamos un círculo cultural que llamamos "El Ventorrillo", donde hacíamos recitales de poesía, presentaciones de grupos de teatro, presentaciones artísticas y sesiones de lectura pública de obras de la literatura universal para discutir sobre su contenido. Nuestro trabajo cultural y político dio resultado y estuvimos a punto de sacar un concejal; encontramos el método para no arar en el desierto. El resultado, sin embargo, empezó a preocupar a nuestros viejos, que se sorprendieron de que nuestras ideas pudieran tener acogida, a la policía y al Ejército ligados a los paramilitares, financiados por un hijo de Pensilvania que de la noche a la mañana se volvió millonario traficando con drogas.


Presencia de los paramilitares en Pensilvania.

El respaldo popular que obtuvo la Unión Patriótica en escasos meses de campaña política (llegamos a 350.000 votos a nivel nacional) inquietó al establecimiento en general, que no quería que el pueblo se tomara la democracia tan en serio. Decidió entonces patrocinar el paramilitarismo en todo el país para que éste compartiese el trabajo sucio de las Fuerzas Armadas. Si antes se torturaba y encarcelaba, ahora se eliminaría a todos los opositores del sistema. Comenzó el asesinato sistemático de parlamentarios, diputados, alcaldes, dirigentes. Los guerrilleros que habían salido a la plaza pública a hacer campaña política y habían sido elegidos para las corporaciones públicas regresaron al monte.

Pensilvania, que es un pueblo que queda en los linderos con el Magdalena Medio, no podría verse ajeno al proyecto paramilitar que se desarrolló con fuerza en Puerto Boyacá, la Dorada, Nare, Honda. A Pensilvania también llegaron.

Un grupo de paramilitares subió desde el Valle, bajaron por el Cauca, el Magdalena, asesinando en cada pueblo militantes de izquierda y dirigentes populares. La mayoría de sus integrantes eran nacidos en la vereda de San Daniel, que queda a una hora de Pensilvania. Allí regresaban a pasar vacaciones, dos o tres meses, y luego reiniciaban sus recorridos de terror cuando el ejército y los narcotraficantes les suministraba las listas de las personas que tenían que matar. Un frente de la guerrilla de las Farc, el IX frente, que opera en el nororiente antioqueño, se instaló también en la región. Un campesino de esa misma vereda, al que los paramilitares querían matar porque sabía de sus andanzas, pidió protección a la guerrilla, quien los esperó a que regresaran de una de sus giras y los enfrentó; el grupo fue prácticamente eliminado.

Yo tenía mi oficina de abogado en el pueblo y en ella vendía los ejemplares del periódico Voz, seguíamos nuestro proselitismo político, y nuestra Junta Patriótica crecía día a día. Fuimos extendiendo nuestro trabajo al campo, yo asesoré varias cooperativas campesinas, y muchos núcleos campesinos se fueron acercando a nosotros. Campesinos amigos me advirtieron que tuviese cuidado porque los paramilitares estaban vinculando nuestro trabajo político a los hechos guerrilleros y me acusaban de la manera más absurda y canalla de tener que ver con la muerte de los paramilitares.


c) Así se planeó y ejecutó el primer atentado contra mi vida.

Mi papá un día me comunicó, muy preocupado por noticias que le transmitió el Presidente del Concejo, que nuestra casa iba a ser allanada. Yo le dije a mi padre que no intentara impedirlo, que por el contrario lo hicieran cuanto antes para que se dieran cuenta que nada estábamos ocultando, que no teníamos nexo alguno con la organización subversiva. Lo sabía bien, por supuesto, porque conocía todo mi trabajo y todas mis amistades. Nosotros no conspirábamos, ni de palabra ni en pensamiento, le apostábamos de corazón a la democracia para que fuese precisamente posible superar la guerra. Todos nuestros actos y discursos los producíamos de cara a la población. Le rogué que no interviniera para defenderme porque no tenía por qué hacerlo; por lo demás, siendo mi padre no creerían en su objetividad.

Lo menos preocupante, en realidad, era el allanamiento; lo realmente grave era que ya habían diseñado un plan para matarme. Yo me enteré ocho días antes de que atentaran contra mi vida. Dos de los que participaban en el grupo de sicarios eran conocidos míos desde pequeños y me lo advirtieron; me dijeron incluso que si les pagaba ellos mismos matarían al que había dado la orden de eliminarme, que ellos no me dispararían, pero que traerían especialmente unos sicarios del Valle, que todo estaba acordado con la policía. Yo les agradecí la información, les dije que por mi cuenta no había muerto nadie ni moriría nadie, que le dijeran a su jefe que toda mi actuación se ajustaba al orden legal. Lo doloroso de todo este asunto es que el jefe de los sicarios fue un amigo de toda la vida, de niños jugábamos juntos, en el colegio, compartíamos sueños y terminó convirtiéndose en un matón.

Ya con anterioridad la policía había comenzado a hostigarme, me seguían por donde iba sin disimular que yo era su objetivo. Desde que salía de la casa hasta que regresaba a ella estaba permanentemente vigilado. Yo hice la denuncia ante el Juez Penal del municipio de los seguimientos de la policía y de las advertencias de los sicarios. Hablé también con el alcalde diciéndole que sabía que me iban a matar y que la policía estaba implicada. Me dijo que iba a averiguar. El pueblo fue militarizado, trajeron un batallón de Manizales. De los planes para matarme también sabían los conservadores del pueblo, pero ya a mi papá nada le dijeron. Yo tampoco le comenté nada a mis familiares para no preocuparlos.

Yo había optado por salir de Pensilvania, mas era tarde. Sentía que más fácil se atentaría contra mi vida en la carretera que en el pueblo, ya que son parajes solitarios y no habría siquiera testigo alguno. Sicológicamente me preparé para lo peor. Para evitar que el miedo me paralizara empecé a hacer mucho ejercicio físico en el caso de que me tocara correr. Salía de mi casa a las ocho de la mañana, me iba a la oficina y regresaba a las cuatro y media de la tarde.

Un miércoles, el 13 de mayo de 1987, antes de ir a mi casa fui a visitar a un amigo médico que trabajaba en el hospital,y me invitó a que fuéramos a jugar baloncesto un rato. Le dije que no podía, me despedí de él sin darle explicaciones y me fui a casa. Llegaron a buscarme un grupo de jóvenes, porque yo dirigía la Junta Municipal de Deportes y no había vuelto a las reuniones; me pidieron que los acompañara, al menos media hora. Miré por la ventana y vi que había dos policías frente a la casa. Me animé y salí pensando que no podría estar encerrado siempre; me puse una camiseta y encima una ruana; me dirigí a la oficina pendiente de la acción de los policías, uno de ellos entró al Comando para avisar que yo había salido de casa. Hicimos la reunión, y en veinte minutos me desocupé. Al cerrar mi oficina vi que bajaba por un lado del parque el Comandante de la Policía con siete agentes; cuando llegué a la esquina subían otros cinco policías. Le pregunté a alguien en la calle qué pasaba y me dijo que se había ordenado recoger la policía y concentrarla en el cuartel.

Me tomé un café en una cafetería frente a la plaza principal. En la otra esquina vi al jefe de los sicarios, al muchacho que era mi amigo, Amado Cardona, conversando con el Comandante de la Policía. Lo acompañaban dos extraños que en los días anteriores había visto rondando por la oficina. Recordé lo que me habían advertido de los sicarios del Valle, me afané y decidí partir hacia la casa.

Llegando ya a la esquina de la cuadra de mi casa vi a otros dos sujetos que no había visto en el pueblo. Sentí mucho miedo, me desvié y entré a la casa cural. Esperé algunos minutos y salí. Los dos tipos se habían percatado del sitio donde me encontraba, empezaron a hacerme gestos ofensivos, como para que yo no dudara de que a mí era el que buscaban. Volví a entrar a la casa cural y cerré la puerta; me quedé unos diez minutos en el corredor, pendiente de sus movimientos a través de una ventana que daba sobre la calle; pasaron, se detuvieron un instante, pero continuaron bajando la calle. Aproveché para salir de la casa cural y los seguí a distancia; los vi entrar al hotel donde estaban alojados.

Cometí el error de no entrarme a la casa en ese momento que tuve la oportunidad, me quedé retando el miedo que me embargaba haciéndoles el seguimiento de lo que estaban haciendo. Volví a ver a Amado atravesando la plaza en compañía del Comandante de la Policía. Los extraños volvieron a salir del hotel, esta vez en compañía de un muchacho del pueblo. Los vi también atravesar la plaza en dirección contraria al sitio donde me encontraba. Me despistaron y pensé que iban a matar a otra persona. Recordé los gestos insultantes que me habían estado haciendo minutos atrás e hice el razonamiento estúpido de que sólo querían amedrantarme, ya que para matarme no me parecía lógico que anunciaran mi muerte de manera tan descarada. Decidí seguirlos para asegurarme que no era yo el que tenía una cita con la muerte. Al llegar a la otra esquina de la plaza, otro sicario del pueblo llegó al mismo sitio viniendo por otra calle que allí desembocaba. Llevaba ruana como yo y sombrero blanco, y al encontrarnos de frente los dos nos asustamos. El tipo me hijueputeó y se abrió a un lado, y yo cogí hacia el otro. Corrí y me entré al local donde teníamos "El Ventorrillo", que quedaba en un subterráneo; encontré a varios amigos, pero a ninguno le comenté lo que estaba pasando. Eran ya casi las 7:30 de la noche, y le dije a Nicolás, el muchacho que administraba el negocio, que saliera y me dijera si veía algo extraño en la calle; me dijo que el Comandante de la Policía estaba con Amado en una cafetería del frente y había dos desconocidos parados en la esquina.

Decidí quedarme en "El Ventorrillo", dándole tiempo al tiempo, esperando que se marcharan. Me puse a conversar con una amiga mía de Pensilvania, a la que tampoco le comenté nada sobre la situación que estaba viviendo; estaba esperando que llegara Alberto, un amigo que trabajaba conmigo en la oficina de abogado, y que tenía el hábito de tomarse allí un café cada noche antes de irse a su casa. El Comandante de la Policía envió a dos de sus agentes al "Ventorrillo" para que se percataran con quién yo me encontraba, me vieron con mi amiga, y ya sabían que normalmente yo la llevaba hasta la casa. Yo esperé a mi amigo hasta las nueve y media, y esa noche no llegó. Le pedí a Nicolás que volviera a mirar si los tipos todavía se encontraban ahí, me alivió con la noticia de que ya no se encontraban, y salí en compañía de la chica.

Caminamos algunos metros y vi al Comandante de la Policía, todavía en compañía de Amado, en otra esquina; me excusé con mi amiga porque no la acompañaría hasta su casa, previendo que los sicarios pudiesen estarme esperando allí; le pedí que siguiera conmigo, que quería buscar a Alberto en otra cafetería un poco más abajo. Uno de los sicarios, que esperaba que yo volteara con ella en la esquina hacia su casa, nos vio seguir de largo por una calle que a esa hora es normalmente concurrida. Yo vi detrás una sombra moverse con rapidez y tomé el centro de la calle en el mismo momento me hicieron el primer disparo, que me dio en la espalda a la altura del hombro. Se me incrustó en la clavícula. y desde entonces ahí llevo el plomo conmigo.

Yo sentí como si se hubiese producido un derrumbe gigantesco, y que yo caía a un precipicio con árboles, piedras y tierra negra, entre mucha tierra negra. Caí al piso y mi instinto de conservación me hizo levantarme y correr cubriéndome la cabeza con la ruana. No podía correr bien porque sangraba, más que correr, en realidad gateaba. El sicario se me acercó y me hizo un segundo disparo a boca de jarro sobre la cabeza. La bala penetró la ruana, me rozó la cabeza y me partió una oreja. Aunque me rozó el cráneo, arrastrándome el cuero cabelludo, no perdí el conocimiento; seguí gateando, pude correr un poco y le gané dos cuerpos. Lo alcancé a ver, llevaba un sombrero blanco y una ruana negra. Lo miré a la cara en el momento en que me apuntaba para hacerme el tercer disparo: se cubrió el ojo izquierdo con una mano, y con la otra tendió el revólver hacia mí, apuntándome hacia las piernas para herirme en ellas y evitar que yo siguiera corriendo. Yo salté en el momento de la detonación y una muchacha que por allí pasaba fue la que recibió el disparo en una pierna.

El desconcierto cundió, todo el mundo corría y gritaba. Yo seguí avanzando, pero ya arrastrándome, arrastrándome. El sicario me alcanzó de nuevo y me hizo un cuarto disparo en la cabeza, que yo trataba de proteger con la ruana; el disparo penetró la ruana y arrastró consigo otra parte de mi cuero cabelludo. Yo seguí arrastrándome y me hizo un quinto disparo, que no me tocó y un sexto que me entró en el estómago. Habiéndome disparado la carga completa de su revólver, el tipo me dio por muerto y se fue buscando la huida. Yo alcancé a llegar a una cafetería, y allí intenté sentarme en una silla, pero caí al suelo.Un profesor del Instituto Politécnico me reconoció y dijo "Este es Giraldo, el abogado, el hijo de don Alvaro. Rápido traigan un carro". Me subieron a un campero. Yo seguía consciente, en la mano llevaba un libro de poemas de Benedetti, que no había soltado, y que agarraba con fuerza, con la ilusión de que la vida no se me escapara. Les pedí insistentemente en el trayecto al hospital que no dejaran entrar la policía, que ellos eran los responsables del atentado. Ya al llegar al hospital perdí el conocimiento.

Me desperté el miércoles a las cuatro de la tarde, embotado por la anestesia y recuperándome de las intervenciones quirúrgicas que me habían salvado la vida. Me contaron que esa madrugada, al haberse enterado los sicarios de que yo seguía con vida intentaron entrar al hospital para ultimarme. Amado llegó a las cinco de la mañana con dos sicarios más. Pero un hermano y mis amigos, previendo que eso pasaría consiguieron armas prestadas y se dispusieron a defenderme; cuando intentaron ingresar al hospital mi hermano disparó al aire y los sicarios huyeron.

Al tercer día de mi hospitalización me agravé, por lo que el médico sugirió que lo mejor era que me llevaran a Bogotá. Me sacaron en una ambulancia, y como por el camino me fui inflamando y me iba muriendo tuvieron que entrarme al hospital de Guaduas, Cundinamarca, donde estuve en recuperación un día. Luego, en la capital, me llevaron a un convento. Finalmente me internaron en el hospital San José durante un mes.


6. De cómo un narcotraficante transformó Pensilvania. Muerte de Don Darío, Presidente del Concejo.

A los ocho días del atentado contra mí me llegó la noticia de que habían asesinado al Presidente del Concejo Municipal de mi pueblo, que era del Partido Conservador, don Darío Maya. Lo asesinaron porque no había estado de acuerdo con el asesinato que se planeaba en mi contra. Les dijo que yo era un hombre bueno, hijo de don Alvaro Giraldo, que era un personaje del pueblo; que tuviera una ideología de izquierda no daba para que se dijera que yo era un jefe guerrillero, y otros argumentos que no convencieron al Comandante de la Policía y a los otros que patrocinaban mi muerte, entre ellos un mafioso del pueblo, de apellido Patiño, un narcotraficante de mucho dinero que corrompía a la Policía y al Ejército poniéndolos a su servicio. Los batallones de Manizales y de Pereira se comportaban como sus guardias privados y él los recompensaba patrocinando el paramilitarismo, realizándoles juergas y agregándoles recompensas monetarias que no se soñarían sumando sus sueldos de toda una vida de trabajo.

Don Darío Maya era más radical en sus ideas conservadoras que mi padre, pero era un hombre servicial, bueno en términos morales, en términos cristianos. Era un hombre rico, pero se desprendía en muchas ocasiones de su dinero para darle de comer a los pobres, para realizar cuanta obra de caridad fuese necesaria. Don Darío, además, quiso frenar el proceso de descomposición social que empezaba a vivirse en el pueblo por las cantidades de dinero que el mafioso hacía circular. Éste realizaba fiestas en la plaza, mataba marranos para todo el mundo, y ofrecía por su cuenta todo el trago que el pueblo quisiera beberse. El narcotraficante se fue adueñando de los destinos del pueblo. Don Darío no podía hacer arrestar a Patiño porque las autoridades lo respaldaban; pero sí le pidió, en reiteradas oportunidades, de manera privada y pública, que pusiera fin a sus pachangas en la plaza principal, que ese no era el comportamiento tradicional del pueblo, que generaba un espíritu licencioso y corruptor acabando con la tranquilidad de la población. Que si quería hacer sus fiestas las hiciera adentro de las paredes de su casa.

Como Presidente del Consejo, don Darío se opuso reiteradamente a que se autorizase al mafioso celebrar sus fiestas públicas. Logró que en varias sesiones del Concejo se aprobara la interdicción de utilizar la plaza principal para esos espectáculos que resultaban bochornosos, para que no pervirtiera a la juventud, que fácilmente se dejaba atraer por la rumba y el alcohol gratuitos. De la noche a la mañana Pensilvania empezó a cambiar radicalmente: de ser un pueblo tan tranquilo que parecía un seminario abierto, donde el único ruido destacable era el toque diario de las campanas llamando a misa, de repente pareció un burdel. El narcotraficante importó prostitutas de la capital, abrió cantinas, y decenas de borrachos empezaron a amanecer dormidos en las calles. Junto con sus dineros, el mafioso también importó los sicarios. A Patiño, acostumbrado a que le obedecieran, se le rebosó la copa cuando don Darío no estuvo de acuerdo con que me asesinaran; por eso ordenó su muerte.

No obstante, el asesinato de don Darío fue presentado a los medios de comunicación como una retaliación de la guerrilla por el atentado que yo había sufrido. Así, el mafioso y el Comandante de la Policía mataban dos pájaros de un solo tiro. Todos tendrían que quedar conformes con la explicación.

Sin embargo después se filtró que hubo problemas internos entre la policía y los sicarios. El que tenía que entregarles el dinero como pago de sus crímenes era el Comandante de la Policía, quien a su vez les había entregado las armas.

Cuando intentaron cobrar el dinero que les debían por el atentado en mi contra, el Comandante de la Policía se negó porque yo había sobrevivido. Los sicarios se negaron a devolver las armas que eran de dotación oficial.

Los sicarios estaban molestos porque no les pagaban el dinero acordado, y el Comandante de la Policía igual porque no le devolvían sus armas de dotación. Éste decidió entonces eliminarlos: a Amado le pegaron cinco tiros, pero no murió. Los otros sicarios le montaron un atentado al Comandante de la Policía, pero éste se salvó: le lanzaron una bomba al carro, y murieron dos agentes. Preocupados por el rumbo de esos enfrentamientos internos, el narcotraficante convocó a una reunión al Comandante de la Policía del Departamento de Caldas y al Comandante del Ejército. Se pusieron de acuerdo y pararon las retaliaciones. Sin embargo, los mafiosos tienen enemigos en todas partes, y Patiño, dos meses, después fue asesinado en una calle de Pereira.

El Comandante de la Policía fue trasladado, ni siquiera fue investigado. Cinco años más tarde me citaron al juzgado para que me hiciese un reconocimiento médico de las lesiones que sufrí. No habían abierto investigación, el proceso se encontraba en preliminares. Ningún procesado, ningún detenido. En la Procuraduría tampoco se había abierto ninguna investigación disciplinaria. Casi diez años después todo sigue lo mismo.


7. De cómo terminé mi recuperación en un hospital de guerra en Moscú.

Producto del atentado mi mano izquierda quedó inmovilizada. El disparo que me quedó en la clavícula había previamente atravesado un pulmón e interesó el nervio del movimiento de mi brazo. Según los médicos, la dirección con la que entró ese disparo era mortal, se desvió al pegar con una costilla. Toda la dirección de la Unión Patriótica me visitó en el hospital: Jaime Pardo Leal, su presidente, asesinado cuatro meses después, en octubre de 1987, Aída Abella, Jesús Aníbal Suárez, entre otros. Para posibilitar la recuperación de mi brazo me consiguieron un tratamiento en un hospital de la Unión Soviética.


La sorpresa de encontrarme compatriotas.

Llegué en julio de 1987 a un hospital de Moscú. Inicialmente me internaron en un pabellón donde nadie hablaba español. Tenía como compañeros de cuarto a heridos de la guerra de Afganistán. Al iniciar el tercer mes ya me pude levantar de la cama y recorrí otros pabellones. Para mi sorpresa me encontré otros compatriotas que estaban en recuperación, ya que habían recibido atentados como el que yo había sufrido. Recuerdo a Alirio Traslaviña, el dirigente agrario del Magdalena Medio, quien había sobrevivido a un atentado; a Eusebio Prada, también dirigente agrario, colonizador de los Llanos. En esa época, casi todos los días llegaban colombianos abaleados de diferentes regiones del país. Era un hospital de guerra: allí habían vietnamitas, filipinos, salvadoreños, argentinos y chilenos que habían sido torturados y estaban en proceso de recuperación física o sicológica .


Mis impresiones de la Perestroika.

Estuve tres meses en el hospital, tiempo que fue suficiente para recuperar mi salud y el movimiento de mi brazo. Luego tuve un mes de descanso, en el que me enviaron a una zona del Mar Negro, donde pude disfrutar una maravillosa temporada de otoño en una casa de campo. Regresé a Moscú. Fluía la Perestroika en la vida individual y colectiva de todos los soviéticos. Una expresión del Glasnost de Gorbachov se resumía en la calle Arbak, donde habían manifestaciones de muchachos pintando, dibujando, cantando, bailando, en las que aparecían igualmente las primeras expresiones de la economía informal. La calle me hizo pensar en las épocas en que turcos y moros invadían las calles con sus cachivaches y mercancías. Era una calle que expresaba muy bien la ebullición de una nueva mentalidad que daría al traste con todo el orden social construido desde la Revolución de Octubre. Se sentía que la sociedad estaba sacudiéndose de una carga en que la burocracia socialista había congelado las ideas y el amor. La más grande revolución desde la revolución francesa se sepultaría porque de ella sólo se conservaba el cascarón. El pueblo hacía muchos años había dejado de estar representado en el poder.


8. "Salí de Guatemala, para meterme en Guatepeor".

Con estas impresiones, y pensando en el mejor quehacer político para los colombianos, regresé a finales de 1987 y estuve un mes en Bogotá sin definir el camino que cogería. La dirección de la Unión Patriótica me propuso diferentes alternativas: Urabá, Huila o Meta. Opté por el Meta porque me ofrecieron un cargo público como juez de Ejecuciones Fiscales. Llegué a Villavicencio sin conocer a nadie; además no me gustaba la tierra caliente. Como dice el dicho "Salí de Guatemala para meterme en Guatepeor". Ya habían matado, en 1986, a las figuras más importantes de la Unión Patriótica en el Meta: al senador Pedro Nel Jiménez, al representante a la Cámara, Octavio Vargas, a Laso, el dirigente de Co-Vivienda, a Bonilla, etc. Cuando llegué, el rosario de muertos de la Unión Patriótica era cosa de todos los días.

Para mi adaptación, por fortuna, en la casa donde fui a vivir encontré unas paisas que, como yo, eran producto de la colonización antioqueña, cuyas familias habían ido a dar a Risaralda, ellas habían nacido en Pereira. Así que me posibilitaron una adaptación menos brusca. Yo no salía sino a mi trabajo, y de él me volaba para ir a los juzgados, a las procuradurías; pero concluida la jornada regresaba a la casa, no aceptaba invitaciones ni para tomarme un café. Tal vez ese hábito me ha salvado la vida, porque a la mayoría de los compañeros los mataron tomándose una gaseosa o una cerveza en cualquier establecimiento público. Yo me la pasaba encerrado, con un miedo que no le confesaba a nadie. Si se caía siquiera una hoja de un árbol que había al frente de la casa, yo pensaba que venían por mí; si un gato caminaba en el techo yo creía que ya eran mis últimos momentos. Durante los dos primeros años no podía pasar una buena noche. Poco a poco me fui acostumbrando.

Como yo era abogado, los familiares de las víctimas empezaron a buscarme para hacer memoriales a los juzgados, a las oficinas de Instrucción Criminal, a las procuradurías, a las personerías; en fin, a todas las instancias jurisdiccionales. Comencé a combinar mis responsabilidades de mi función pública trabajando en la asesoría jurídica y prestando apoyo a las víctimas de la violencia. Desde el 87 a la fecha he estado ininterrumpidamente acompañando a los familiares de las víctimas en su duelo y en sus reclamos de justicia.


Desplazados ayer y desplazados hoy, los círculos infernales de la violencia.

Empecé a entender el Llano y conocer su historia a través de las víctimas de la violencia. Me rencontré con Eusebio Prada, quien algunas veces bajaba a Villavicencio y me conversaba sobre la historia de la colonización. Él fue un dirigente histórico en los Llanos y, en compañía de, entre otros, Luis Mayusa, dirigieron la colonización del Llano. Eusebio bajó en las primeras marchas campesinas de los años cincuenta que salieron del Tolima, por la ruta de Uribe, y de San Juan de Arama. Llegaron hasta Medellín del Ariari y allí instalaron sus carpas (entonces se llamaba Bocas de Monte, junto al río Ariari). Eusebio era un hombre de muchas querencias, querido por tirios y troyanos por su bondad. Él condujo las marchas históricas de la Macarena y del mismo Ariari. Lo paradójico de la historia de Eusebio es que salió con su familia huyéndole a la violencia de mitad de siglo; cuarenta años después tuvo que dejar el pueblo que él ayudó a fundar, huyéndole a la nueva violencia, cruzó de nuevo la cordillera y regresó al Tolima de donde había salido.

Otro ejemplo de la inversión de los desplazamientos forzados es el caso de Luis Mayusa, quien también bajó del Tolima y se fundó en los Llanos. Ahora los paramilitares le quemaron la finca y le ocuparon su casa en Vistahermosa. Le tocó igualmente regresar a su sitio de origen, a recomenzar desde cero, llevando encima el dolor de cuatro décadas de sacrificios perdidos. Igualmente los campesinos que bajaron en las marchas de Sumapaz y de Villarica en los años '59, '60 y '65, y que se fundaron en el Llano, otra vez la violencia los está desplazando al sitio de donde partieron. Ésta ha sido una constante en muchas familias que bajaron de la cordillera al Llano para salvar sus vidas, y ahora se vuelven a desraizar por el mismo motivo; se repite un círculo vicioso en la historia con múltiples tragedias ignoradas.


9. El matrimonio, las hijas, las vicisitudes de mi vida familiar.

Cuando llegué al Llano no tenía la intención de quedarme más de un año, pero el contacto con los sindicatos agrícolas y los campesinos me fue abriendo un horizonte de luchas épicas con las que me fui identificando. Igualmente mi relación con la Federación de Trabajadores del Meta en respaldo a la educación sindical me hizo sentirme útil. Mi compromiso con la gente, el amarrarme a sus luchas fue acompañado de un proceso de enamoramiento paulatino de la región. La inmensidad del Llano, su exotismo, eran para mí fantasías inexploradas, sus paisajes son embrujadores.

Todo ello me ató. Además me parecía que la idea de irme de allí, con tantos compañeros muertos, era como dejar abandonadas sus memorias, las luchas por las que entregaron la vida. Si sobrevivía yo, era como un acto de cobardía que no me perdonaría nunca. Hay además una tradición en el Llanero de ser un hombre de palabra, un hombre Hombre, que por tanto no se amilana ante las adversidades, sino que se crece ante ellas. Eso es muy marcado, y me creó el complejo de que dejar el Llano era tanto como disminuirme en mi virilidad. Me parecía una cobardía pensar en irme frente a las personas que aún sabiendo que lan iban a matar no se resignaban, ni renunciaban a su lucha, sino que, por el contrario, aumentaban sus esfuerzos de tal manera que cuando les llegase la hora de morir, por lo menos vencían moralmente sobre sus criminales.


Entre la tragedia nació el amor.

Mi decisión de quedarme en el Llano fue bien recompensada, porque tengo una esposa maravillosa y dos niñas que son los luceros de mi corazón en estos años de oscuridad. La conocí en una noche inolvidable, no solamente por ella, sino que esa misma tarde había quedado en ir a la casa de Ricardo Rodríguez Henao, un abogado amigo, también de la Unión Patriótica, que llevaba la parte civil del proceso contra Víctor Carranza. Ricardo se sentía acorralado porque la persecución contra él se adelantaba de manera muy descarada pese a sus denuncias y protestas, él sabía que lo iban a matar. Yo lo había visitado el día anterior, y estaba en un estado de estrés, que si no lo mataba Carranza lo iban a destruir sus propios nervios. Quedé en visitarlo el día siguiente, que era un viernes. Vivíamos muy cerca, apenas a media cuadra de distancia.

Dio la casualidad que ese viernes saliendo del trabajo, a las seis de la tarde, llegó a buscarme una compañera de trabajo político, Eybar García. Su esposo, Carlos Covas, que fue Presidente de la Asamblea por la Unión Patriótica, había sido asesinado. Me pidió que la acompañara a la casa, que ese día estaba cumpliendo años, y que quería hacer una reunión pequeña con amigos. Le advertí que tenía una reunión con Ricardo, pero insistió tanto que pospuse mi visita acordada para más tarde. Allá llegó Mariela, la muchacha que sería mi esposa. Yo la había visto trabajando en la Alcaldía pero sólo nos habíamos hecho ojitos; existía un previo gusto mutuo que no habíamos tenido oportunidad de expresarnos. A las 10:30 yo quise irme para donde Ricardo a cumplirle la cita, cuando llegó una amiga con la noticia de que a Ricardo lo habían volado con todo y familia en su apartamento. No sabíamos si estaban vivos o muertos. Averiguamos: los llevaron a una clínica, y sólo habían recibido heridas menores. Se salvaron porque la bomba que les colocaron en el centro del techo del apartamento rodó al alero frontal, y allí fue donde hizo explosión. La onda explosiva rompió la pared de entrada y los lanzó a ellos contra la pared del fondo, algunas esquirlas les hirieron y quedaron cubiertos de escombros. Empecé a hacer todas las gestiones del caso para sacarlos de la ciudad, para que entretanto recibieran la protección que hasta el atentado se les había negado. Conversé con el Gobernador, con el Director del Das, pero no pudimos conseguir un avión para enviarlos a Bogotá; finalmente los pudimos sacar en un carro con escoltas. A los días se fue del país al exilio con su familia (la embajada de Francia le facilitó la salida).

Nos encontramos con Mariela el domingo siguiente y fue otro encuentro de emociones fuertes, ya que uno de sus hermanos venía de morir de cáncer. La acompañé al entierro y le ayudé a consolar su tristeza. Luego nos seguimos viendo, nos hicimos novios, y después de año y medio resolvimos casarnos. Nos casamos en 1990 por la iglesia, y mis hermanos sacerdotes celebraron la ceremonia.


A los bebés hay que hablarles y cantarles desde la concepción.

A los pocos meses Mariela resultó embarazada. Fuimos muy cuidadosos con su embarazo: ninguno de los dos teníamos idea de las cosas especiales que teníamos que tomar en cuenta para que naciera un bebé o una bebé saludable. Hicimos muchas lecturas conjuntas. Yo, todas las noches le leía cuentos infantiles al pie del regazo de mi esposa a la criatura en gestación; le conversábamos ambos, le cantábamos y yo me acercaba al vientre de Mariela para hablarle al oído a mi bebé. Desde que la concebimos tuvo un encuentro con sus papás, sostuvimos un diálogo con ella. Cuando la criatura nació, ya parecía que nos conocía, se sonreía cuando le hablábamos, de tal forma que entendíamos que hablaba con nosotros. Nació riéndose, con los ojos abiertos y con un gesto de alegría que recibimos como un saludo. Yo estaba tan feliz, tan emocionado que no me había preocupado de saber si era niña o niño. La tuve media hora en mis brazos, y cuando llegó su abuela, la mamá de Mariela, me la arrebató para descubrirle el sexo. Cuando anunció que era una niña se me vino a la cabeza el nombre de Natalia.

Natalia nació al año de nuestro matrimonio. Le pusimos ese nombre a raíz de una de las protagonistas de una película que me impactó muchísimo, que marcó mi vida: "Garullas no entierran todos los días", de Julio Scusick. El personaje principal era una mujer de mucho valor, de mucho amor. Nunca pude recordar su nombre, y el único que me venía a la cabeza era el de Natalia, por eso le pedí a mi esposa que la llamáramos así. Ella no quería, pero acordamos que la suerte decidiera, así que hicimos dos papelitos, con el nombre que ella quería para la bebé y con el mío. Se los dimos a la abuelita, y al escoger, Natalia resultó ganadora. Para que Mariela no se sintiera derrotada acordamos que la segunda niña que tuviéramos llevaría el nombre que ella quisiera. No tuvimos que esperar much,o porque a los dos años volvimos a tener una bebé. Lamentablemente, sin los cuidados que pudimos dispensarle a Natalia. Ello se nota en la diferencia de los temperamentos; aunque yo intento, cuando estoy con ellas, brindarle un poco más de tiempo a la pequeña.

Yo siempre he querido estudiar pedagogía y sicología en los niños, pero el trabajo no me lo permite. He leído algunas cosas, pero siempre termino echándome en cara el que no puedo compartir con ellas la vida como debería. El complejo ha estado en la mitad, atravesando nuestras relaciones: mis responsabilidades como funcionario, mi trabajo político y mi defensa de los derechos humanos. En el agite de mi vida, ahora, en esta obligada pausa por mi salida del país, mi familia ha estado hablándome en sueños. Lo reflexiono para intentar, a mi regreso, una distribución equilibrada de mis responsabilidades. Que no implique sacrificar las personas que amo, ni las ideas por las que lucho, ni la causa por la que han perdido la vida tantos compañeros y amigos.


El costo de encerrarse para proteger la vida, el sacrificio de la familia.

Mariela me reclama, con razón, que no tenemos una vida de pareja socialmente hablando: no vamos a un cine, no vamos a un baile, no vamos a un parque. No hacemos ni recibimos visitas. Nos hemos encerrado en una vida de paredes por la tensión misma de saberse condenado a muerte. Nuestra vida es una vida de encierro, no podemos pensar en ir a un paseo ni al campo, ni en la propia ciudad. No me gusta salir con las niñas para no arriesgarlas. No puedo siquiera salir a comprarles un helado. Eso me ha ayudado a permanecer vivo, pero con un costo muy grande para la salud familiar. Tenemos momentos de tensiones colectivas en que por el encierro quisiéramos explotar, quisiéramos tirarnos por las ventanas e irnos a cualquier lado. Como no puedo salir con ellas, yo les pido a sus tíos que las lleven los fines de semana a pasear a algún parque.

Mis niñas se han apegado mucho a mí. Cuando yo estoy en la casa no se quieren separar un momento de mi lado, y no se quieren dormir sino en mis brazos. Es una actitud muy posesiva, normal, a la que se suma también Mariela.

La vida se me ha vuelto últimamente una especie de infierno. Hace mucho rato que no sé lo que es caminar tranquilo por una calle, o ir a un cine, o entrarse a un bar a tomarse una cerveza. Vivo en medio de traumas, con los dolores propios y con los dolores ajenos. Mi vida familiar es conflictiva, no porque tenga problemas de pareja con mi esposa o con mis hijas, sino por el encerramiento, porque la vida social es para nosotros prácticamente inexistente.


No puedo renunciar a lo que soy como hombre y como persona.

Mariela se descontrola en momentos de crisis muy tenaces, en los que en medio de su desespero me exige que nos vayamos, que nos larguemos ya. Me reclama que me retire de mis actividades políticas y de derechos humanos como única manera de salvar mi vida. Yo le respondo con obstinación recordándole que ella sabía en lo que yo estaba cuando nos conocimos y cuando decidimos casarnos; que yo no me puedo retirar de mi lucha, porque ella es parte de mí mismo; que yo no puedo renunciar a mis convicciones, a lo que soy como hombre y como persona. Evito en lo posible que se entere de los hostigamientos y amenazas que con frecuencia recibo. Sin embargo, la desestabilización más grande se produce cuando se intensifican las persecuciones en mi contra y cuando ella responde las llamadas telefónicas en las que se me insulta de las peores maneras y se anuncia mi muerte.


Las dificultades de tener guardaespaldas.

Hace tres años tengo que andar con un par de escoltas, pero yo les dejo descansar los fines de semana porque tienen hijos, porque tienen esposas, porque también tienen familia que atender. Sería injusto someterlos al ritmo de mi tragedia. Además pesa también que no me gusta tenerlos a mi lado, porque es como la privatización de la vida y la invasión obligada de tu intimidad. Con escoltas se rompen los espacios de tu sociabilidad, te toca aceptarlos como imperativo de subsistencia, pero tú sientes que te están robando tus espacios de vida, que ellos te acompañan porque les toca y te cercan físicamente. Los guardaespaldas se introducen en tu unidad familiar y en tu círculo de amigos de tal forma que te vas sintiendo asfixiado. También es degradante en el sentido de que constantemente, y aunque no hablen, te están recordando la cercanía de la muerte, con sus gestos, con sus armas, con sus movimientos; eso afecta también a tus hijos, a todos los que te rodean. Mis niñas me preguntan, por ejemplo, que para qué son las armas, que por qué esos señores armados me acompañan. Yo me hago nudos en la cabeza tratando de explicarles sin violentar la fantasía de vida a la que tienen derecho. Todo eso produce un fenómeno de tensión permanente y desestabilización muy tenaz en el conjunto de la unidad familiar.


Mis hijas y mi esposa deben saber que yo siempre estoy y estaré con ellas.

La parafernalia de mis responsabilidades laborales, de mi compromiso por los derechos humanos, del compromiso político, me ha dejado poco tiempo para dedicarme a mi familia. En estos dos meses que he estado en Europa, en que he podido liberarme de mis intensas jornadas; he percibido la necesidad de consagrarle más tiempo, más espacio a mis hijas y a mi mujer. Tengo un apego muy grande por ellas. Son el principal fundamento de mi existencia, son mis razones esenciales para vivir. Yo creo que ellas me comprenden cuando no estoy a su lado. En mi lucha las involucro, no quiero que mis niñas crezcan en una sociedad descompuesta.

Yo quiero ser un buen padre de familia, sin que ello implique sacrificar mis responsabilidades sociales y políticas. Debo propender por un equilibrio para continuar asumiendo mis responsabilidades, de tal forma que aunque yo no esté, mis hijas y mi esposa sepan que yo estoy siempre con ellas. Por ahora mis hijas siguen enfermándose cada vez que mis obligaciones me alejan de la casa más de ocho días.Tenemos una relación fuerte y fina, y ellas y Mariela entienden cuánto las amo.


Debo hablar con mi familia sobre la posibilidad de mi muerte.

A mi regreso debo socializar con mi familia la discusión sobre los riesgos de mi actividad en la defensa de los derechos humanos y de mi compromiso político. La verdad es que no lo he hecho hasta ahora como debería hacerlo. Cuando me inquieren sobre ello evado las respuestas de fondo. Lo he hecho conscientemente para evitarles sufrimientos adicionales a los que ya reciben por las noticias. Aunque ahora estoy más decidido a plantear el tema abiertamente con ellos, tengo que discutir con mi esposa, con su familia, que también es la mía, y con mis padres. Hasta el momento no lo he hecho, consciente de que le hago el quite a la situación porque me vería constreñido, de una u otra manera, a abandonar a mucha gente querida que espera que alguien esté al frente luchando para evitar que nos pisotee el terror.

El esquema de la vida es tan relativo, tan casual, que cuando mi familia me plantea el tema de la posibilidad de la muerte yo les respondo con el ejemplo de los 107 pasajeros del vuelo de Avianca que murieron en vuelo al estallar una bomba que llevaba. Estas personas murieron sin que tuviesen nada que ver con la defensa de los derechos humanos, ni estaban involucrados en una actividad política de oposición. El riesgo de morir en un atentado en Colombia es igual para cualquier ciudadano como para uno. Con este tipo de ejemplos encuentro un escape para calmar las angustias y presiones de mis familiares. Somos tan frágiles que la vida misma en nuestro país se vuelve deleznable.


10. En el Meta, y en general en el Llano, su gente y su naturaleza son fuentes de libertad y riqueza.

El Meta, y en concreto Villavicencio, son la puerta de entrada de los Andes a los Llanos colombo-venezolanos. Los Llanos comprenden en Colombia toda la Orinoquía, y forman parte de esta vasta extensión territorial, además del Meta, los departamentos de Vichada, Vaupés, Guaviare, Arauca, Casanare y parte del Caquetá, donde la amazonía comienza a formar otro conjunto geográfico. Los Llanos orientales tienen la identificación de una cultura, una misma idiosincrasia, un mismo folklor, unas tradiciones de llaneridad en que la música se funde con el paisaje y con las formas económicas de la ganadería. En ellos, además, se encuentran varios pueblos indígenas que conservan su lengua y sus costumbres, desgraciadamente en proceso de extinción.

El Departamento del Meta está atravesado en buena parte por la Cordillera Oriental. Su desarrollo urbanístico se encuentra principalmente en el piedemonte. Tiene además la Sierra de la Macarena, con una biodiversidad de la más ricas del planeta. Sus inconmensurables sabanas han sido repartidas en latifundios, cuenta con ríos en los que se puede hacer navegación (por ejemplo el río Meta que atraviesa Venezuela y va a desembocar al Atlántico); igualmente están los ríos Ariari y Guayabero, que tienen importancia histórica.


El Llano es tierra de libertad.

La región del Ariari es zona de colonización campesina que se desarrolló desde los años cincuenta y sesenta. Comenzando los años setenta este proceso empató con la colonización del Caguán por la vía del Caquetá y de Vistahermosa. Son dos colonizaciones campesinas históricas. Otros hablan también de la colonización guerrillera, asentados en los márgenes de la Macarena, y en municipios como Mapiripán, La Uribe y Vistahermosa.

El Llano se ha conocido como una tierra de libertad. Hay una costumbre, en la llanura, de que cuando los muchachos comienzan su adolescencia se les suelte en la sabana para que se defiendan: el territorio sin fronteras visuales se convierte en un reto para dominar la libertad. La sensación es la misma de una barquita que se echa a navegar en la inmensidad del mar. Los hombres del Llano son hombres recios, de estructura delgada pero de fibra consistente. Desarrollan mucho el tema de la hombría, de la machera, de la berraquera, del dominio de la naturaleza y de bestias como el caballo y el toro. Ello se expresa en eventos como el coleo, que es el dominio de los toros, y del jaripeo, que es el dominio de los potros salvajes. Su música, el joropo, es un ritmo acompasado al paso del caballo, es un galopeo.

El Llanero está amarrado a la naturaleza, sus paisajes son verdaderos paraísos, son exóticos en todo el esplendor de una belleza abierta. La connotación libertaria está muy vinculada con el desarrollo de las gestas de la independencia de la corona española en el siglo anterior; no hay que olvidar que desde estas tierras partió la ruta libertadora de Simón Bolívar, que de manera gloriosa concluyó en la Batalla de Boyacá en 1819, y que en dicho triunfo fue decisiva la participación de los lanceros llaneros.


Experiencias guerrilleras del Llano de mitad de siglo.

De otro lado, el Llano ha sido territorio de reserva de las guerras civiles que desarrollaron los patriarcas liberales y conservadores en la segunda mitad del siglo anterior y comienzos del presente. Volvería a ser escenario de una de las guerras civiles más cruentas en la llamada Violencia de mitad del presente siglo. Cuando asesinaron a Gaitán en 1948, Eliseo Velásquez se alzó en armas y se tomó la población de Puerto López, instaurando un gobierno popular de varios días, tras lo cual fue detenido y puesto preso en una cárcel de Villavicencio; en el país, en diferentes sitios se levantaron insurrecciones, entre ellos en esta ciudad en la base de Apiay se levantó el Teniente Silva, se tomó la cárcel y liberó a los presos. Entre ellos estaba Guadalupe Salcedo, quien después sería el Comandante General de las guerrillas liberales del Llano, y el propio Eliseo, que también alcanzaría renombre por sus luchas.

Las guerrillas liberales tienen una característica, y es que son guerrillas de familias. Son famosas las guerrillas de los Loaiza, de los Fonseca, de los Bautista, etc. Se multiplicaron no tanto por una vocación insurreccional, sino por la necesidad de defender la vida ante las grandes masacres que propiciaban los conservadores; aunque tuvo dirigentes ideológicos que trataron de darle un rumbo hacia la toma del poder, como Eduardo Franco Isaza y el abogado y escritor antioqueño José Alvear Restrepo. Éste último impulsaría una legitimidad institucional de las mismas que desembocaron en las famosas "Leyes del Llano", de naturaleza revolucionaria. Estas guerrillas fueron impulsadas por los terratenientes liberales, pero poco a poco se proyectaron con una fuerza popular de tal envergadura que las élites se asustaron y decidieron ponerles fin promoviendo un golpe de Estado militar que pusiera fin al régimen conservador y que llamara a una amnistía a los alzados en armas. Tuvieron vigencia desde el '48 hasta el '53, cuando la mayoría de los líderes decidieron deponer las armas frente al nuevo gobierno que se anunciaba de reconciliación nacional.


Desmovilización guerrillera y colonización.

Después de la entrega de las guerrillas liberales, el departamento del Meta quedó dividido con un nuevo mapa político. La zona histórica de aristocracia llanera, San Martín y San Juan de Arama, todo ese eje que partía de Villavicencio en dirección a Puerto López, Puerto Gaitán y Granada, quedó en posesión de los liberales. Los conservadores que bajaron por el Upía con sus bandas armadas de Boyacá, los famosos "pájaros", se instalaron en las zonas del piedemonte, en Restrepo, en Acacías, Guamal, Cubarral, El Dorado y en Villavicencio. El río Ariari se convirtió en una especie de muro de contención de las movilizaciones de campesinos liberales que, huyendo de la violencia atroz que se desató contra ellos en el Tolima, bajaron desde los '50 por la cordillera Oriental, pasaron por Mesetas y la Uribe, y fundaron Medellín del Ariari. De allí se extendieron por la Bocademonte, Puerto Caldas, Canaguaro, y promovieron desde allí todo el proceso de colonización campesina hacia toda la montaña que era selva vírgen.

Esto es muy importante destacarlo, porque va a definir los nuevos niveles de la confrontación política que se darían años después y que todavía perduran, o mejor, que tienden a profundizarse.

La mayor parte de los comandantes guerrilleros que se amnistiaron fueron poco a poco siendo asesinados de una u otra manera. El golpe de gracia lo dieron contra Guadalupe Salcedo, asesinado en Bogotá después de que saliera de una reunión de la Dirección Liberal Nacional. Guadalupe había subido para exigir al Gobierno el cumplimiento de los acuerdos que había asumido con la desmovilización guerrillera. El asesinato político volvería a repetirse décadas después contra otros guerrilleros desmovilizados.


Surgimiento de los nuevos grupos guerrilleros.

En los años 59 y 60 el gobierno desarrolló un proyecto reformista en la colonización del Ariari para prevenir otros estallidos de violencia. Se creó la Caja Agraria, se organizó el Incora, se implementó el Plan de Rehabilitación y Socorro con funcionarios y profesores de la Universidad Nacional. Se quiso promover una nueva colonización, pero la colonización ya estaba hecha y dirigida por los sindicatos agrarios que fundaron antiguos guerrilleros liberales, como Plinio Murillo. También en estos años estuvo Jacobo Arenas, que más tarde sería uno de los más célebres comandantes guerrilleros de la nueva época.

Quedaban en el país algunas regiones donde subsistieron grupos de guerrilleros que fueron evolucionando hacia formas de vida comunitaria de naturaleza comunista, en los que desarrollaron programas productivos y formas de autodefensa. Se habían asentado en Villarica, en otras partes del oriente del Tolima y en Sumapaz. Estos grupos fueron cercados y bombardeados por el Estado, lo que dio lugar a lo que en el país se conoce como las "Columnas de Marcha", en que centanares de familias huían de la represión estatal. Algunas de estas columnas se establecieron en la zona del Guayabero, en el Pato, en Marquetalia, en las zonas de frontera entre el Caquetá, Huila y Tolima, donde siguieron desarrollando sus formas de autodefensa. Los volvieron a bombardear, esta vez con la intención por parte del gobierno de aniquilamiento absoluto, y con la concentración más grande de soldados que se hubiese registrado en la historia del país.

Los supervivientes, cansados de huir y entendiendo que el régimen no los dejaría nunca en paz, convocaron una conferencia, que llamaron del Bloque Sur, donde se fundaron las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia -Farc- en 1964. En el Meta se instalaría la comandancia guerrillera de esta organización, que se conoce hasta hoy como el Secretariado, en la zona de la Uribe.


Del 65 al 85, veinte años de relativa tranquilidad y prosperidad del movimiento popular en el Meta.

Sin embargo, desde el 65 hasta el 85 el departamento del Meta gozó de una relativa paz; fue una etapa de formación y crecimiento del movimiento social y popular. Había confrontaciones esporádicas con el Ejército, pero no se presentaban los asesinatos políticos, ni había un proceso de exterminio contra la población civil, ni se presentaba la liquidación de los dirigentes cívicos ni agrarios. En este lapso florecieron, por el contrario, los sindicatos agrícolas en todo el departamento bajo la dirección de Luis Mayusa, Eusebio Prada, Jorge González, los hermanos Malagón, la familia Vargas. La guerrilla realizó un proceso de reforma agraria con los campesinos en lo que se ha llamado como la colonización agraria armada. Se logró desarrollar una agricultura de subsistencia y de mercadeo.

El Meta es uno de los primeros productores del país de arroz, de palma africana, de algodón, aunque ahora ha disminuido mucho por efecto de la política neoliberal implementada por el Gobierno de César Gaviria, que ha afectado mucho el campo. Se produce mucho maíz, mucho frijol, sorgo, cacao, plátano y café. Es uno de los primeros productores del ganado que abastece a Bogotá y sus alrededores. Sus ríos producen, además, mucho pescado. El Meta es una despensa alimentaria para sus habitantes, que son setecientos mil, para el centro del país.

Produce además gas, que se lleva a Bogotá, aunque paradójicamente, los pueblos que están alrededor de los pozos gasíferos no se benefician de su consumo. Tiene pozos petroleros en producción en Apiay, en Villavicencio, en Puerto Gaitán, y recientemente se han descubierto los mayores pozos petroleros del país en Medina, que queda entre Cundinamarca y el Meta, que se llaman Coporo I y Coporo II, y otros descubiertos en la propia ciudad de Villavicencio, que se llaman Anaconda I y Anaconda II. Sin embargo, pese a tanta riqueza, el desarrollo de la región es deplorable. A la corrupción política se ha unido el problema del narcotráfico, el paramilitarismo y los intereses de las multinacionales.


11. El paramilitarismo desangra el Departamento.

La primera zona de la cual recibí mucha gente fue de la región de San Martín, Meta, donde el paramilitarismo empezaba a asentarse.

En los años sesenta los campesinos sembraban marihuana en las sabanas de San Juan de Arama, en la Macarena y en Vistahermosa. Luego, en los setenta, se produjo un proceso de sustitución de cultivos, y en lugar de marihuana empezaron a sembrar coca. Leónidas Vargas y sus hermanos, que sembraban coca en el Caquetá, la introdujeron en la Macarena y en la Serranía.


Gonzalo Rodríguez Gacha, alias "El Mexicano" primer promotor del paramilitarismo.

El tristemente célebre Gonzalo Rodríguez Gacha, miembro del Cartel de Medellín inició allí su carrera de mafioso, primero traficando con marihuana y luego con cocaína. En zona rural de San Martín tenía una edificación con helipuerto, a la que no se podía acceder por tierra sino por agua; se le conocía con el nombre de "La Casona".

Rodríguez Gacha era originario de Pacho, Cundinamarca, donde después montó otro imperio paramilitar con el Ejército en toda la región de Rionegro. En 1979 ya era un hombre multimillonario mezclado con las élites del poder. Por intereses estratégicos del Ejército de controlar el Magdalena Medio llegó a Puerto Boyacá para financiar el paramilitarismo. Contribuía a la lucha contrainsurgente al tiempo que aseguraba la protección de la Fuerza Pública para afianzar sus redes de narcotráfico. El General Harold Bedoya Pizarro, el hoy Comandante del Ejército, era entonces Comandante de la VII Brigada. En relación estrecha con Rodríguez Gacha montaron los primeros grupos paramilitares en Puerto Boyacá.

Esa experiencia paramilitar de Puerto Boyacá, que les dió resultado porque aniquilaron toda forma de expresión popular, la trasladaron a San Martín. El paramilitarismo, en realidad se exacerbó en todo el país a raíz de los Acuerdos de Paz en1984 entre las Farc y el Gobierno. Entonces se desató un proceso de guerra sucia que estamos viviendo hasta hoy, en particular con el nacimiento de la Unión Patriótica como alternativa política al dominio tradicional de liberales y conservadores, y se recrudeció en el Meta porque allí se había alcanzado una de las votaciones más altas en todo el país.


El aniquilamiento de la Unión Patriótica en San Martín.

En las elecciones de 1986, de los diez concejales elegidos en el municipio de San Martín, ocho eran de la Unión Patriótica. Aún entonces los alcaldes no los elegía el pueblo, los nombraba el gobernador. El alcalde era del partido liberal, y él mismo contribuyó a orquestar la eliminación de sus adversarios políticos del nuevo partido. Empezaron las amenazas, las desapariciones, los asesinatos; sobre todo en la región del Ariari que