Introducción |
Carranza, Paramilitarismo e impunidad. |
1. De por qué somos una familia grande |
2. Recuerdos de mi infancia y de mi casa |
Mi primera comuniónNuestra casa de campoDe las restricciones familiares y de por qué yo no quise ser religioso |
3. Mis primeras inquietudes políticas. |
El sectarismo de papáRecuerdos de una jornada política en Pensilvania. |
4. De mis estudios universitarios y las luchas estudiantiles. |
Los primeros garrotazos que recibí en mi vida.No nací para los números y me decidí por estudiar Derecho. |
Derecho era mi carrera, pero la Libre no fue más mi universidad.Mi vinculación a la Juventud Comunista. |
5. Mi regreso a Pensilvania y mi vinculación con la Unión Patriótica. |
Creación de la Junta Patriótica para impulsar el nuevo partido.Presencia de los paramilitares en Pensilvania.Así se planeó y ejecutó el primer atentado contra mi vida. |
6. De cómo un narcotraficante transformó Pensilvania. Muerte de Don Darío, Presidente del Concejo |
7. De cómo terminé mi recuperación en un hospital de guerra en Moscú. |
La sorpresa de encontrarme compatriotas.Mis impresiones de la Perestroika. |
8. "Salí de Guatemala para meterme en Guatepeor". |
Desplazados ayer y desplazados hoy, los círculos infernales de la violencia. |
9. El matrimonio, las hijas, las dificultades de la vida familiar. |
Entre la tragedia nació el amor.A los bebés hay que hablarles y cantarles desde la concepción.El costo de encerrarse para proteger la vida, el sacrificio de la familia. |
No puedo renunciar a lo que soy como hombre y como persona.Las dificultades de tener guardaespaldas. |
Mis hijas y mi esposa deben saber que yo siempre estoy y estaré con ellas.Debo hablar con mi familia sobre la posibilidad de mi muerte. |
10. En el Meta y en general en el Llano su gente y su naturaleza son fuentes de libertad y riqueza. |
El Llano es tierra de libertad.Experiencias guerrilleras del Llano de mitad de siglo.Desmovilización guerrillera y colonización. |
Surgimiento de los nuevos grupos guerrilleros.Del 65 al 85, veinte años de relativa tranquilidad y prosperidad del movimiento popular en el Meta. |
11. El paramilitarismo desangra el Departamento. |
Gonzalo Rodríguez Gacha, alias "El Mexicano", primer promotor del paramilitarismoEl aniquilamiento de la Unión Patriótica en San Martín. |
Políticos y militares deciden en el Meta el genocidio contra la Unión Patriótica.El exterminio se traslada a Vistahermosa y El Castillo.Rodríguez Gacha cede sus acciones en el paramilitarismo a Víctor Carranza. |
Encubrimientos gubernamentales del paramilitarismo.El paramilitarismo obedece también a un proyecto económico excluyente. |
12. Los paroxismos que nos produce el terrorismo de Estado. |
13. La represión puede silenciar los conflictos, pero llegará el momento en que el terror no podrá evitar que estallen. |
14. Relato de aquellas muertes que me desgarraron el alma. |
La masacre en la que pereció Carlos Covas.El asesinato de Julio Cañón, alcalde de Vistahermosa y otras desgracias de su familia. |
La primera masacre de Cañosibao.El asesinato de Luis Eduardo Yaya.La muerte de Carlos Julián Vélez, masacre de su familia. |
La cuarta masacre de Cañosibao, la muerte de María Mercedes.El asesinato de José Rodrigo García .La muerte del fiscal Jesús Abella. |
15. El proceso 019, de cómo Carranza teje el crimen y la impunidad |
16. Carranza vuelve a beneficiarse de la impunidad y el Fiscal General lo convierte en señor |
17. La esperanza de que la justicia sí puede funcionar, la captura de " Rasguño " lo demuestra |
18. El surgimiento del Comité Cívico de Derechos Humanos del Meta |
a) Asesinato y persecución de los médicos que colaboraban con el Comitéb) La desaparición de Delio Vargasc) La desaparición de Adolfo Silva y otros atentados contra miembros del Comité |
d) Nuestras denuncias contra Carranza y sus paramilitares incrementaron las amenazas y planes para atentar contra nuestras vidas. |
19. La Comisión Meta, expectativas y frustraciones |
a) El Gobierno entorpece la Comisiónb) La Comisión produce resultados contrarios a los esperados. |
20. Experiencias que nos dejó la Comisión Meta |
a) De cómo enseñan Derechos Humanos en el Batallón XXI Vargasb) El comercio de la muerte en Granada |
c) Diálogo con una comisión de la guerrilla de las FARCd) Entrevistas con el clero de la Iglesia Católica |
e) La juventud del Meta, una juventud atrapada por la violenciaf) Piñalito, ejemplo del típico pueblo coquero |
g) Una anciana de la Unión Patriótica presa en su propia casah) Constataciones compartidas en la Comisión |
21. Las últimas amenazas e intentos para asesinarme |
22. De por qué soy defensor de los Derechos Humanos |
a) De cómo nos hicimos parte de la familia universal defensora de los Derechos Humanos.b) Tenemos que quitarle alas a la impunidad para que sea la vida la que vuele. |
c) Por amor tenemos que transformar nuestra sensibilidad en actos por la justicia |
23. La noche es más oscura cuando está a punto de amanecer |
24. Del por qué no me voy de los Llanos |
a) Tengo un paisaje de mi vida sembrado en el Meta para siempreb) En el Meta están sembradas también mis lágrimas, el lloro no es un desvalorc) Ceder me parece más terrible que la muerte misma |
Josué Giraldo Cardona fue ejecutado extrajudicialmente por el Estado Colombiano a través de
las manos sicariales del paramilitarismo el 13 de octubre de 1996, en la ciudad de Villavicencio,
Meta, en presencia de sus dos pequeñas hijas de tres y cinco años de edad. Esta muerte nos
permite decir, con el poema de Neruda que nos sirve de epígrafe, que su sangre, que fue "en
medio de la patria vertida, frente al palacio... ", fue también uno de los tantos crímenes
anunciados que la comunidad internacional quiso evitar reclamándole al Estado colombiano
protección específica para los miembros del Comité Cívico de Derechos Humanos del Meta, del
cual Josué era su presidente.
La muerte de Josué es una corroboración más del terrorismo de Estado que sigue imperando en
Colombia, ahora con la actividad exacerbada y creciente del paramilitarismo. El Colectivo de
Abogados "José Alvear Restrepo" publica el testimonio de vida de Josué Giraldo Cardona, no
sólo como un homenaje a su memoria, sino esperando que las múltiples denuncias que Josué
realizó nos permitan, como él dice: "quitarle alas a la impunidad para que vuele la vida". Luego
de leer su testimonio ustedes y conozcan quiénes han sido los autores intelectuales y materiales
de este crimen, pretendemos que se sumen a la Red Internacional contra la Impunidad que
promueve la Coordinación Belga-Colombia2. Es nuestro propósito contribuir a lograr que, por lo
menos, en el asesinato de Josué se haga justicia. Debemos lograrlo para que su sacrificio no sea
estéril. Si obtenemos que los verdugos de Josué sean detenidos, procesados y condenados, se
desvertebrará una de las estructuras más grandes del paramilitarismo y se resquebrajará una de
las bases principales sobre las que actúa el terrorismo de Estado en Colombia. Además de las
personas que no menciona Josué exigimos que responda de su asesinato el general Rodolfo
Herrera Luna, comandante de la Séptima Brigada, quien en discurso público el 5 de septiembre
de 1996 en el municipio de Mesetas, departamento del Meta, tildó a los defensores de los
derechos humanos como mensajeros de la guerrilla. Discurso de la estrategia de la guerra sucia
promovido por el propio Jefe de Estado, Ernesto Samper Pizano, cuando dijo, exactamente un
año antes del asesinato de Josué, en octubre de 1995: "Como Presidente y Comandante en Jefe de
las Fuerzas Armadas prefiero a los militares enfrentados a la subversión en las montañas y no en
los juzgados del país contestando requerimientos infundados presentados por sus enemigos".
Entendimos entonces que los defensores de derechos humanos quedarían más expósitos que
nunca al accionar criminal de los que en Colombia han promovido el terrorismo de Estado. Que
responda también de la muerte de Josué el Comandante de la IV División del Ejército, el
Comandante de la Policía Meta y el Director Seccional del Das -Departamento Administrativo de
Seguridad-, porque todos ellos conocían los planes denunciados por el propio Josué para atentar
contra su vida. Que respondan al menos por la ostensible omisión en sus funciones que
facilitaron su muerte.
Josué se había convertido, como él mismo lo dice en su testimonio, en un miembro más de la
familia universal dedicada a la defensa de los derechos humanos. Su muerte no afecta solamente
a los colombianos. Con esta ejecución el Estado ha ofendido y resentido a la comunidad
internacional que defiende la dignidad humana en todos los rincones del planeta.
Josué intervino en el Parlamento Europeo, en febrero de 1996, para denunciar la estructuración y
accionar del paramilitarismo en Colombia. Esta Cámara multiestatal condenó, en resolución
común del 23 de octubre de 1996, su asesinato. Josué igualmente participó en el 51 y 52 períodos
de sesiones de la Comisión de Derechos Humanos de Naciones Unidas en Ginebra, Suiza,
reclamando con las ONGs colombianas e internacionales que se tomaran las medidas adecuadas
por la comunidad internacional para ayudar a superar la grave crisis humanitaria en Colombia.
El testimonio de Josué contempla todas las etapas de su vida. Su memoria fotográfica le permitía
recrear paisajes y momentos con una fidelidad tal a sus recuerdos que parecía que los hubiese
vivido el día anterior. Recorriendo con él su vida se comprende gran parte de la Colombia de hoy
: violencia política, narcotráfico y terrorismo de Estado. Josué fue un testigo de excepción, y
finalmente también víctima del genocidio decretado contra la Unión Patriótica. Su compromiso
político, su condición de funcionario público durante varios años, primero como Juez de
Ejecuciones Fiscales y luego como Gerente de la Empresa de Licores del Meta, más su labor
como defensor de los Derechos Humanos y su calidad de abogado, le permitieron comprender
todos los entramados del terror y de la impunidad en el Departamento del Meta. Muchas de sus
denuncias obran en expedientes judiciales que ya han sido archivados, otras se encuentran
abiertas, y otras no han sido judicializadas.
Josué no se enfrentó a la muerte con resignación; por el contrario, la enfrentó convencido de que
él no podía ceder, porque ello sería "más terrible que la muerte misma". Se enfrentó a la
posibilidad de su martirio porque amaba la vida demasiado, y entendía que para afirmarla había
que ir hasta el fin si fuese necesario. Su testimonio es premonitorio, y pese a lo doloroso de
muchos momentos de su relato, también resulta esperanzador. Su muerte no puede conducirnos
al escepticismo; por el contrario, tenemos que alentar la vida y multiplicar nuestros esfuerzos
para que personas como Josué no sigan muriendo.
¿Por qué mataron a Josué? A Josué lo mataron por ser un hombre probo, por ser un hombre
digno, por ser un hombre incorruptible, por ser un militante político de un partido sometido al
exterminio y, más allá, por ser un decidido militante de la vida y defensor a ultranza de los más
caros valores de la existencia humana. Quienes lean su testimonio comprenderán en toda su
dimensión que hemos perdido no sólo a uno de los mejores hijos de Colombia, sino que toda la
familia humana ha perdido a uno de sus miembros más íntegros; a uno de esos seres
imprescindibles, como califica Brecht en su poema a los que luchan toda la vida contribuyendo a
evitar la degradación de la humanidad. Perdimos a un hombre que por su coraje, su compromiso
y su inteligencia allende las fronteras, tenía mucho que decirle al mundo; el espíritu de Josué era
universal aunque estuviese reducido a una provincia de terror.
Uno debe dolerse del crimen que se cometa contra cualquiera en cualquier lugar del universo. La
vida humana tiene que ser inviolable. Uno debe dolerse doblemente si el crimen tiene un móvil
político y es el Estado quien lo comete. Y si la víctima es un defensor de los derechos humanos,
uno tiene que resentirse desde las fibras más íntimas de su ser.
Cuando comencé la transcripción de la entrevista de Josué pensaba que todo lo que él denunciaba
podía constituirse en un factor adicional de riesgo para que se le privara de la vida; quería volver
a discutir con él algunos detalles antes de su publicación. Ahora las precauciones no tienen
sentido, el lector de su testimonio debe conocer quiénes son sus asesinos.
Entrevisté a Josué en los últimos días de marzo de 1996, en Ginebra. Nos encontramos en el
apartamento de un amigo común. Josué había salido del Meta por espacio de dos meses
acorralado por las amenazas de muerte y planes para acabar con su vida. Pasó por España en un
recorrido de denuncias, y llegó a la Comisión de Derechos Humanos de Naciones Unidas para
participar, como un año atrás, en nuestro trabajo de cabildeo para lograr que la comunidad
internacional tomara las medidas que correspondan para ayudarnos a superar la grave crisis
humanitaria que padece Colombia.
Conversamos muchas horas. Cuando podíamos sustraernos del Palacio de Naciones Unidas,
caminábamos por las orillas del lago Lemán para buscar un poco de tranquilidad y de inspiración
en las aguas quietas y con el vuelo reposado de las gaviotas que siempre invitan a la libertad. Nos
llegó una primavera de días soleados, que con el hermoso fondo blanco de los Alpes nevados nos
permitía gozar de los dones maravillosos de la naturaleza. Aprendí con Josué, ciertamente, que
quien es sensible frente a la vida humana lo suele ser también frente a las cosas más sutiles de un
paisaje: una mariposa de colores, un botón de tulipán o de rosa que florece, un ruiseñor que
canta, un rostro que sonríe, una pelota que rueda, un niño que corre; son hechos suficientes para
recordarnos las gracias de la vida. Tuvimos también tardes de arco iris y largos instantes de
silencio en que nos poníamos de acuerdo para dejar que la naturaleza nos hablara. Así se fue
construyendo el testimonio de Josué. El último día de camino al aeropuerto, y antes de que
despegara su avión, seguía grabando su voz, seguía recogiendo parte de su intensa vida. Lo
vimos marchar detrás de la puerta de migración, luego de un abrazo que, aunque yo intuía que
podía ser el último, nos negábamos a aceptar la posibilidad de su muerte como un sino
inexorable que no queríamos racionalizar, que queríamos >>>>> metrizar <<<<< con
optimismo, sin otros fundamentos que nuestro incontenible afán de vivir y de querer que los
otros vivan. En sus manos llevaba un gran libro de Mandela, tanto por su contenido como por su
tamaño, en el que se había sumergido cada noche antes de dormir. Quería aprovechar el vuelo
transatlántico para leer muchas páginas e impregnarse de la inmortalidad del líder negro; así
contribuiría a fortalecer su espíritu para vencer todos los tipos de 'apartheid' que subsisten en
Colombia.
Durante la administración de César Gaviria Trujillo, Víctor Carranza gozó de un trato privilegiado, en su calidad de Zar de la explotación de esmeraldas. Esta situación se ha mantenido con el gobierno del Presidente Samper. Colombia tiene alrededor del 55% de la producción mundial de esmeraldas, lo que significa un volumen de exportación de U$S 151.727.508 en 1991. La iniciativa de crear la Bolsa Mundial de esmeraldas en Bogotá, patrocinada por Víctor Carranza a través de su empresa Tecnominas, gerenciada por Germán Bernal, tuvo un importantísimo eco en el Gobierno. En abril de 1992 el propio presidente Gaviria, según la revista Semana, habría recibido a Víctor Carranza "como autoridad mundial en esmeraldas". El entonces Ministro de Desarrollo Económico, Ernesto Samper Pizano, fue uno de los principales promotores de la iniciativa de Carranza. Tal vez este factor ayude a explicar por qué Carranza se ha beneficiado de una protección infalible por parte de altas esferas gubernamentales, que han neutralizado cualquier actuación judicial contra el líder paramilitar."
Soy Josué Giraldo Cardona, nacido en el seno de una familia grande, el número trece entre dieciocho hijos. Nací en 1959, el 27 de agosto, en Pensilvania, Caldas, un pueblo de la colonización antioqueña fundado en 1866. El prefijo "Pen" del nombre de mi pueblo deviene de un almirante norteamericano que estuvo participando en las guerras civiles de Colombia en el siglo XIX, y conquistó por su valor el afecto de muchos paisas. Y "silvania" es el nombre de una flor de la región.
Pensilvania fue habitado en la antigüedad por una comunidad indígena, se han encontrado restos arqueológicos en las montañas de Rony y Piamonte; de su cultura poco se conoce, desaparecieron con el proceso de conquista y colonización del Imperio Español.
Pensilvania es un pueblo conservador, como casi todos los municipios cafeteros, con una gran ascendencia religiosa. La economía cafetera durante un buen período permitió satisfacer necesidades básicas y servicios públicos a toda la población. Los pueblos paisas y cafeteros son pueblos bien hechos, bien organizados, con sus calles limpias, su buen acueducto, sus carreteras adecuadamente transitables, con servicios de energía, agua y teléfono. Los niveles de pobreza para ese entonces eran muy pocos. La gente que tenía penurias económicas contaba con el auxilio de la sociedad "San Vicente de Paúl", que construía barrios para pobres, y la alcaldía contribuía a la manutención de tal forma que no padecieran hambre.
El que seamos una familia numerosa no obedece a que mamá no conociese los períodos de
infertilidad, ni a que mis padres gozarán tirándose piedritas en la quebrada, ni a que en ese
entonces no conociésemos los televisores. La explicación es ante todo económica y está en las
raíces mismas de la colonización antioqueña. El hijo mayor, por tradición, partía a tumbar selva,
a descuajar montañas, a fundar veredas; donde se instalaba se aseguraba la autosubsistencia
familiar. La mano de obra no se contrataba, se trabajaba con los hijos de la casa; había necesidad
de reproducir hijos para generar brazos de trabajo en las fincas cafeteras. El proceso de
colonización imponía que cuando se cumplían quince años, el muchacho ya estaba maduro para
acariciar por su cuenta la tierra, partía para sembrar su propio futuro. Los hijos que se iban tenían
que ser sustituidos.
Cuando se cerró la frontera agrícola en el viejo Caldas se frenó el proceso de reproducción de las familias numerosas. Desde entonces se impuso la planificación.
Cuando a mí me tocó la primera comunión nos exigían ponernos una bata larga como el hábito que llevan los curas. Nosotros parecíamos como niñas así vestidos: teníamos la costumbre del pantalón corto, las camisas sin mangas y andábamos a pie limpio. La bata no iba con nosotros, nos incomodaba sobremanera. No puedo olvidar la fecha por las connotaciones que tuvo para mí, tanto en lo personal como en lo social. Por primera vez recibí una gran cantidad de regalos. Como éramos tantos, cuando llegaba la Navidad papá no podía darnos un regalo a cada uno. Compartíamos un carrito plástico entre cuatro o cinco, mis hermanas una muñequita.
En este tipo de vivienda campestre se usa mucho la chambrana, y en nuestra casa no podía faltar.
La chambrana es el sitio anhelado de los amoríos, el sitio ideal para las esperas. El pretendiente
baja después de la jornada de trabajo, y la muchacha está allí con su mejor sonrisa y sus trenzas
coquetas para alegrar la llegada de las noches. Desde la chambrana se hacen romances,
canciones, amistades, y reflexiones serias y nostálgicas que nacen desde la memoria de los
abuelos. Es el espacio para el cotorreo, para la llegada de las noticias que vienen del pueblo o de
las veredas vecinas. Frente a la casa hay un gran patio público, espacio para fiestas, juegos de
pelota, visitas, y siesta para los gatos y perros. Estos son los espacios de socialización de la casa.
Si los perros ladran o se escucha el rugido del motor de una chiva que se acerca, todos se asoman
para darle la bienvenida al eventual visitante. En la casa era más frecuente recibir visitas, porque
por el frente pasaba el camino real. Ello genera una tradición de hospitalidad.
La cocina era el centro de reunión de la familia. No comíamos en el comedor, porque al calor del
fogón de leña había más intimidad, y sentados en bancos y en forma de círculos podíamos poner
en común nuestros problemas, nuestras necesidades, nuestras expectativas. Mi mamá hacía pan
en una hornilla de barro, elaboraba rosquillas, galletas, tostadas. Teníamos una alacena grande:
un cajón enorme que fue herencia de la abuela se mantenía repleto, porque además de
alimentarnos a nosotros mi mamá siempre guardaba provisiones para las visitas, de tal manera
que cuando pasaban no se iban con las manos vacías, ella les aseguraba una bolsita de pan.
La época más especial era la época de la recolección del café, porque venía gente de todo lado, de la costa atlántica y pacífica. La plaza de Pensilvania era el punto de encuentro, llegaban chivas repletas de jornaleros. La región era de pequeña hacienda cafetera, no habían grandes propietarios. Mi papá tenía una finca de diez hectáreas pero era una finca productiva, teníamos café arábigo, que se reproducía bien, y había necesidad de contratar a los jornaleros migrantes. A mí me gustaba sentarme a escuchar las historias de sus vidas y conocer el país a través de sus palabras. En el relato de los pescadores imaginaba el mar como lo conocí muchos años después, inmenso y capaz de consumírselo a uno con el bocado de una ola. Hay una población campesina flotante muy grande, viven recorriendo el país de cosecha en cosecha; cuando termina la del café van a la costa a recoger algodón, y luego, cuando ésta termina, van al llano a recoger arroz; si hay crisis y se paga mal el jornal, se van a la amazonia o al llano a recolectar coca.
Una hermana se hizo monja, estuvo diez años en el convento hasta que la persistencia de un
novio que había dejado en Pensilvania la convenció de dejar los hábitos y en un fin de semana se
voló. Aunque no dejó de ocuparse de las cosas de Dios, en adelante lo hizo compartiendo el amor
de un hombre trabajador. También impulsó su decisión el hecho de que en esa comunidad
religiosa no se hacía trabajo con la gente necesitada. Ella tenía vocación de servicio hacia la
población, y amaba el trabajo social no por ideología alguna, sino por tradición familiar heredada
de la abuela. La abuela era una matrona en la región. A su casa llegaban el cura, las autoridades
políticas y mucha gente del pueblo. En su casa había siempre algo de comer y algo para ofrecerle
a quien llegara, fuese un hambriento pobre o así fuese un forastero desconocido. Era una mujer
muy desprendida, siempre le tendía una mano a los más necesitados. Mi papá también tiene ese
espíritu: cada quince días sale a recorrer las calles con su carriel al hombro para recoger dinero
para los pobres de San Vicente. Mi padre, a pesar de ser conservador, no es un hombre egoísta, es
honesto y muy dadivoso; pero en cosas de educación de los hijos se pasó de severo.
De mis dieciocho hermanos (en realidad diecisiete, porque uno murió al nacer) siete fueron
mujeres. Se mantuvo en el hogar la tradición machista. Ellas tenían que quedarse en casa
ayudando a mi mamá en las labores de la comida, del aseo de la casa, de aprender y ayudar a
coser para hacernos las ropas a los hermanos.
Mis hermanas tenían una restricción total en cuanto a la vida social se refiere; se les obligaba a
llevar vestidos largos, a las seis de la tarde ya no las dejaban salir, no se les permitía tener amigos
y, menos, novios, pero hacían lo posible por burlar las disposiciones autoritarias de papá y se
escapaban de tarde en tarde, lo que ocasionaba que él las reprimiera severamente y que se
excediera en el castigo. Lo mismo pasaba con mis hermanos mayores. Aunque ellos tuviesen una
'libertad' mayor no podían llegar después de las diez de la noche a casa, a esa hora mi papá
trancaba la puerta. Unas y otros eran castigados a latigazos. Yo no viví de cerca el tratamiento
que le dieron a mis hermanas mayores pero recojo ahora sus comentarios.
Yo no me acomodé a la vida religiosa porque no me gustaba que me obligaran a ir forzadamente a la iglesia, la coacción me indignaba, íbamos a misa a las cinco y media y teníamos que regresar a las seis. Yo hacía lo posible por no dormirme en los bancos, pero a veces era más fuerte el pesado ambiente que mi voluntad de niño; entonces mis padres se enojaban conmigo. Así fue día a día durante años, no nos salvábamos ni los domingos. En el colegio la situación no fue mucho mejor, teníamos que ir a misa antes de entrar a clase. Poco a poco nos fuimos rebelando un grupo de adolescentes que no entendíamos el autoritarismo en las cosas de Dios, y nos negábamos a ser obedientes 'porque había que serlo'. En el comienzo fue una reacción natural que no tenía nada de ideológico, fue el método represivo el que nos fue alejando de las puertas de la iglesia, sin consideración a que ésta fuera buena o mala. Nos sentíamos violentados, y contra ello reaccionamos.
Cuando comenzaba el bachillerato llegaron a la región los "Cuerpos de Paz". Eran unos gringos
que andaban repartiendo zanahorias, tomates y leche. Luego se supo que en la leche incluían un
producto que infertilizaba a las mujeres, con la idea de que las revoluciones había que prevenirlas
desde el vientre de las mujeres pobres de Latinoamérica para que no surgieran guerrilleros.
Temas como éstos los empezamos a discutir en nuestro grupo de jóvenes, a documentarnos, a
buscar el por qué de las cosas. Poco a poco nos fuimos desprendiendo de las ideas confesionales,
católicas. En el colegio me vinculé al grupo de teatro, organizamos un periódico estudiantil, y a
través del periódico llegué al Consejo Estudiantil, y con éste al tema de las reivindicaciones
gremiales; por el mismo camino tuve mis primeros contactos con las organizaciones sindicales y
campesinas de la región, en particular con las de los puertos fluviales sobre el Magdalena: La
Dorada y Honda, que hicieron historia con las aguerridas luchas de los braceros desde los años
veinte. La Dorada no está lejos de Pensilvania, y el intenso calor de su tierra y de su gente nos
irradiaba.
Participé en muchos congresos estudiantiles en La Dorada y en Manizales; conocimos dirigentes estudiantiles nacionales con los que realizábamos talleres sobre la problemática de la educación en el país y sobre las causas de la marginalidad y la pobreza que sufría la mayoría de los colombianos.
Mi mamá me cuenta que el sectarismo de papá tiene mucho que ver con el fenómeno de "La
Violencia", en que el pueblo liberal y conservador se despedazaba mutuamente conducido por el
discurso radical de sus jefes políticos, que luego de trescientos mil muertos terminaron festejando
con un brindis de champaña el nuevo país que nos heredó el "Frente Nacional". Remanentes de
esa violencia fue la lucha de los llamados bandoleros de finales de los años cincuenta y
comienzos de los sesenta. De niño escuché contar a los campesinos y a mamá los hechos terribles
de violencia que se ligaban a nombres como "Sangre Negra", "Tarzán", "Desquite", "Capitán
Venganza" y del propio Efraín González. Se recuerda con mucho repudio una matanza que hubo
en Marquetalia, Caldas, de 3O personas, entre las cuales diez de Pensilvania que iban a una feria
ganadera, "Sangre Negra" los capturó uno a uno, los llevó a un cuarto, los apalearon y luego los
mataron a todos. Se logró escapar una persona de Pensilvania. Los mataron por ser miembros del
partido conservador.
Mi mamá temerosa del radicalismo visceral de mi padre, para protegerlo en su pasión política, cuando había concentraciones me enviaba con él para estar segura de que regresaría a casa. Yo lo acompañaba escuchándole sus diatribas contra liberales y comunistas, que para él eran la misma cosa. Cuando quería agredir a alguien yo lo abrazaba para calmar sus ímpetus violentos,y, cuando estaba borracho, tenía que ir a casa a buscar a mis hermanos mayores para poder cargarlo de regreso.
La concentración de los conservadores se hizo en la plaza pública, presidida por Belisario
Betancur y Misael Pastrana entre otros jefes de renombre del partido; a unos cuantos metros se
desarrollaba la manifestación política del General Gustavo Rojas Pinilla en una casa quinta que
prestó un miembro sensato del directorio del partido conservador de Pensilvania. Los ánimos se
caldearon cuando los conservadores, desconociendo la voluntad de su copartidario, impidieron
que Rojas Pinilla pudiese intervenir, tuvo que irse a otra casa. Los anapistas se molestaron. Ya en
la noche, al calor de los aguardientes, se armó una gazapera en el pueblo, unos y otros echaron
tiros al aire, y por fortuna no hubo muertos. Mi papá no podía ausentarse de la gresca, así que
terminó en la cárcel.
Esas manifestaciones políticas fueron forjando en mí un hervor que más tarde se traduciría en mis luchas estudiantiles y políticas.
Mis hermanos me dieron el dinero para pagar el segundo semestre, lo pensé muchas veces. Hice
la cola para matricularme y me retiré de ella varias veces; volvía a ella por no decepcionar a mis
hermanos y me salía de ella para no decepcionarme a mí mismo. Después de 4 horas llegué a la
ventanilla, y cuando la señorita que atendía me preguntó de mala gana qué iba a estudiar, decidí
que contaduría no sería mi carrera ni aquel centro de estudios sería mi universidad. Me fui a la
casa con el temor de darle la cara a mis hermanos. Esa noche no les pude decir la verdad y por el
contrario les mentí diciendo que sí me había matriculado. No dormí en toda la noche, lamentando
de no haberles explicado mi decisión. Me sentía un poco estúpido. Sin embargo, al día siguiente
preparé mi discurso de justificación durante el día y en la noche me enfrenté a ellos. Luego de
mis explicaciones, reaccionaron favorablemente y me animaron a explorar otras posibilidades.
Me consiguieron un trabajo como mensajero en una cooperativa de ingenieros. En la idea de que no perdiera el tiempo, el hermano que estudiaba Derecho en la Libre me propuso que fuera allí como asistente, que no me echarían. Llegué con timidez porque no conocía el ambiente, pero tuve la fortuna de que me encontré un paisano de Pensilvania que iniciaba su primer año de Derecho, y con él tomé confianza para asistir a las clases. La primera clase a la que asistí fue con el profesor de Derecho Constitucional: al terminar la sesión me di cuenta de que aquella era mi carrera.
Al finalizar 1979 en una de las movilizaciones fue asesinado por la Fuerza Pública el estudiante
de la Universidad Nacional Patricio Silva. Los estudiantes recuperaron su cadáver, que estaba en
poder de la policía y del ejército. Las protestas de los estudiantes por el asesinato se extendieron
por todo el país, y en la Universidad Libre se hizo una toma pacífica de las instalaciones. Yo
estuve acompañándolos durante diez días, pero como no había podido regularizar mi condición
de estudiante, en caso de un allanamiento el movimiento estudiantil se vería afectado, porque
podrían acusarme, como era la usanza para descalificar las protestas estudiantiles, de ser un
"infiltrado" o "un agitador profesional"; así que me retiré y colaboré en el servicio exterior de
avituallamiento de comidas para los manifestantes.
La ocupación de la Universidad terminó mal, porque los estudiantes fueron desalojados, por el
orden del Ministro de Educación, a punta de bolillo y gases lacrimógenos. Los estudiantes que
allí estaban fueron expulsados, entre ellos mi hermano; también expulsaron a todos los
profesores de izquierda. La Universidad calló bajo el control de la burguesía del partido liberal, y
lo que tenía de liberal y libre desapareció.
Desencantado de lo sucedido me presenté a la Universidad Autónoma a estudiar Derecho. Yo ya tenía mucha relación con el movimiento estudiantil. En su seno se movían dos corrientes políticas que eran las más destacadas: la de la Juventud Comunista (Juco) y la de la Juventud Patriótica (Jupa), que eran los llamados "M-Ls" (Marxistas Leninistas). Las discusiones entre estos grupos políticos era agrias y a menudo las disputas ideológicas se resolvían a puñetazos.
Me vinculé al movimiento estudiantil de la Universidad Autónoma, fuí por varios años
Presidente del Consejo de Facultad, accedí por votación al Consejo Académico, y luego a la
Junta Directiva de la Universidad. Participé en varios encuentros nacionales de estudiantes en
Cartagena, en Tunja, en Manizales, en Cali y en Bogotá. Hicimos grandes movilizaciones. Una
que recuerdo por su espontaneidad fue cuando los gringos invadieron Granada, la pequeña isla
del Caribe que tenía un gobierno socialista. Entonces corrió un sentimiento antiimperialista tan
fuerte que hasta alumnos conservadores, como eran los de la Universidad Gran Colombia, se
movilizaron quemando banderas de los Estados Unidos. Hicimos una marcha fenomenal, con la
participación de muchas universidades privadas y de todas las universidades públicas. Nos
movilizamos hacia la embajada gringa. La policía quería impedirnos el paso, pero éramos tantos
que tuvieron que dejarnos pasar. Manifestamos nuestro repudio multitudinario a las acciones
imperiales.
Hicimos otra marcha a fines de 1984. Desaparecieron a un compañero nuestro del Consejo Estudiantil que era militante del M-19, Cristóbal Triana. No sabíamos de su militancia política, nos enteramos luego en la búsqueda, porque también desaparecieron a su cuñada, Nydia Erika Bautista. La desaparición forzada empezó a extenderse por todo el país como táctica represiva para golpear el movimiento estudiantil, popular y sindical.
Mi papá fue cambiando con el transcurrir de los años, y al final terminó siendo tolerante,
aceptando que las nuevas generaciones no se medían con la misma vara que las de su tiempo. Por
lo tanto, en casa me trataba con respeto; discutíamos sí, pero lo interesante es que ahora
escuchaba.
Renovar las costumbres políticas en un pueblo en el que el asistencialismo, el mutualismo y la solidaridad habían solventado la miseria, y todos estaban conformes con la manera de gobernar, era una tarea casi estéril. Nuestro discurso tampoco fue inteligente, porque manejábamos categorías que al pueblo ni le iban ni le venían. Sin embargo, tuvimos acogida en los sectores intelectuales, profesores, estudiantes y autodidactas. Creamos un círculo cultural que llamamos "El Ventorrillo", donde hacíamos recitales de poesía, presentaciones de grupos de teatro, presentaciones artísticas y sesiones de lectura pública de obras de la literatura universal para discutir sobre su contenido. Nuestro trabajo cultural y político dio resultado y estuvimos a punto de sacar un concejal; encontramos el método para no arar en el desierto. El resultado, sin embargo, empezó a preocupar a nuestros viejos, que se sorprendieron de que nuestras ideas pudieran tener acogida, a la policía y al Ejército ligados a los paramilitares, financiados por un hijo de Pensilvania que de la noche a la mañana se volvió millonario traficando con drogas.
Pensilvania, que es un pueblo que queda en los linderos con el Magdalena Medio, no podría
verse ajeno al proyecto paramilitar que se desarrolló con fuerza en Puerto Boyacá, la Dorada,
Nare, Honda. A Pensilvania también llegaron.
Un grupo de paramilitares subió desde el Valle, bajaron por el Cauca, el Magdalena, asesinando
en cada pueblo militantes de izquierda y dirigentes populares. La mayoría de sus integrantes eran
nacidos en la vereda de San Daniel, que queda a una hora de Pensilvania. Allí regresaban a pasar
vacaciones, dos o tres meses, y luego reiniciaban sus recorridos de terror cuando el ejército y los
narcotraficantes les suministraba las listas de las personas que tenían que matar. Un frente de la
guerrilla de las Farc, el IX frente, que opera en el nororiente antioqueño, se instaló también en la
región. Un campesino de esa misma vereda, al que los paramilitares querían matar porque sabía
de sus andanzas, pidió protección a la guerrilla, quien los esperó a que regresaran de una de sus
giras y los enfrentó; el grupo fue prácticamente eliminado.
Yo tenía mi oficina de abogado en el pueblo y en ella vendía los ejemplares del periódico Voz, seguíamos nuestro proselitismo político, y nuestra Junta Patriótica crecía día a día. Fuimos extendiendo nuestro trabajo al campo, yo asesoré varias cooperativas campesinas, y muchos núcleos campesinos se fueron acercando a nosotros. Campesinos amigos me advirtieron que tuviese cuidado porque los paramilitares estaban vinculando nuestro trabajo político a los hechos guerrilleros y me acusaban de la manera más absurda y canalla de tener que ver con la muerte de los paramilitares.
Lo menos preocupante, en realidad, era el allanamiento; lo realmente grave era que ya habían
diseñado un plan para matarme. Yo me enteré ocho días antes de que atentaran contra mi vida.
Dos de los que participaban en el grupo de sicarios eran conocidos míos desde pequeños y me lo
advirtieron; me dijeron incluso que si les pagaba ellos mismos matarían al que había dado la
orden de eliminarme, que ellos no me dispararían, pero que traerían especialmente unos sicarios
del Valle, que todo estaba acordado con la policía. Yo les agradecí la información, les dije que
por mi cuenta no había muerto nadie ni moriría nadie, que le dijeran a su jefe que toda mi
actuación se ajustaba al orden legal. Lo doloroso de todo este asunto es que el jefe de los sicarios
fue un amigo de toda la vida, de niños jugábamos juntos, en el colegio, compartíamos sueños y
terminó convirtiéndose en un matón.
Ya con anterioridad la policía había comenzado a hostigarme, me seguían por donde iba sin
disimular que yo era su objetivo. Desde que salía de la casa hasta que regresaba a ella estaba
permanentemente vigilado. Yo hice la denuncia ante el Juez Penal del municipio de los
seguimientos de la policía y de las advertencias de los sicarios. Hablé también con el alcalde
diciéndole que sabía que me iban a matar y que la policía estaba implicada. Me dijo que iba a
averiguar. El pueblo fue militarizado, trajeron un batallón de Manizales. De los planes para
matarme también sabían los conservadores del pueblo, pero ya a mi papá nada le dijeron. Yo
tampoco le comenté nada a mis familiares para no preocuparlos.
Yo había optado por salir de Pensilvania, mas era tarde. Sentía que más fácil se atentaría contra
mi vida en la carretera que en el pueblo, ya que son parajes solitarios y no habría siquiera testigo
alguno. Sicológicamente me preparé para lo peor. Para evitar que el miedo me paralizara empecé
a hacer mucho ejercicio físico en el caso de que me tocara correr. Salía de mi casa a las ocho de
la mañana, me iba a la oficina y regresaba a las cuatro y media de la tarde.
Un miércoles, el 13 de mayo de 1987, antes de ir a mi casa fui a visitar a un amigo médico que
trabajaba en el hospital,y me invitó a que fuéramos a jugar baloncesto un rato. Le dije que no
podía, me despedí de él sin darle explicaciones y me fui a casa. Llegaron a buscarme un grupo de
jóvenes, porque yo dirigía la Junta Municipal de Deportes y no había vuelto a las reuniones; me
pidieron que los acompañara, al menos media hora. Miré por la ventana y vi que había dos
policías frente a la casa. Me animé y salí pensando que no podría estar encerrado siempre; me
puse una camiseta y encima una ruana; me dirigí a la oficina pendiente de la acción de los
policías, uno de ellos entró al Comando para avisar que yo había salido de casa. Hicimos la
reunión, y en veinte minutos me desocupé. Al cerrar mi oficina vi que bajaba por un lado del
parque el Comandante de la Policía con siete agentes; cuando llegué a la esquina subían otros
cinco policías. Le pregunté a alguien en la calle qué pasaba y me dijo que se había ordenado
recoger la policía y concentrarla en el cuartel.
Me tomé un café en una cafetería frente a la plaza principal. En la otra esquina vi al jefe de los
sicarios, al muchacho que era mi amigo, Amado Cardona, conversando con el Comandante de la
Policía. Lo acompañaban dos extraños que en los días anteriores había visto rondando por la
oficina. Recordé lo que me habían advertido de los sicarios del Valle, me afané y decidí partir
hacia la casa.
Llegando ya a la esquina de la cuadra de mi casa vi a otros dos sujetos que no había visto en el
pueblo. Sentí mucho miedo, me desvié y entré a la casa cural. Esperé algunos minutos y salí. Los
dos tipos se habían percatado del sitio donde me encontraba, empezaron a hacerme gestos
ofensivos, como para que yo no dudara de que a mí era el que buscaban. Volví a entrar a la casa
cural y cerré la puerta; me quedé unos diez minutos en el corredor, pendiente de sus movimientos
a través de una ventana que daba sobre la calle; pasaron, se detuvieron un instante, pero
continuaron bajando la calle. Aproveché para salir de la casa cural y los seguí a distancia; los vi
entrar al hotel donde estaban alojados.
Cometí el error de no entrarme a la casa en ese momento que tuve la oportunidad, me quedé
retando el miedo que me embargaba haciéndoles el seguimiento de lo que estaban haciendo.
Volví a ver a Amado atravesando la plaza en compañía del Comandante de la Policía. Los
extraños volvieron a salir del hotel, esta vez en compañía de un muchacho del pueblo. Los vi
también atravesar la plaza en dirección contraria al sitio donde me encontraba. Me despistaron y
pensé que iban a matar a otra persona. Recordé los gestos insultantes que me habían estado
haciendo minutos atrás e hice el razonamiento estúpido de que sólo querían amedrantarme, ya
que para matarme no me parecía lógico que anunciaran mi muerte de manera tan descarada.
Decidí seguirlos para asegurarme que no era yo el que tenía una cita con la muerte. Al llegar a la
otra esquina de la plaza, otro sicario del pueblo llegó al mismo sitio viniendo por otra calle que
allí desembocaba. Llevaba ruana como yo y sombrero blanco, y al encontrarnos de frente los dos
nos asustamos. El tipo me hijueputeó y se abrió a un lado, y yo cogí hacia el otro. Corrí y me
entré al local donde teníamos "El Ventorrillo", que quedaba en un subterráneo; encontré a varios
amigos, pero a ninguno le comenté lo que estaba pasando. Eran ya casi las 7:30 de la noche, y le
dije a Nicolás, el muchacho que administraba el negocio, que saliera y me dijera si veía algo
extraño en la calle; me dijo que el Comandante de la Policía estaba con Amado en una cafetería
del frente y había dos desconocidos parados en la esquina.
Decidí quedarme en "El Ventorrillo", dándole tiempo al tiempo, esperando que se marcharan. Me
puse a conversar con una amiga mía de Pensilvania, a la que tampoco le comenté nada sobre la
situación que estaba viviendo; estaba esperando que llegara Alberto, un amigo que trabajaba
conmigo en la oficina de abogado, y que tenía el hábito de tomarse allí un café cada noche antes
de irse a su casa. El Comandante de la Policía envió a dos de sus agentes al "Ventorrillo" para
que se percataran con quién yo me encontraba, me vieron con mi amiga, y ya sabían que
normalmente yo la llevaba hasta la casa. Yo esperé a mi amigo hasta las nueve y media, y esa
noche no llegó. Le pedí a Nicolás que volviera a mirar si los tipos todavía se encontraban ahí, me
alivió con la noticia de que ya no se encontraban, y salí en compañía de la chica.
Caminamos algunos metros y vi al Comandante de la Policía, todavía en compañía de Amado, en
otra esquina; me excusé con mi amiga porque no la acompañaría hasta su casa, previendo que los
sicarios pudiesen estarme esperando allí; le pedí que siguiera conmigo, que quería buscar a
Alberto en otra cafetería un poco más abajo. Uno de los sicarios, que esperaba que yo volteara
con ella en la esquina hacia su casa, nos vio seguir de largo por una calle que a esa hora es
normalmente concurrida. Yo vi detrás una sombra moverse con rapidez y tomé el centro de la
calle en el mismo momento me hicieron el primer disparo, que me dio en la espalda a la altura
del hombro. Se me incrustó en la clavícula. y desde entonces ahí llevo el plomo conmigo.
Yo sentí como si se hubiese producido un derrumbe gigantesco, y que yo caía a un precipicio con
árboles, piedras y tierra negra, entre mucha tierra negra. Caí al piso y mi instinto de conservación
me hizo levantarme y correr cubriéndome la cabeza con la ruana. No podía correr bien porque
sangraba, más que correr, en realidad gateaba. El sicario se me acercó y me hizo un segundo
disparo a boca de jarro sobre la cabeza. La bala penetró la ruana, me rozó la cabeza y me partió
una oreja. Aunque me rozó el cráneo, arrastrándome el cuero cabelludo, no perdí el
conocimiento; seguí gateando, pude correr un poco y le gané dos cuerpos. Lo alcancé a ver,
llevaba un sombrero blanco y una ruana negra. Lo miré a la cara en el momento en que me
apuntaba para hacerme el tercer disparo: se cubrió el ojo izquierdo con una mano, y con la otra
tendió el revólver hacia mí, apuntándome hacia las piernas para herirme en ellas y evitar que yo
siguiera corriendo. Yo salté en el momento de la detonación y una muchacha que por allí pasaba
fue la que recibió el disparo en una pierna.
El desconcierto cundió, todo el mundo corría y gritaba. Yo seguí avanzando, pero ya
arrastrándome, arrastrándome. El sicario me alcanzó de nuevo y me hizo un cuarto disparo en la
cabeza, que yo trataba de proteger con la ruana; el disparo penetró la ruana y arrastró consigo otra
parte de mi cuero cabelludo. Yo seguí arrastrándome y me hizo un quinto disparo, que no me
tocó y un sexto que me entró en el estómago. Habiéndome disparado la carga completa de su
revólver, el tipo me dio por muerto y se fue buscando la huida. Yo alcancé a llegar a una
cafetería, y allí intenté sentarme en una silla, pero caí al suelo.Un profesor del Instituto
Politécnico me reconoció y dijo "Este es Giraldo, el abogado, el hijo de don Alvaro. Rápido
traigan un carro". Me subieron a un campero. Yo seguía consciente, en la mano llevaba un libro
de poemas de Benedetti, que no había soltado, y que agarraba con fuerza, con la ilusión de que la
vida no se me escapara. Les pedí insistentemente en el trayecto al hospital que no dejaran entrar
la policía, que ellos eran los responsables del atentado. Ya al llegar al hospital perdí el
conocimiento.
Me desperté el miércoles a las cuatro de la tarde, embotado por la anestesia y recuperándome de
las intervenciones quirúrgicas que me habían salvado la vida. Me contaron que esa madrugada, al
haberse enterado los sicarios de que yo seguía con vida intentaron entrar al hospital para
ultimarme. Amado llegó a las cinco de la mañana con dos sicarios más. Pero un hermano y mis
amigos, previendo que eso pasaría consiguieron armas prestadas y se dispusieron a defenderme;
cuando intentaron ingresar al hospital mi hermano disparó al aire y los sicarios huyeron.
Al tercer día de mi hospitalización me agravé, por lo que el médico sugirió que lo mejor era que me llevaran a Bogotá. Me sacaron en una ambulancia, y como por el camino me fui inflamando y me iba muriendo tuvieron que entrarme al hospital de Guaduas, Cundinamarca, donde estuve en recuperación un día. Luego, en la capital, me llevaron a un convento. Finalmente me internaron en el hospital San José durante un mes.
Don Darío Maya era más radical en sus ideas conservadoras que mi padre, pero era un hombre
servicial, bueno en términos morales, en términos cristianos. Era un hombre rico, pero se
desprendía en muchas ocasiones de su dinero para darle de comer a los pobres, para realizar
cuanta obra de caridad fuese necesaria. Don Darío, además, quiso frenar el proceso de
descomposición social que empezaba a vivirse en el pueblo por las cantidades de dinero que el
mafioso hacía circular. Éste realizaba fiestas en la plaza, mataba marranos para todo el mundo, y
ofrecía por su cuenta todo el trago que el pueblo quisiera beberse. El narcotraficante se fue
adueñando de los destinos del pueblo. Don Darío no podía hacer arrestar a Patiño porque las
autoridades lo respaldaban; pero sí le pidió, en reiteradas oportunidades, de manera privada y
pública, que pusiera fin a sus pachangas en la plaza principal, que ese no era el comportamiento
tradicional del pueblo, que generaba un espíritu licencioso y corruptor acabando con la
tranquilidad de la población. Que si quería hacer sus fiestas las hiciera adentro de las paredes de
su casa.
Como Presidente del Consejo, don Darío se opuso reiteradamente a que se autorizase al mafioso
celebrar sus fiestas públicas. Logró que en varias sesiones del Concejo se aprobara la interdicción
de utilizar la plaza principal para esos espectáculos que resultaban bochornosos, para que no
pervirtiera a la juventud, que fácilmente se dejaba atraer por la rumba y el alcohol gratuitos. De la
noche a la mañana Pensilvania empezó a cambiar radicalmente: de ser un pueblo tan tranquilo
que parecía un seminario abierto, donde el único ruido destacable era el toque diario de las
campanas llamando a misa, de repente pareció un burdel. El narcotraficante importó prostitutas
de la capital, abrió cantinas, y decenas de borrachos empezaron a amanecer dormidos en las
calles. Junto con sus dineros, el mafioso también importó los sicarios. A Patiño, acostumbrado a
que le obedecieran, se le rebosó la copa cuando don Darío no estuvo de acuerdo con que me
asesinaran; por eso ordenó su muerte.
No obstante, el asesinato de don Darío fue presentado a los medios de comunicación como una
retaliación de la guerrilla por el atentado que yo había sufrido. Así, el mafioso y el Comandante
de la Policía mataban dos pájaros de un solo tiro. Todos tendrían que quedar conformes con la
explicación.
Sin embargo después se filtró que hubo problemas internos entre la policía y los sicarios. El que
tenía que entregarles el dinero como pago de sus crímenes era el Comandante de la Policía, quien
a su vez les había entregado las armas.
Cuando intentaron cobrar el dinero que les debían por el atentado en mi contra, el Comandante
de la Policía se negó porque yo había sobrevivido. Los sicarios se negaron a devolver las armas
que eran de dotación oficial.
Los sicarios estaban molestos porque no les pagaban el dinero acordado, y el Comandante de la
Policía igual porque no le devolvían sus armas de dotación. Éste decidió entonces eliminarlos: a
Amado le pegaron cinco tiros, pero no murió. Los otros sicarios le montaron un atentado al
Comandante de la Policía, pero éste se salvó: le lanzaron una bomba al carro, y murieron dos
agentes. Preocupados por el rumbo de esos enfrentamientos internos, el narcotraficante convocó
a una reunión al Comandante de la Policía del Departamento de Caldas y al Comandante del
Ejército. Se pusieron de acuerdo y pararon las retaliaciones. Sin embargo, los mafiosos tienen
enemigos en todas partes, y Patiño, dos meses, después fue asesinado en una calle de Pereira.
El Comandante de la Policía fue trasladado, ni siquiera fue investigado. Cinco años más tarde me citaron al juzgado para que me hiciese un reconocimiento médico de las lesiones que sufrí. No habían abierto investigación, el proceso se encontraba en preliminares. Ningún procesado, ningún detenido. En la Procuraduría tampoco se había abierto ninguna investigación disciplinaria. Casi diez años después todo sigue lo mismo.
Para mi adaptación, por fortuna, en la casa donde fui a vivir encontré unas paisas que, como yo,
eran producto de la colonización antioqueña, cuyas familias habían ido a dar a Risaralda, ellas
habían nacido en Pereira. Así que me posibilitaron una adaptación menos brusca. Yo no salía
sino a mi trabajo, y de él me volaba para ir a los juzgados, a las procuradurías; pero concluida la
jornada regresaba a la casa, no aceptaba invitaciones ni para tomarme un café. Tal vez ese hábito
me ha salvado la vida, porque a la mayoría de los compañeros los mataron tomándose una
gaseosa o una cerveza en cualquier establecimiento público. Yo me la pasaba encerrado, con un
miedo que no le confesaba a nadie. Si se caía siquiera una hoja de un árbol que había al frente de
la casa, yo pensaba que venían por mí; si un gato caminaba en el techo yo creía que ya eran mis
últimos momentos. Durante los dos primeros años no podía pasar una buena noche. Poco a poco
me fui acostumbrando.
Como yo era abogado, los familiares de las víctimas empezaron a buscarme para hacer memoriales a los juzgados, a las oficinas de Instrucción Criminal, a las procuradurías, a las personerías; en fin, a todas las instancias jurisdiccionales. Comencé a combinar mis responsabilidades de mi función pública trabajando en la asesoría jurídica y prestando apoyo a las víctimas de la violencia. Desde el 87 a la fecha he estado ininterrumpidamente acompañando a los familiares de las víctimas en su duelo y en sus reclamos de justicia.
Otro ejemplo de la inversión de los desplazamientos forzados es el caso de Luis Mayusa, quien también bajó del Tolima y se fundó en los Llanos. Ahora los paramilitares le quemaron la finca y le ocuparon su casa en Vistahermosa. Le tocó igualmente regresar a su sitio de origen, a recomenzar desde cero, llevando encima el dolor de cuatro décadas de sacrificios perdidos. Igualmente los campesinos que bajaron en las marchas de Sumapaz y de Villarica en los años '59, '60 y '65, y que se fundaron en el Llano, otra vez la violencia los está desplazando al sitio de donde partieron. Ésta ha sido una constante en muchas familias que bajaron de la cordillera al Llano para salvar sus vidas, y ahora se vuelven a desraizar por el mismo motivo; se repite un círculo vicioso en la historia con múltiples tragedias ignoradas.
Todo ello me ató. Además me parecía que la idea de irme de allí, con tantos compañeros muertos, era como dejar abandonadas sus memorias, las luchas por las que entregaron la vida. Si sobrevivía yo, era como un acto de cobardía que no me perdonaría nunca. Hay además una tradición en el Llanero de ser un hombre de palabra, un hombre Hombre, que por tanto no se amilana ante las adversidades, sino que se crece ante ellas. Eso es muy marcado, y me creó el complejo de que dejar el Llano era tanto como disminuirme en mi virilidad. Me parecía una cobardía pensar en irme frente a las personas que aún sabiendo que lan iban a matar no se resignaban, ni renunciaban a su lucha, sino que, por el contrario, aumentaban sus esfuerzos de tal manera que cuando les llegase la hora de morir, por lo menos vencían moralmente sobre sus criminales.
Dio la casualidad que ese viernes saliendo del trabajo, a las seis de la tarde, llegó a buscarme una
compañera de trabajo político, Eybar García. Su esposo, Carlos Covas, que fue Presidente de la
Asamblea por la Unión Patriótica, había sido asesinado. Me pidió que la acompañara a la casa,
que ese día estaba cumpliendo años, y que quería hacer una reunión pequeña con amigos. Le
advertí que tenía una reunión con Ricardo, pero insistió tanto que pospuse mi visita acordada
para más tarde. Allá llegó Mariela, la muchacha que sería mi esposa. Yo la había visto trabajando
en la Alcaldía pero sólo nos habíamos hecho ojitos; existía un previo gusto mutuo que no
habíamos tenido oportunidad de expresarnos. A las 10:30 yo quise irme para donde Ricardo a
cumplirle la cita, cuando llegó una amiga con la noticia de que a Ricardo lo habían volado con
todo y familia en su apartamento. No sabíamos si estaban vivos o muertos. Averiguamos: los
llevaron a una clínica, y sólo habían recibido heridas menores. Se salvaron porque la bomba que
les colocaron en el centro del techo del apartamento rodó al alero frontal, y allí fue donde hizo
explosión. La onda explosiva rompió la pared de entrada y los lanzó a ellos contra la pared del
fondo, algunas esquirlas les hirieron y quedaron cubiertos de escombros. Empecé a hacer todas
las gestiones del caso para sacarlos de la ciudad, para que entretanto recibieran la protección que
hasta el atentado se les había negado. Conversé con el Gobernador, con el Director del Das, pero
no pudimos conseguir un avión para enviarlos a Bogotá; finalmente los pudimos sacar en un
carro con escoltas. A los días se fue del país al exilio con su familia (la embajada de Francia le
facilitó la salida).
Nos encontramos con Mariela el domingo siguiente y fue otro encuentro de emociones fuertes, ya que uno de sus hermanos venía de morir de cáncer. La acompañé al entierro y le ayudé a consolar su tristeza. Luego nos seguimos viendo, nos hicimos novios, y después de año y medio resolvimos casarnos. Nos casamos en 1990 por la iglesia, y mis hermanos sacerdotes celebraron la ceremonia.
Natalia nació al año de nuestro matrimonio. Le pusimos ese nombre a raíz de una de las
protagonistas de una película que me impactó muchísimo, que marcó mi vida: "Garullas no
entierran todos los días", de Julio Scusick. El personaje principal era una mujer de mucho valor,
de mucho amor. Nunca pude recordar su nombre, y el único que me venía a la cabeza era el de
Natalia, por eso le pedí a mi esposa que la llamáramos así. Ella no quería, pero acordamos que la
suerte decidiera, así que hicimos dos papelitos, con el nombre que ella quería para la bebé y con
el mío. Se los dimos a la abuelita, y al escoger, Natalia resultó ganadora. Para que Mariela no se
sintiera derrotada acordamos que la segunda niña que tuviéramos llevaría el nombre que ella
quisiera. No tuvimos que esperar much,o porque a los dos años volvimos a tener una bebé.
Lamentablemente, sin los cuidados que pudimos dispensarle a Natalia. Ello se nota en la
diferencia de los temperamentos; aunque yo intento, cuando estoy con ellas, brindarle un poco
más de tiempo a la pequeña.
Yo siempre he querido estudiar pedagogía y sicología en los niños, pero el trabajo no me lo permite. He leído algunas cosas, pero siempre termino echándome en cara el que no puedo compartir con ellas la vida como debería. El complejo ha estado en la mitad, atravesando nuestras relaciones: mis responsabilidades como funcionario, mi trabajo político y mi defensa de los derechos humanos. En el agite de mi vida, ahora, en esta obligada pausa por mi salida del país, mi familia ha estado hablándome en sueños. Lo reflexiono para intentar, a mi regreso, una distribución equilibrada de mis responsabilidades. Que no implique sacrificar las personas que amo, ni las ideas por las que lucho, ni la causa por la que han perdido la vida tantos compañeros y amigos.
Mis niñas se han apegado mucho a mí. Cuando yo estoy en la casa no se quieren separar un
momento de mi lado, y no se quieren dormir sino en mis brazos. Es una actitud muy posesiva,
normal, a la que se suma también Mariela.
La vida se me ha vuelto últimamente una especie de infierno. Hace mucho rato que no sé lo que es caminar tranquilo por una calle, o ir a un cine, o entrarse a un bar a tomarse una cerveza. Vivo en medio de traumas, con los dolores propios y con los dolores ajenos. Mi vida familiar es conflictiva, no porque tenga problemas de pareja con mi esposa o con mis hijas, sino por el encerramiento, porque la vida social es para nosotros prácticamente inexistente.
Yo quiero ser un buen padre de familia, sin que ello implique sacrificar mis responsabilidades sociales y políticas. Debo propender por un equilibrio para continuar asumiendo mis responsabilidades, de tal forma que aunque yo no esté, mis hijas y mi esposa sepan que yo estoy siempre con ellas. Por ahora mis hijas siguen enfermándose cada vez que mis obligaciones me alejan de la casa más de ocho días.Tenemos una relación fuerte y fina, y ellas y Mariela entienden cuánto las amo.
El esquema de la vida es tan relativo, tan casual, que cuando mi familia me plantea el tema de la posibilidad de la muerte yo les respondo con el ejemplo de los 107 pasajeros del vuelo de Avianca que murieron en vuelo al estallar una bomba que llevaba. Estas personas murieron sin que tuviesen nada que ver con la defensa de los derechos humanos, ni estaban involucrados en una actividad política de oposición. El riesgo de morir en un atentado en Colombia es igual para cualquier ciudadano como para uno. Con este tipo de ejemplos encuentro un escape para calmar las angustias y presiones de mis familiares. Somos tan frágiles que la vida misma en nuestro país se vuelve deleznable.
El Departamento del Meta está atravesado en buena parte por la Cordillera Oriental. Su desarrollo urbanístico se encuentra principalmente en el piedemonte. Tiene además la Sierra de la Macarena, con una biodiversidad de la más ricas del planeta. Sus inconmensurables sabanas han sido repartidas en latifundios, cuenta con ríos en los que se puede hacer navegación (por ejemplo el río Meta que atraviesa Venezuela y va a desembocar al Atlántico); igualmente están los ríos Ariari y Guayabero, que tienen importancia histórica.
El Llano se ha conocido como una tierra de libertad. Hay una costumbre, en la llanura, de que
cuando los muchachos comienzan su adolescencia se les suelte en la sabana para que se
defiendan: el territorio sin fronteras visuales se convierte en un reto para dominar la libertad. La
sensación es la misma de una barquita que se echa a navegar en la inmensidad del mar. Los
hombres del Llano son hombres recios, de estructura delgada pero de fibra consistente.
Desarrollan mucho el tema de la hombría, de la machera, de la berraquera, del dominio de la
naturaleza y de bestias como el caballo y el toro. Ello se expresa en eventos como el coleo, que
es el dominio de los toros, y del jaripeo, que es el dominio de los potros salvajes. Su música, el
joropo, es un ritmo acompasado al paso del caballo, es un galopeo.
El Llanero está amarrado a la naturaleza, sus paisajes son verdaderos paraísos, son exóticos en todo el esplendor de una belleza abierta. La connotación libertaria está muy vinculada con el desarrollo de las gestas de la independencia de la corona española en el siglo anterior; no hay que olvidar que desde estas tierras partió la ruta libertadora de Simón Bolívar, que de manera gloriosa concluyó en la Batalla de Boyacá en 1819, y que en dicho triunfo fue decisiva la participación de los lanceros llaneros.
Las guerrillas liberales tienen una característica, y es que son guerrillas de familias. Son famosas las guerrillas de los Loaiza, de los Fonseca, de los Bautista, etc. Se multiplicaron no tanto por una vocación insurreccional, sino por la necesidad de defender la vida ante las grandes masacres que propiciaban los conservadores; aunque tuvo dirigentes ideológicos que trataron de darle un rumbo hacia la toma del poder, como Eduardo Franco Isaza y el abogado y escritor antioqueño José Alvear Restrepo. Éste último impulsaría una legitimidad institucional de las mismas que desembocaron en las famosas "Leyes del Llano", de naturaleza revolucionaria. Estas guerrillas fueron impulsadas por los terratenientes liberales, pero poco a poco se proyectaron con una fuerza popular de tal envergadura que las élites se asustaron y decidieron ponerles fin promoviendo un golpe de Estado militar que pusiera fin al régimen conservador y que llamara a una amnistía a los alzados en armas. Tuvieron vigencia desde el '48 hasta el '53, cuando la mayoría de los líderes decidieron deponer las armas frente al nuevo gobierno que se anunciaba de reconciliación nacional.
Esto es muy importante destacarlo, porque va a definir los nuevos niveles de la confrontación
política que se darían años después y que todavía perduran, o mejor, que tienden a profundizarse.
La mayor parte de los comandantes guerrilleros que se amnistiaron fueron poco a poco siendo asesinados de una u otra manera. El golpe de gracia lo dieron contra Guadalupe Salcedo, asesinado en Bogotá después de que saliera de una reunión de la Dirección Liberal Nacional. Guadalupe había subido para exigir al Gobierno el cumplimiento de los acuerdos que había asumido con la desmovilización guerrillera. El asesinato político volvería a repetirse décadas después contra otros guerrilleros desmovilizados.
Quedaban en el país algunas regiones donde subsistieron grupos de guerrilleros que fueron
evolucionando hacia formas de vida comunitaria de naturaleza comunista, en los que
desarrollaron programas productivos y formas de autodefensa. Se habían asentado en Villarica,
en otras partes del oriente del Tolima y en Sumapaz. Estos grupos fueron cercados y
bombardeados por el Estado, lo que dio lugar a lo que en el país se conoce como las "Columnas
de Marcha", en que centanares de familias huían de la represión estatal. Algunas de estas
columnas se establecieron en la zona del Guayabero, en el Pato, en Marquetalia, en las zonas de
frontera entre el Caquetá, Huila y Tolima, donde siguieron desarrollando sus formas de
autodefensa. Los volvieron a bombardear, esta vez con la intención por parte del gobierno de
aniquilamiento absoluto, y con la concentración más grande de soldados que se hubiese
registrado en la historia del país.
Los supervivientes, cansados de huir y entendiendo que el régimen no los dejaría nunca en paz, convocaron una conferencia, que llamaron del Bloque Sur, donde se fundaron las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia -Farc- en 1964. En el Meta se instalaría la comandancia guerrillera de esta organización, que se conoce hasta hoy como el Secretariado, en la zona de la Uribe.
El Meta es uno de los primeros productores del país de arroz, de palma africana, de algodón,
aunque ahora ha disminuido mucho por efecto de la política neoliberal implementada por el
Gobierno de César Gaviria, que ha afectado mucho el campo. Se produce mucho maíz, mucho
frijol, sorgo, cacao, plátano y café. Es uno de los primeros productores del ganado que abastece a
Bogotá y sus alrededores. Sus ríos producen, además, mucho pescado. El Meta es una despensa
alimentaria para sus habitantes, que son setecientos mil, para el centro del país.
Produce además gas, que se lleva a Bogotá, aunque paradójicamente, los pueblos que están alrededor de los pozos gasíferos no se benefician de su consumo. Tiene pozos petroleros en producción en Apiay, en Villavicencio, en Puerto Gaitán, y recientemente se han descubierto los mayores pozos petroleros del país en Medina, que queda entre Cundinamarca y el Meta, que se llaman Coporo I y Coporo II, y otros descubiertos en la propia ciudad de Villavicencio, que se llaman Anaconda I y Anaconda II. Sin embargo, pese a tanta riqueza, el desarrollo de la región es deplorable. A la corrupción política se ha unido el problema del narcotráfico, el paramilitarismo y los intereses de las multinacionales.
En los años sesenta los campesinos sembraban marihuana en las sabanas de San Juan de Arama, en la Macarena y en Vistahermosa. Luego, en los setenta, se produjo un proceso de sustitución de cultivos, y en lugar de marihuana empezaron a sembrar coca. Leónidas Vargas y sus hermanos, que sembraban coca en el Caquetá, la introdujeron en la Macarena y en la Serranía.
Rodríguez Gacha era originario de Pacho, Cundinamarca, donde después montó otro imperio
paramilitar con el Ejército en toda la región de Rionegro. En 1979 ya era un hombre
multimillonario mezclado con las élites del poder. Por intereses estratégicos del Ejército de
controlar el Magdalena Medio llegó a Puerto Boyacá para financiar el paramilitarismo.
Contribuía a la lucha contrainsurgente al tiempo que aseguraba la protección de la Fuerza Pública
para afianzar sus redes de narcotráfico. El General Harold Bedoya Pizarro, el hoy Comandante
del Ejército, era entonces Comandante de la VII Brigada. En relación estrecha con Rodríguez
Gacha montaron los primeros grupos paramilitares en Puerto Boyacá.
Esa experiencia paramilitar de Puerto Boyacá, que les dió resultado porque aniquilaron toda forma de expresión popular, la trasladaron a San Martín. El paramilitarismo, en realidad se exacerbó en todo el país a raíz de los Acuerdos de Paz en1984 entre las Farc y el Gobierno. Entonces se desató un proceso de guerra sucia que estamos viviendo hasta hoy, en particular con el nacimiento de la Unión Patriótica como alternativa política al dominio tradicional de liberales y conservadores, y se recrudeció en el Meta porque allí se había alcanzado una de las votaciones más altas en todo el país.