EQUIPO NIZKOR
Información

DERECHOS


27abr04 - El señor de las moscas


Las mentiras de Varito

Por Fernando Garavito


Mientras la clase política y los comentaristas se divierten en el circo de la reelección, el país sigue peor. Desde hace años, el gobierno, o eso a lo que le dicen el gobierno, se convirtió entre nosotros en una mascarada. Pastrana, por ejemplo, se empeñó durante 42 de los 48 meses de su mandato en resucitar un muerto al que bautizó "proceso de paz". Cuando fracasó, se lanzó desde un trampolín de 30 metros (al fin y al cabo circo), y se ahogó en el balde de agua. Comenzó entonces el mismo cuento, pero al revés.

El encargado del siguiente número lo llamó "proceso de guerra". Por ahora estamos en la escena de los trapecios. El público, encantado, aplaude con generosidad. Varias veces los artistas han cometido errores imperdonables, pero no importa, son tan graciosos, tan ágiles, tan convincentes, que las ovaciones llueven a granel. Sin embargo, se aproxima el momento de la verdad. La banda de música hace sonar sus redoblantes, y en todos los rostros se asoma un gesto de perplejidad: ¡el menos experimentado de los volatineros dará un salto mortal sin malla protectora! El maestro de ceremonias pide silencio al respetable, los caballos dejan de escarbar la arena con los cascos, y los payasos detienen en el aire la última patada voladora contra el trasero de su contrincante. Entonces, en el fuero interno de los espectadores, surge el gusanillo de la duda. Pero ya se sabe que un comediante de mala muerte y su público de ocasión son igualmente irresponsables. De manera que mientras todos le piden a voces llenas que salte de inmediato, el tonto de capirote se siente en la gloria y se lanza al vacío. Y es en ese momento, en ese exacto momento, cuando alguien de la galería podría plantearse la siguiente pregunta elemental: ¿vale la pena todo esto? ¿Se justifican este batiburrillo, esta barahúnda sin ton ni son, para ver cómo un pobre actor de tercera se destripa contra el pavimento? Tal vez no. Tal vez no vale la pena.

Sé que es difícil eludir la trampa de la melindrosa propuesta del gobierno, pero ¿creen ustedes que un individuo como álvaro Uribe merece el apoyo del 60,6 por ciento de los colombianos, según la encuesta que el Diario Oficial hizo entre sus 700 lectores? Mi respuesta, como la de cualquiera que no esté engolosinado por la figura pueril de ese seminarista en funciones presidenciales, es total y definitivamente negativa. No, digo yo, dice cualquiera, no quiero que "Varito", como lo llamaba con cariño don Fabio Ochoa, su pariente con mayor jerarquía dentro del narcotráfico, pueda estar al frente del país otros cuatro años. Y no quiero (digo yo, dice cualquiera), no sólo porque Varito es un paramilitar peligroso, sino también porque es un mentiroso de siete suelas.

Sé que debo entrar ya en materia, pero también sé que en mi archivo guardo los mensajes de tres personas que protestan porque, según ellas, yo no volví a escribir. Pues bien. Podría escribir, por ejemplo, sobre ese "mentiroso de siete suelas", que es un viejo dicho posiblemente castellano. Con base en él me atrevería a intentar una explicación acerca del por qué nuestros políticos profesionales son seres de bajísima estatura. Pero como no cuento con la asesoría de ningún profesor Bustillo de cabecera que me saque de apuros gracias a su enciclopedia y me lleve, de paso, a la Academia de la Lengua, me toca deducir que el remoquete proviene de los enanos de la corte en alguna edad premoderna, quienes necesitaban verse más altos que sus súbditos para afirmar mejor su autoridad. Según su alzada, los cortesanos utilizaban en aquellas épocas de bárbaras naciones, desde una hasta siete suelas extras, todas de grueso calibre, lo que permite deducir, a su vez, que entre más enano fuera el enano, más mentiroso debía ser. (No me atrevo a pensar cuál será el número de suelas que usa Morenito para explicar el entuerto del Banco del Pacífico, pero ese es otro cantar).

Te confieso, María, y les confieso, Carlos Hernán y Alberto, que estoy feliz en este oficio de escribir, y que podría seguir en él toda la noche. Pero no. Porque de vez en cuando es necesario hundirse en el barro de lo inútil, lo tonto y lo anodino, mejor dicho, hundirse en el barro de Varito y de sus compadres y comadres, abandonando las sanas especulaciones que casi siempre se hacen por las nubes, para volver aquí a la realidad.

Démonos entonces el porrazo tanto tiempo esperado. El 14 de abril, Varito se dirigió al país con rostro compungido. Se trataba de explicar la matanza de los dos niños y los tres jóvenes de Cajamarca. Y allí, en medio de ese tono monocorde y seco que lo distingue, se refirió al enfrentamiento entre una patrulla del ejército y una avanzada de la policía antisecuestro, en Guatarilla, donde murieron siete agentes y cuatro de esos individuos que antes se llamaban personas y ahora se denominan "civiles". Once muertos, ¡once! a causa del "fuego amigo". Pues bien, Varito sostuvo que el caso aún no se había aclarado, pero hizo toda suerte de protestas en torno a su "decisión inquebrantable" de aplicar el peso de la ley hasta sus últimas consecuencias. "Sin embargo", añadió, "todavía no tenemos razones para fijar responsabilidades y tomar decisiones administrativas contra personal de base o de dirección. Si el Ministerio de Defensa aclara lo sucedido a través de la investigación administrativa, las decisiones pertinentes serán tomadas".

Demasiadas palabras para ocultar algo que todo el mundo conocía ya con pelos y señales. En efecto, un día antes de la alocución presidencial, El Nuevo Herald había señalado que "en el trasfondo de este caso hay un cargamento de cocaína que no ha aparecido y a la caza del cual, al parecer, estaban, cada cual por su lado, las tropas del Ejército y las de la Policía". Pero el cargamento sí había aparecido. El 17 de abril, tres días después de la alocución de Varito, el Diario Oficial informó en una noticia perdida en la 5ª página, que "había coca en los carros de la policía". ¿Era ese el cargamento completo? ¿No lo era? Es posible que jamás tengamos una respuesta. Pero el silencio que guardó Varito, lleno de paréntesis y de afilados esguinces, muestra las intenciones que abrigaban los batallones del ejército y de la policía. Aquí lo que hay es una lucha a muerte entre los narcosoldados y los narcopolicías, en la que están enredados, casi con seguridad, los narcooficiales. Y me atrevo a hacer esta afirmación con base en un proceso lógico elemental.

Al comienzo del período de Varito (¿del primer período de Varito?), un destacamento del ejército, conformado por soldados rasos, encontró una caleta millonaria de Rodríguez Gacha y, sin más ni más, se apoderó de ella. Cuando se enteraron, Varito y su ministro del Interior pusieron el grito en el cielo. ¡No era posible que unos pinches soldados se atrevieran a desprestigiar a las Fuerzas Militares de semejante manera! Pero siempre me he preguntado qué habría sucedido en caso de que detrás de esa acción hubiera estado algún oficial de alto rango. Muy posiblemente el grito hubiera quedado convertido en uno de esos pobres gritos vagabundos que alguien quiere pegar y no lo dejan. Porque aquí los desfalcos están rígidamente clasificados. Si los cometen los de siempre, no son abusos sino negocios, o golpes de buena suerte o transparentes actos de gobierno. Si los cometen los de abajo, son desfalcos, o robos o asaltos o actos ilícitos. Esa es la diferencia.

Entonces, ¿por qué calló Varito? ¿Por qué no sacó uno de esos estruendosos provechos personales que le encantan, máxime si ahora mismo está empeñado en su reelección? La respuesta es sencilla: porque en la "cacería" no estaban sólo los soldados rasos y los pobres dragoneantes de la Policía que se enfrentaron a tiros, sino vaya usted a saber quién. ¿Algún capitán, oh capitán, mi capitán? ¿Algún coronel que no tiene quién le escriba? ¿Algún general de canto general? Lo sabrá Varito. Aunque Varito nunca dirá la verdad, porque él no es otra cosa que un mentiroso de siete, u ocho o nueve suelas.

Pero mi historia apuntaba hacia otro camino. Como dije, el punto clave de la alocución de Varito era la tragedia de Cajamarca. Sus palabras fueron conmovedoras. Para comenzar, dijo estar "convencido de la buena fe del ejército en esta equivocación". "Si se tratara de un ejército violador de derechos humanos, quienes dispararon contra los campesinos hubieran buscado el ocultamiento, la mentira o la desaparición de los cadáveres. Nuestros soldados y oficiales, afectados por el dolor, llamaron de inmediato a sus superiores y comunicaron la verdad".

En primer término, quiero rechazar de manera enfática que esos soldados y oficiales sean "nuestros". Tal vez nosotros, los de abajo, tuvimos soldados alguna vez, posiblemente en la época de Bolívar. Cuando Bolívar decía "nuestros soldados", no hablaba, claro está, del general Ospina ni del general Rito Alejo. De ahí que sea fundamental exigir que Varito se los apropie para él solito. Varito solito. O casi solito, porque para eso tiene "sus" soldados y "sus" oficiales.

El 16 de abril, en su emisión del mediodía, Caracol Televisión entrevistó a Alexander Mendoza, hermano de Albeiro y de Norberto Mendoza, dos de los cinco muertos de Cajamarca. Ignoro cuántos millones de colombianos oyeron lo que allí se dijo, pero creo necesario referirme a algunos de los interrogantes que se desprenden de ese desliz informativo.

Habla Alexander Mendoza: "Por qué los sacaron de la casa, que se sepa quién los sacó de la casa y los mató".

Voz del periodista: "Cree que los civiles fueron sacados de la casa porque hay varias situaciones que aún no logra entender. Situaciones como las que encontró Ernesto Saraza, el primer campesino que llegó a la vivienda".

Voz de Ernesto Saraza: "Yo encontré las puertas abiertas y todo, por lado y lado había animales. Yo pensé: si ellos se hubieran ido como de viaje, pensado, pues habían cerrado".

Voz del periodista: "Además de esto no entiende por qué ni siquiera recogieron la ropa que tenían extendida".

Voz de Ernesto Saraza: "Encontré un plato comida, acá encontré otro, en dos ollas había comida también".

Voz de Alexander Mendoza: "Lo que pienso yo es que esos pobres muchachos no se vinieron de allá. A ellos los sacaron, porque se estaban comiendo la comidita".

Voz del periodista: "No entiende por qué, si salieron con un bebé, no se llevaron el tetero, la pañalera y los documentos de identificación".

Voz de Alexander Mendoza: "Venían bajando por la carretera, venían todos, no dijeron a donde se encontraban. A ellos los tenían debajo de aquí en la finca llamada El Placer".

Voz del periodista: "Otra duda es por qué estuvo prohibido el acceso al lugar donde se registraron los hechos. Estas son algunas preguntas que hasta hoy siguen sin respuesta. El comandante del ejército, general Martín Orlando Carreño, no quiso referirse al tema porque dijo que las explicaciones ya fueron dadas. Aseguró que al asunto se le puso punto final cuando el presidente Uribe visitó la zona y le explicó al país lo sucedido".

Varito y "sus" oficiales. Varito y "su" ejército. Pero el punto final que puso Varito queda reducido en todas partes (menos en los medios de comunicación que, excepción hecha de la mínima noticia que publicó "El Tiempo.com" el 22 de abril, silenciaron por completo el asunto), queda reducido, digo, a su ridícula condición de suspensivos, cuando el asesinato del bebé, los tres adolescentes y el menor de edad de Cajamarca se ubica en el contexto de lo ocurrido en la zona en los últimos meses.

En efecto, en marzo del 2003 un grupo de jornaleros sin tierra se tomaron la hacienda "La Manigua", un enorme predio de cerca de mil hectáreas ubicado en una zona estratégica del Tolima, que da entrada a los departamentos del Valle y del Quindío. "La Manigua", de propiedad de Armando Echeverri Jiménez, quien en ese momento era el embajador de Colombia en Libia, tiene su asiento en la vereda Potosí, de Amaime, uno de los corregimientos de Cajamarca. Cajamarca, ¿será necesario repetirlo?, es el municipio donde el ejército cometió el "error" que nos ocupa.

Pues bien. Los campesinos entraron en conversaciones con el propietario del predio y con el INCORA, con el fin de proponerles distintas fórmulas de compra. Sin embargo, cuando se adelantaba ese proceso, el gobierno de Varito lanzó la "Operación Pijao", en desarrollo de la cual soldados y policías cercaron la hacienda e impidieron la entrada de víveres. De tal manera, en pocos días los invasores fueron desalojados. Cuando salieron, los militares detuvieron a no menos de cincuenta campesinos, entre ellos hombres de avanzada edad y mujeres embarazadas. Aunque semanas más tarde fueron puestos en libertad, el ejército siguió ejerciendo un rígido control sobre el área. De ahí que no pueda ser ajeno a lo que ocurrió siete meses más tarde.

Del 2 al 6 de noviembre un grupo de hombres armados que vestían "prendas e insignias del ejército", detuvieron en dos acciones diferentes a Jhon Jairo Iglesias, José Céspedes, Wilson Quintero, Marco Antonio Rodríguez Moreno y Ricardo Espejo. Todos ellos, junto con cinco campesinos más que se dieron después por desaparecidos, habían participado en la toma de "La Manigua".

Hacia el 11 de noviembre, un jornalero le contó a la fiscalía regional lo que había sucedido. Según él, los militares llevaron al grupo de hombres "hasta la parte alta de la vereda", donde "luego de torturarlos los asesinaron y los enterraron en una fosa común".

La fiscalía se apersonó del asunto y encontró las sepulturas. Allí estaban los restos descuartizados de Céspedes, Rodríguez Moreno y Espejo, junto al de Germán Bernal Vaquero. Los cuerpos de Iglesias y de Quintero jamás fueron hallados. El gobernador del Tolima, Guillermo Alfonso Jaramillo, rechazó el crimen y afirmó que el testigo había señalado "al ejército y a otras autoridades" como autores de la masacre.

Desde entonces, se intensificó el éxodo de decenas de familias. Una de las pocas que permaneció en la región fue la de Albeiro, Norberto y Alexander Mendoza. Los dos primeros, junto con la esposa adolescente de Albeiro, el bebé de ambos y el cuñado de Norberto, fueron las víctimas de la "buena fe" del ejército.

En un comunicado, el Comando de las Fuerzas Militares afirmó que era "muy posible que estas muertes (hubieran) sucedido como consecuencia de un error, debido a las circunstancias inminentes de combate y a las condiciones metereológicas difíciles reinantes en el área". Ni corto ni perezoso Varito viajó a la zona con el fin de darle al general Carreño el espaldarazo necesario para ponerle su punto final al incidente.

Gracias Varito, gracias general Ospina y gracias general Carreño por sus sabios mensajes y sus buenas intenciones. Pero no. Por desgracia, el punto final no lo ponen ustedes. El punto final lo pondrá el país cuando conozca lo que realmente ocurrió y cuando logre establecer quién fue el autor intelectual y cuál la relación que existe entre las dos matanzas. Porque es extraño que sean la misma región, los mismos protagonistas y la misma tragedia, y que se trate de dos hechos distintos.

Ojalá todo esto no termine por convertirse en un misterio, tanto o más intrincado que el de Varito, que es al mismo tiempo el pariente consentido de don Fabio Ochoa, el paramilitar más prominente del país y el más lindo de los presidentes de la República: tres personas distintas y, fíjense ustedes, un solo Varito verdadero.

II

Pero sigamos adelante. Y sigamos, claro, con las mentiras de última hora. Una de ellas la del atentado a Carlos Castaño. Toda esa tragicomedia podría convertirse en el lamentable libreto para una opereta póstuma del Diomedes Díaz de Viena que, si no estoy mal, se llamaba Johann Strauss.

La opinión más generalizada frente al asunto es la de creer que una balacera oscura entre dos grupos criminales puede llegar a convertirse en un escollo para que Varito termine de entregarle las herramientas políticas, jurídicas y económicas del Estado a los grupos de la delincuencia organizada. El obispo de Montería, por ejemplo, señaló que ese hecho "va a replantear absolutamente todo" lo relacionado con el proceso de rendición del gobierno frente a los paramilitares. "Un proceso que de por sí ha sido difícil no puede continuar sobre cuestiones oscuras", dijo el susodicho.

Leído de otra manera, la Iglesia considera que hasta el momento el asunto ha sido transparente. "Si estos sucesos no se aclaran", añadió el clérigo, "la presencia de la Iglesia como facilitadora de las conversaciones también entraría a analizarse".

Mejor dicho, la Iglesia (y esta es la tercera vez que dudo si debo escribir esa palabra con mayúscula) le da su respaldo incondicional a Castaño, y pone sus capelos y sus púrpuras y sus copones y sus sobrinas (y sobrinos) al servicio de un individuo señalado por todos como el autor de los peores hechos criminales en la historia del país. Peor que Pablo Escobar. Peor que Laureano Gómez. Peor que Sangre Negra y que Chispas y que Jojoy y que Efraín González.

Supongo que el monseñor debe ser un convencido de que las organizaciones de derechos humanos deben volcarse a prestarle protección al genocida. Obvio, si llegara a presentarse una situación extrema como esa, no dudaría en creer que Castaño, que es la encarnación demoníaca y a gran escala del alcalde de "Un día de estos", tiene el derecho elemental de recibir la atención que don Aurelio Escobar le prestó en el relato a su enemigo. Pero, hoy por hoy, la situación es muy distinta que la que plantea García Márquez en su cuento. En mi opinión, lo que hay acá es un criminal que interpreta las escenas más ridículas de "El murciélago", y que es el único que se ríe a carcajadas de su propia y macabra bufonada.

No lo dudo: hubo la balacera. Pero, ¿fue ella el atentado del que nos han querido convencer la esposa del delincuente y los medios de comunicación y el obispo de Montería y el comandante de la XI Brigada? Pienso que no.

Pienso que Castaño, a quien Bernard-Henri Lévy describió en un ensayo memorable como un psicópata inteligente y sediento de sangre, preparó el montaje adecuado para entregarse a un país como los Estados Unidos, donde el sistema judicial le permite comprar su inocencia.

La negativa del embajador Wood sólo sirve para confirmar el hecho. "No estamos hablando con los paramilitares -indicó el funcionario-, no estamos hablando con nadie". Y, echando mano del mejor argumento de este gobierno, esgrimido con tanto éxito por el general Carreño al referirse a la tragedia de Cajamarca, añadió: "Y punto". Y punto. Y santas pascuas.

Pero no. Mejor no pongamos punto. Mejor leamos entre líneas lo que han publicado los periódicos, y saquemos nuestras propias conclusiones.

El 18 de abril "El Colombiano" afirmó que el "atentado" habría corrido a cargo de miembros de las autodefensas "que no estaban de acuerdo con la decisión que habría tomado (Castaño) de entregarse a las autoridades de Estados Unidos, donde se le adelanta un proceso por narcotráfico". Y, de inmediato, jugando como centro derecho en el equipo de "Los Idiotas útiles", integrado por un grupo de despistados periodistas colombianos, la autora de la noticia señala bajo un título conmovedor ("Hace un año ordenaron matarlo"), que "facciones de ese grupo ilegal manejadas por narcotraficantes declararon a Carlos Castaño como una persona 'inconveniente' para la organización pues en reiteradas ocasiones había hablado de la conveniencia de abandonar ese negocio ilegal y desmovilizarse".

El mensaje es clarísimo. En los Estados Unidos entenderán que se trata de un prócer en peligro de ser asesinado porque frente a la opción del narcotráfico y la guerra, escoge el camino de la paz. "No nos digamos mentiras", le manda decir Castaño a sus futuros protectores, "yo soy el hombre que ustedes necesitan". Así, poco a poco va allanando terreno.

Según el periódico, el nuevo héroe se enfrentó valerosamente a su organización criminal cuando, en abril del 2001, "anunció el fin de las AUC", lo que provocó una fisura que "se hizo más grande en junio del 2002", momento en el cual, "a través de su página de internet arremetió contra los jefes del Bloque Central Bolívar, a quienes calificó como narcotraficantes".

Todo ello llevó a que el nuevo santo de palo (¿san Carlos de Mapiripán?, ¿de Mejor Esquina?, ¿del Arauca vibrador?, ¿De San Carlos?, ¿San Carlos de San Carlos?), "empezara a perder el poder militar y se le marginara a la jefatura política", donde también vio disminuida su influencia hasta el punto de que "el 31 de marzo pasado, sin razón aparente, se marginó del equipo negociador de las AUC".

Mejor dicho, la única salida posible que tiene este campeón del entendimiento y la concordia entre los colombianos, es la de viajar al exterior. En el país no lo quieren. Sus antiguos amigos lo persiguen, porque no han entendido que él es un hombre bondadoso, dispuesto a sacrificarlo todo para que los malos colombianos dejen de perjudicar a la gran nación del Norte con su infame tráfico de estupefacientes.

Según su esposa, que tiene nombre de país africano: Kenya, "Carlos lideró e inició el proceso de paz con las Autodefensas y por su afán de volver a la legalidad y buscar la paz para el país está sufriendo esta persecución". Persecución, dice doña Kenya. Y persecución dicen los campesinos que viven en las inmediaciones de la finca donde él desarrolla sus honestas actividades políticas, campesinos que comparten con él la vida diaria sin preocuparse jamás porque un batallón del Ejército o de la Policía llegue algún día a capturarlo. Porque ¿qué motivo habría para capturar a este honrado padre de familia?

Carlos y Kenya y Rosa María viven como una familia común y corriente, saludan a sus vecinos, compran el pan en la tienda del pueblo y llaman por el teléfono público. La escena es pastoril. Cuenta el Diario Oficial que doña Etelvina, la dueña de la tienda, vio cómo "el jefe paramilitar llegó el pasado viernes, a las 2 en punto de la tarde, a cumplir la cita que tenía en un lugar ubicado a unos metros de 'Rancho al Hombro', un granero con facha de fonda, ubicado en el sitio Guadual del Medio.

"Tras esperar varios minutos sin que nadie acudiera, Castaño decidió subir hasta el granero a consultar su correo electrónico, como lo hacía habitualmente." Entonces, conectó su computador portátil al teléfono comunitario que permanece sobre un pupitre escolar, en un corredor cubierto por tejas de zinc y rodeado de tablas blancas.".

En ese instante sobrevino la tragedia: "Hacia las 2:20 un carro pasó veloz sin obedecer la orden de pare que impartieron los escoltas de Castaño que prestaban guardia en la carretera. De inmediato abrieron fuego y encontraron la misma respuesta de los ocupantes del vehículo".

Es el colmo, ¡disparos en medio de esa paz idílica! Los Estados Unidos tienen que recibir a este hombre bueno y perseguido, padre de una niñita de 17 meses ("hijita" la llamó tiernamente don Darío Arizmendi), que se ha sacrificado por el bienestar de la patria. Y van a hacerlo porque se trata de un ciudadano ejemplar que, de acuerdo con los principios calvinistas, trae una buena cantidad de dólares entre el bolsillo y está dispuesto a pagar una gruesa suma de dinero para que le devuelvan su honra perdida.

Ahora, si estoy errado y Castaño murió en el atentado, de cualquier manera me reafirmo en lo dicho: era una pantomima, en la que pudo ser que uno de los actores secundarios haya equivocado el punto de mira de su fusil. Caso en el cual valdría la pena que lo enviaran a repetir su curso en el polígono del ejército o de la policía. Porque no tendría razón de ser que la paz de Colombia dependiera de una tan mala puntería.


Tienda de Libros Radio Nizkor On-Line Donations

DDHH en Colombia
small logoEste documento ha sido publicado el 07may04 por el Equipo Nizkor y Derechos Human Rights