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01nov18


John Elliott : “He querido matizar dos relatos nacionalistas que se excluyen”


Sobre la antigua chimenea, reconvertida en objeto decorativo, Francesc Cambó vigila. A través del retrato que pintó el clasicista Josep Maria Vidal-Quadras, el prócer conservador parece como si dominara su antigua biblioteca personal. En el octavo piso del primer edificio moderno que se levantó en la Via Laietana, las repisas de la librería todavía conservan parte del legado bibliográfico de quien fue líder de La Lliga. La sala – o tempora, o mores– ahora pertenece al Grand Hotel Central. Llegamos puntuales, pero ayer por la mañana John Elliott todavía lo fue más. Nos recibe de pie y propone sentarnos junto a una estantería donde está encuadernada la colección completa del D’ací d’allà y de La Veu de Catalunya, el diario del partido de Cambó..

Me saco de la manga una buena carta de presentación. Le digo que hace años el profesor Josep Maria Fradera –fue ayudante suyo en Princeton– ya me anunció que su maestro Elliott estaba escribiendo el estudio que se ha acabado titulando Catalanes y escoceses. Unión y discordia (Taurus en castellano, Rosa dels vents en catalán). En inglés se publicó en verano. Entonces ya empezó la batalla por su interpretación y los intentos de parte para instrumentalizar el volumen y su autor. Elliott, con residencia habitual en Oxford, lo ha visto claro ahora que ha estado presentándolo en Marbella, en Madrid y el martes en Barcelona. Hablando con los periodistas siempre le repiten las mismas preguntas. Poco por el contenido del libro, mucho sobre la actualidad. Los titulares sobre el procés no fallan. Voy por otro camino.

Sir John tiene 88 años. Desde hace más de medio siglo –desde la publicación de su tesis doctoral en 1963: The Revolt of the Catalans– es una figura de prestigio del hispanismo internacional. Pero la monarquía hispánica, que ha sido el centro de su investigación, ha sido el punto de partida de su aportación fundamental: la mejor explicación sobre la configuración institucional de Europa entre los siglos XVI y XVIII. Después de años de trabajar, de comparar todos los casos posibles, en 1992 proponía una idea seminal en un artículo en la canónica Past & present: la monarquía compuesta como marco de comprensión. “Una forma de pluralismo en la diversidad que, disfrutado del diálogo constante entre las élites locales y el gobierno central, permitió durante muchos años la conservación de instituciones, constituciones y libertades”.

A partir de aquella interpretación, ahora, presenta este ejercicio de comparación de larga duración. Un ejercicio de historia y al mismo tiempo también de actualidad. ¿Por qué? Del pasado, de Olivares o Richelieu, saltamos a la biografía que lo religa a nuestra ciudad. Hablamos mezclando castellano y el catalán que aprendió en Barcelona cuando vino a investigar a mediados de la década de los 50. “El ambiente era sofocante”, recuerda. Encontró refugio en Jaume Vicens Vives. Tomó conciencia de que implica una represión nacional. Así lo dijo él mismo: “Simpaticé mucho con los ciudadanos catalanes, a la vez que me comprometí a desmitificar parte de una historia que se explicaba entre víctimas y héroes”. Diría que esta es la función social del historiador. “Amo España. Amo Catalunya”, me dice de corazón, “y estoy muy preocupado, como lo estoy por el Brexit”. Esta estima y este compromiso lo han llevado a intervenir en el presente, encajando su -interpretación sobre el periodo más reciente con la dominante dentro del unionismo madrileño más beligerante.

La parte sobre el procés es la más tentadora, diría que la menos interesante. Porque la hipótesis central que desarrolla en el libro, la más profunda, es la siguiente: en el marco de sus respectivas monarquías compuestas, durante los primeros siglos de la modernidad la institucionalización de Escocia y Catalunya fue muy similar. “Con momentos de tensión”, me dice. Tensión casi simultánea que, a mediados de siglo XVII (tanto aquí como allí), generó episodios de rebelión de la periferia contra el centro que, al fin, en ambos casos, implicaron la consolidación de la misma forma de monarquía.

La claridad de Elliott exponiendo es envidiable. Lo es hablando y sobre todo lo es por escrito. Esta profesionalidad la aprendió cuando era estudiante en Cambridge. “Cada semana tenía que escribir un pequeño ensayo sobre un tema. El profesor lo leía y reunidos durante tres cuartos de hora lo comentaba para perfeccionar el estilo y el contenido”. Así durante tres años muy intensos. Así, en el nuevo libro y en la entrevista, va perfilando unos caminos remotos que en un momento clave –el de la creación del Estado moderno– se bifurcan.

-¿Cuándo se puso en crisis la monarquía compuesta en el caso catalán y escocés?

- Como consecuencia de un problema dinástico. Con su resolución se produce la gran divergencia entre estas dos naciones autoproclamadas que han intentado independizarse.

El acuerdo escocés con la monarquía británica permitió reformar el modelo: los escoceses obtuvieron representación en Westminster y fueron copartícipes de la creación del Imperio con los ingleses. “En el Reino Unido”, me dice, “esta fórmula de la monarquía compuesta podríamos convenir que todavía se mantiene”. No fue nuestro caso. En España esta forma de monarquía acabó en 1714. Con el Decreto de Nueva Planta se impuso un gobierno centralizador, autoritario y con poca representatividad de los catalanes”.

La paradoja, en el caso español, es la asimetría interna que se consolidó. “Mientras Madrid era la capital política de España, Barcelona era la económica. Entonces la élite catalana propuso un doble patriotismo –apuesta por la diversidad, apuesta por intervenir en el Estado– porque necesitaba el apoyo del gobierno central”. La asimetría no se resolvió y la conciencia de un agravio institucional se fue ensanchando. En esta tesitura, defiende Elliott, se produjo el enorme impacto del romanticismo: se descubrió la nación. La figura clave, dice, es Enric Prat de la Riba –el líder del partido de Cambó que no nos deja de vigilar desde su retrato. “ Fue Prat quien estableció un contraste entre la nación orgánica, asociada a Catalunya, y el Estado como una creación artificial, asociado a España”. La consolidación de este contraste le parece la médula todavía hoy del momento crítico que lo encaminó a escribir este libro de larga perspectiva.

Durante los últimos años Elliott ha leído muchísimo para escribir este libro. Mucha historiografía nacional escocesa y catalana. Buena y mala, me insiste. Y de esta lectura ha salido convencido de la apuesta que hizo cuando se puso a investigar en Cambridge en su juventud. “He constatado los problemas que tiene un historiador nacional para salir fuera de la tradición de estudio sobre el propio país. Porque todos piensan que su objeto de estudio es excepcional. No. He trabajado contra este mito. Mi lucha constante ha estado contra el excepcionalismo. Y el comparativismo, mostrando similitudes y diferencias, lo derriba”.

¿Derrocado este mito, qué queda? “El matiz”, repite, “con este libro he querido matizar dos relatos nacionalistas que se excluyen”. ¿Con qué propósito? Recuerdo algunas de las líneas epilogales con las que Elliott ha querido cerrar el que dice que será su último libro: “Sólo con el diálogo no es suficiente para resolver problemas de encaje mutuo de larga duración y complejos, pero cada vez que se deja de lado el diálogo, se elimina un obstáculo más en el camino hacia la independencia, y la secesión está más cerca de convertirse en la respuesta definitiva”.

Pienso honestamente que, si dependiera de John Elliot, la concordia se tendría que reconstruir como se hacía en tiempo de la monarquía compuesta. Me despido hablando de Vicens Vives y por última vez contemplo el retrato de Cambó político –un político fascinado por la historia, que hizo y que hizo escribir.

[Fuente: Por Jordi Amat, La Vanguardia, Barcelona, 01nov18]

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