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02may05


La voz del silencio.


En la paz de los cementerios impuesta por Franco, la voz del valenciano Isidro Guardia se alzó desde el silencio de las cárceles de la dictadura para dar a conocer al mundo el drama que vivía la España de la posguerra. Los centenares de crónicas que Guardia logró sacar clandestinamente del penal de San Miguel de los Reyes entre 1946 y 1950 se leían en París, México y Nueva York en las portadas de «España Libre» o «Comunidad Ibérica», dos de los referentes de la prensa española en el exilio.

Isidro Guardia (Valencia, 1921) perdió su juventud en las cárceles de Franco. A este histórico militante del sindicato anarquista Confederación Nacional del Trabajo (CNT) los altos muros del penal de San Miguel no le impidieron dar a conocer al mundo la crueldad de la dictadura franquista. A través de cientos de artículos que logró sacar clandestinamente desde 1946 hasta 1950 del cenobio convertido en prisión, Guardia alzó su voz sobre el silencio de la represión. Sus crónicas se podían leer en París, México y Nueva York en las portadas de España Libre o Comunidad Ibérica, dos de los referentes de la prensa española en el exilio.

La Universidad Nacional de Educación a Distancia (UNED) ha reunido algunos de los artículos de Guardia en un libro que bajo el título Escritos del Silencio se presentará este martes, 3 de mayo, a las 20.30 horas, en la Feria del Libro de Valencia.

Guardia explica que empezó a escribir a petición de un grupo de presos catalanes. «En San Miguel había bastante gente de Cataluña, alguno de ellos trabajaba conmigo en las oficinas de Régimen Interior de la prisión, y al enterarse de que el músico Pau Casals desde su exilio en Francia subía todos los días a un monte para ver y oler Cataluña, enloquecieron.»

«Había -continúa - quien le hacía anillos con huesos de melocotón, otros portaplumas de seda, cajitas de madera e incluso uno pintó un cuadro inspirado en "El cant dels Ocells".» Entonces, los catalanes le pidieron que escribiera un texto en homenaje al maestro. El artículo, que él tituló «Los presos de un penal de España», fue publicado en España Libre a finales de 1946.

A partir de ahí, Guardia empezó a escribir al ritmo de «un artículo cada 10 días». Los redactaba por la tarde, en una máquina de la oficina. Para ello contaba con la ayuda de dos compañeros que le avisaban «si se acercaba algún guardia sacando en pañuelo para sonarse».

En el falso fondo de una fiambrera.

Los escritos salían de San Miguel en el falso fondo de la fiambrera de un funcionario que colaboraba con la Agrupación X, la red clandestina que la CNT había logrado constituir en la cárcel y de la que Isidro llegó a ser secretario de Juventudes. Este funcionario, Castor García Rojo, era escritor, e Isidro recuerda que los presos le llamaban el Cristiano, «porque era muy buena persona». La valentía del Cristiano no acababa aquí, puesto que éste también hacía llegar a la Agrupación X recortes de periódicos y los boletines informativos que emitían los consulados europeos en Valencia.

«Entonces, tras la victoria aliada en la II Guerra Mundial, todos los presos pensábamos que Franco caería al igual que Hitler y Mussolini», añade cuando relata que con los diarios confeccionaban a mano, como copistas medievales, un periódico interno para los presos.

Aunque la esperanza de que España también tuviera su desembarco de Normandía, jamás se cumplió, Guardia no cejó en su empeño de denunciar al mundo el caso español. «Tenía varias direcciones -continúa- de Andorra, Béziers, Toulouse y París, e iba alternándolas para evitar los controles, pero aún así muchas de mis cartas nunca llegaron a su destino.»

Codine y Juan Lorenzo.

Para evitar ser identificado, firmaba bajo seudónimos. Sus preferidos eran Codine, un personaje literario del escritor anarquista rumano Panait Istrati; el Gorki de los Balcanes, y el de Juan Lorenzo, el resultado de la castellanización de Juan Llorens, el líder de la revuelta de Les Germanies.

Aún así, la policía estuvo muy cerca de desenmascararle en 1947, cuando tras la desarticulación del comité nacional de la CNT, que entonces se movía en la clandestinidad en Valencia y del que Guardia era su voz oficiosa, los agentes se incautan de una carta de Codine. Inmediatamente comienzan las incomunicaciones y los registros en San Miguel, puesto que se sospechaba que el escrito procedía de San Miguel al estar los principales dirigentes cenetistas entre rejas.

Isidro corría un gran riesgo porque su máquina tenía un defecto, «escribía la "p" desalineada», señala. Sin embargo, una casualidad le salvó. «Allí había un chico catalán que vino con ese grupo que invadió el Valle de Arán [se refiere a la fracasada operación organizada por Carrillo en el otoño de 1944 en la que unos 3.000 guerrilleros comunistas entraron en Cataluña pensando que les seguirían las tropas americanas y británicas], que aunque era del PCE, en su ficha de la cárcel figuraba como afiliado a la CNT». Este joven, que por aquel entonces había obtenido la libertad condicional, «coge una triquinosis y al mes de dejar San Miguel se muere».

Entonces, Manuel Morell, que era vicesecretario general de la CNT en prisión, «al darse cuenta de que a mí me podían pillar en un momento en el que me jugaba una revisión de condena, decide confesar que él era Codine y declarar que el fallecido le escribía las cartas a máquina porque él tenía muy mala letra», rememora Isidro agradecido. A partir de ahí, cazado Codine, las cartas de la fiambrera trucada llevarían la firma de Juan Lorenzo.

10 años, 3 meses y 22 días en las cárceles de Franco.

Isidro Guardia, que a un mes y medio de cumplir 84 años todavía colabora semanalmente en las páginas de agricultura de Levante-EMV, es una víctima del franquismo con mayúsculas. Detenido el mismo día en que cumplía 19 años, el 15 de junio de 1940, fue condenado a muerte por ser uno de los líderes de la Agrupación Libertaria, la primera y más importante organización de resistencia antifranquista que combatió tras la Guerra Civil desde la clandestinidad en Valencia.

La redada contra el grupo de Guardia, que en un golpe de audacia había inundado Valencia con 5.000 octavillas subversivas traídas desde Francia apenas un año después del Desfile de la Victoria de las tropas franquistas por las calles de la derrotada capital de la República, se saldó con un muerto y 32 detenciones.

Condenado a muerte y torturado.

Tras 21 interminables días de torturas y palos a granel en los sótanos de la Jefatura Superior de Policía [que entonces estaba frente a Capitanía en un edificio ya desaparecido], un tribunal militar condenó a muerte a Isidro y a otros nueve de los militantes de la CNT detenidos; para los otros 21 -uno de los arrestados fue absuelto- dictó penas que sumaban 251 años de prisión.

Luego pasó 66 días en el corredor de la muerte de cárcel Modelo, donde vio desfilar a tres de sus compañeros de expediente camino del pelotón de fusilamiento de Paterna. Su pena fue conmutada por la de cadena perpetua y trasladado a San Miguel de los Reyes, de donde saldría en libertad condicional en 1950, «tras pasar 10 años, 3 meses y 22 días en las cárceles de Franco», relata con la frescura de llevar en las paredes de su memoria rayadas cada una de las jornadas de su cautiverio.

Encerrado pero libre, porque nadie podía poner grilletes al pensamiento de Isidro a pesar de las frecuentes palizas que le propinaban los guardianes de la cárcel. Guardia todavía recuerda el caso de un polaco que «de los palos que le habían dado deambulaba todo el día por San Miguel cantando la Internacional al mismo tiempo que hacía el saludo fascista».

[Fuente: Por Rafael Montaner, Diario Levante, Valencia, 02may05]

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