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14dic18


Carta abierta al Ministro Romero


Hace muchos años compartíamos ideales y, sobre todo, el orgullo de ser parte de una tradición ética que tuvo su culminación en la vida de Marcelo Quiroga Santa Cruz. Algo después, los diez años que acompañaste al movimiento indígena, me hicieron confiar en que esa experiencia formaría parte, para siempre, de tu consciencia. Hoy, sin embargo, esa convivencia política es otra vida. Y la negación más profunda de la tradición que compartimos.

Hace unos días acusaste a 43 miembros de la oposición democrática -como primer adjetivo- de racistas. “Se quitaron su disfraz y se presentan como lo que son: racistas… enemigos de quienes tienen rasgo indígena o mestizo. Les molesta la candidatura de Evo Morales porque es indígena”.

Aunque, como es obvio, no puedo hablar por todos ellos, sí puedo responder por mí. Esta carta tiene esa finalidad. Sin embargo, no tengo motivo alguno para degradarme a la defensa. Mis años de columnista y mi obra académica -es decir, mi vida pública- hablan por sí mismas. El racismo no forma parte ni de mi conducta ni de mis valores, ni de mi visión. En cambio, y paradójicamente, el racismo es uno de los núcleos del gobierno del que formas parte con tanta convicción.

El neofascismo emergente en la vida política contemporánea comparte tres rasgos comunes que atraviesan tradiciones políticas muy diversas. Una sociedad señorial -el MAS- que somete a los “siervos” -la oposición democrática-; la sumisión “voluntaria” de su masa a un caudillo “iluminado” que posee la verdad y al que se le debe pleitesía -la grosería del museo en una comunidad sin servicios básicos es su prueba más vergonzosa-, y la explosión de la brutalidad y la corrupción “indígena” avalada por el poder -los linchamientos sin sanción, los perros degollados por un militante del MAS elegido senador, tantos dirigentes indígenas y campesinos corrompidos por otros tantos-.

A los rasgos neofascistas que han invadido al MAS hay que añadir la neocolonización. El núcleo de su militancia campesina -el Chapare- es un grupo colonizador en todos los sentidos: conquista territorios indígenas bajo el discurso del progreso: ¿recuerdas el TIPNIS? La avanzada de las cooperativas auríferas y la ocupación autorizada de áreas protegidas, y parques nacionales están convirtiendo la base territorial de las culturas indígenas de tierras bajas en presas de los depredadores encubiertos bajo la protección de decretos, y resoluciones ministeriales que autorizan la invasión.

El neofascismo y la neocolonización del MAS lo han convertido en el partido racista por excelencia. Y a todos ustedes en sus ideólogos.

Hoy, en Bolivia, el mundo indígena está en peligro de extinción. Los pocos indios que resisten, los que viven en comunidad, con autogobierno, padecen la marginalidad extrema de un gobierno que los desprecia. Un gobierno que autoriza la depredación de sus bosques, la desertificación de sus tierras, la folklorización de sus culturas, la cancelación de sus ritos y de sus mitos.

Un gobierno que mercenariza a sus dirigentes. Hoy gobiernan los que usurpan el nombre y la tradición del mundo indígena. Gobiernan los que se ponen la máscara indígena para usufructuar de una historia de opresión y de una leyenda de resistencia. Gobiernan los nuevos colonizadores.

¿Por qué, entonces, me acusas de racista? Porque esa falacia contiene una de las causas sustantivas que moviliza el inconsciente político y existencial boliviano. La condición colonial, esa historia de opresión sustentada en la hegemonía ‘blanca’ y la subordinación ‘india’, sigue constituyendo un rasgo sustantivo de nuestro imaginario político.

Por eso repetirás hasta agotar tu última gota de credibilidad que son un gobierno de indios. Aunque no lo hayan sido. Aunque no puedan serlo. Porque quieren pasar a la historia con esa máscara india. Para esconder su rostro racista. Porque este es el gobierno más racista, el gobierno más profundamente colonial de toda nuestra historia.

No sé si el momento de tu muerte recuerdes estos años con algo de arrepentimiento. Yo, con seguridad, los recordaré con un profundo dolor. No sólo por la oportunidad perdida; sino, sobre todo, por no haber podido hacer lo suficiente para que la condición colonial, que también ha constituido nuestra historia, haya vuelto a gobernarnos demasiados años. Pero ambos sabemos que la primera tiranía del siglo XXI ha cavado su propia sepultura. Y que nunca más volverá.

[Fuente: Por Guillermo Mariaca Iturri, Página Siete, La Paz, 14dci18]

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