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30jul16


¿De verdad tenemos los políticos que merecemos?


Sucedió este pasado martes. En Pedregalejo, Málaga, el mar devolvió a la playa un fardo de hachís. La primera persona en percatarse de que en la orilla había un bulto sospechoso de generosas dimensiones fue una mujer, que rápidamente advirtió del hallazgo al socorrista de la zona. En cuanto se supo lo que contenía el paquete, la buena nueva corrió como la pólvora. Poco a poco una multitud de curiosos empezó a rodear al socorrista, que se apresuraba en recoger las pastillas de hachís que se desprendían del fardo, roto por el oleaje, colocándolas en una bolsa. Cada vez más gente empezó a congregarse en el lugar. Y numerosos bañistas aprovecharon la confusión para meter la mano en la bolsa y llevarse la droga, llegando incluso a forcejear con el socorrista cuando éste les recriminó.

Para cuando la policía hizo acto de presencia, de un fardo que aproximadamente podría contener 30 kilos de hachís, apenas quedaban 500 gramos. En el ínterin, hubo personas que cargaron sus neveras con la droga, otros directamente en las bolsas de mano con las que habían bajado a la playa, incluso hubo una mujer que usó su camiseta para hacer acopio de numerosas pastillas, se marchó con el botín y al poco volvió con una indumentaria distinta. Después de todo, pensaría, hacía un día espléndido. Y en la playa se quedó como si no hubiera pasado nada.

Se podrán buscar mil y una excusas para quitar hierro al bochornoso episodio de Pedregalejo, quizá apelar al elevado desempleo de la zona, al índice de pobreza, al bajo nivel cultural, a una insolación colectiva o a cualquier otra calamidad, pero nada justifica que aquellas personas se transformaran en una turba entregada a la rapiña. Todos sabían que lo que hacían no estaba bien pero les importó una higa.

Cuesta imaginar una escena parecida no ya en un país nórdico sino en Francia, incluso, si me apuran, en la vecina Portugal. Pero es de temer que aquí, además, el episodio habrá hecho las delicias de muchos que, de haber estado ahí, habrían actuado igual porque lo contrario sería de "pringaos". Otros, por el contrario, aprovecharán la ocasión para situarse por encima de una sociedad tan poco ejemplar, cuando en realidad, en otras situaciones, donde también se pone en juego la civilidad, no se comportan mejor. Lo sucedido en Pedregalejo es un caso extremo; la escenificación obscena, a plena luz del día, del desquiciamiento social. Sin embargo, existen otras muchas formas de rapiñar y obtener recompensas inmerecidas que son menos escandalosas, pero mucho más cotidianas e igualmente deplorables.

Iguales en el delito

Coger un puñado de hachís de un fardo que el mar pone a nuestros pies puede no parecer muy grave. Delitos peores se cometen todos los días. Sin embargo, cuando se es consciente de que lo que hacemos no está bien y, sin embargo, decidimos tirar por el camino de en medio, cruzamos exactamente la misma línea que cualquier delincuente cruza al cometer un delito mucho mayor. No existen líneas rojas distintas para cada delito sino sólo una. Lo que varía es el castigo, legal y social. Si relativizamos nuestros actos, esa línea se difumina y termina volviéndose invisible.

La misma lógica cabe aplicar cuando argumentamos que la gravedad de un delito depende de quién sea su autor; que no es tan grave si lo comete un humilde ciudadano o un político, una persona humilde o un potentado. Es cierto que la falta de ejemplaridad en un personaje relevante acarrea un daño adicional, y que no se entiende que el que tiene mucho pretenda tener aún más aunque sea "robando", mientras que al que vive con lo justo se le suele justificar. Pero, en origen, el delito es idéntico por más que al ciudadano común le convenga creer que no es así. En todos los casos la persona decide libremente. Y en todos los casos actúa mal.

Hoy, a propósito de la crisis, se insiste en que es necesaria una mejor educación, pero desde un punto de vista estrictamente técnico, como medio para elevar nuestra cualificación laboral y adaptarla a la revolución tecnológica y a la globalización. En cuanto a los malos hábitos, tal cual puede ser conducir sin respetar los límites de velocidad o fumar, se pretenden erradicar mediante sanciones y restricciones. Ambos enfoques contribuyen a que el individuo sea más eficiente y confiable. Pero estas soluciones no son ni mucho menos suficientes. Lo cierto es que no se puede vigilar a todo el mundo en todas partes, aunque a los gobernantes les guste estimular esa ilusión y Montoro tenga un dron.

En parte, los bañistas de Pedregalejo actuaron de forma tan lamentable porque sabían que no había ningún policía en la playa y no podrían pillarles con las manos en la masa. La oportunidad de obtener un beneficio rápido e ilícito sin coste alguno resultó irresistible. Sin embargo, los frenos que de verdad fallaron no fueron ni la vigilancia ni la disuasión, sino el civismo, la rectitud moral y… la madurez. No dudaron en amedrentar al socorrista. Y si éste se hubiera resistido, posiblemente habrían llegado a la agresión. Por lo que no sólo fue un impulso poco meditado ante el que no fue posible ejercer la habitual disuasión, sino que floró una conducta.

En estas páginas hemos explicado la existencia en toda sociedad de reglas formales (leyes y normas) y reglas informales (cultura y hábitos comúnmente aceptados). Si no existe una relación positiva entre ambas o, simplemente, no hay relación, la organización institucional se convierte en una ficción; a lo sumo se tratará de palancas de poder con las que desarrollar esa estructura de grupos de interés que explicó Mancur Olson; facciones que actúan como pandillas de adolescentes en entornos donde la responsabilidad personal no existe. Un ecosistema donde gritar, patalear, alborotar, es mucho más eficaz para conseguir ventajas que el mérito, el esfuerzo y… la responsabilidad. En definitiva, un marco en el que los ciudadanos actuarán como improvisados saqueadores a la menor ocasión y los políticos harán lo propio a otros niveles.

Aplicado a los políticos, podríamos decir que la potestas, el poder institucionalizado, es la capacidad de asignar recompensas y castigos, de dictar normas y hacerlas cumplir. La auctoritas, por el contrario, proviene de la capacidad moral e intelectual, del carisma y el prestigio, de todas aquellas cualidades que generan respeto y admiración en los demás, un vínculo afectivo entre el individuo destacado y su comunidad. La gente obedece la potestas por temor al castigo, pero acata la auctoritas por convicción. Ésta última proporciona el verdadero liderazgo. Cuando la auctoritas no existe, queda sólo la organización burocrática formal; es decir, el Estado. Y esto no es suficiente para garantizar el buen comportamiento de la sociedad. Muy al contrario, una sociedad con potestas pero sin auctoritas, con Estado pero sin responsabilidad individual, no funciona.

Quizá el gran drama no sea que los ciudadanos tengan los políticos que merecen, sino que la organización burocrática, al eliminar la responsabilidad individual, ha infantilizado a políticos y ciudadanos por igual. Desde este punto de vista, no es que tengamos los políticos que merecemos sino aquellos que el sistema alcanza a proporcionar; líderes tan adolescentes y caprichosos como la sociedad infantil a la que, se supone, representan. Cómo si no explicar el lamentable episodio de Pedregalejo y, al mismo tiempo, el bochorno espectáculo de unos políticos que, con mil y una cuentas pendientes, siguen aferrados el sillón, actuando exactamente igual que aquella señora que, después, de llevarse el hachís a su casa, regresó a su tumbona como si no hubiera pasado nada.

[Fuente: Por Javier Benegas, Vozpópuli, Madrid, 30jul16]

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