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15ago26


Cien años del olvidado puesto español en el Sahara que Washington ha transformado en una gran base militar


En la delgada franja de arena donde el Sahara Occidental se desdibuja frente al Archipiélago Canario, el tiempo no transcurre en forma de línea recta, sino como un bucle geopolítico. Quienes en 2026 observan desde las costas de Fuerteventura el horizonte oriental no divisan las velas de los faluchos ni los penachos de polvo de las caravanas que alarmaban a los vigías del siglo XIX, sino las estelas invisibles de la guerra electromagnética de alta frecuencia. La lógica de fondo sigue siendo idéntica a la de hace exactamente un siglo: la transformación de un erial árido en un enclave defensivo de proyección exterior administrado por una potencia ajena al territorio. Aquello fue suelo español porque los Reyes Católicos así lo instaron a señores que dominaban Lanzarote y tuvo un nombre: Santa Cruz de la Mar Pequeña o Puerto Cansado.

El 29 de marzo de 1496, la Corona castellana formalizó su asentamiento en la Mar Pequeña al mandar construir una torre de realengo bajo la supervisión de Alonso Fajardo, gobernador de Gran Canaria. El puesto, dotado de un pequeño retén de soldados, combinaba la vigilancia militar con la explotación de una factoría mercantil orientada a los contactos con las tribus bereberes. Para proteger este flujo comercial frente a los abusos locales, Fajardo consiguió que Isabel y Fernando vetaran las tradicionales cabalgadas en la zona y otorgaran salvoconductos reales que amparaban a los mercaderes lugareños en sus tratos con el enclave.

Hace cien años, España, exhausta tras las sangrientas campañas del Rif y ahogada en el inmovilismo de su propia burocracia colonial, intentaba formalizar su presencia en la franja costera de Cabo Juby. El mapa ha cambiado de manos, manteniendo la naturaleza del dominio. El teniente general Antonio Ramos-Yzquierdo Zamorano, presidente de la Hermandad de Tropas Nómadas y miembro de la Asociación Española de Militares Escritores, recuerda sobre aquel complejo choque cultural que un factor de difícil asimilación en este tipo de fuerzas regulares indígenas era el de la disciplina, tal y como se concibe y se practica en cualquier ejército, donde las particularidades ambientales del desierto, la estrecha convivencia con los nómadas en el servicio y cierta infantilidad de carácter obligaban a un trato más benévolo y tolerante.

El espacio que en 1926 fue asignado a patrullas indígenas a lomo de camello para contener el vacío del desierto aloja hoy el Africa Multidomain Training and Experimentation Center (AMTEC), un campo de pruebas militar sin instrumentación fija donde el Pentágono y el Reino de Marruecos ensayan el armamento cinético e hipersónico del siglo XXI. El protectorado administrativo de la Restauración ha mutado, mediante un salto de un siglo, en un protectorado tecnológico de facto bajo la tutela de Washington.

Desde las plataformas de análisis y memoria histórica sobre el antiguo territorio colonial, como El Rincón de Sidi Ifni, analistas como Luis de Carlos Calderón señalan que al reconocer como parte de Marruecos una región claramente saharaui como lo es hoy Tarfaya, "se estaba sembrando para el futuro una confusión que repercutiría primero en la separación del pueblo saharaui y segundo en la legitimación de Marruecos para hacerse con un territorio ajeno, concediéndosele esta región se le estaba dando alas para afirmar los derechos marroquíes sobre el resto".

Lógica burocrática e inercia imperial

La historia del control militar en el litoral atlántico africano arranca de una parálisis. En abril de 1925, una comisión inspectora enviada por el Gobierno del Directorio Militar del general Primo de Rivera desembarcó en las playas de Tarfaya. La misión, encabezada por oficiales de la máxima confianza de Madrid, traía una consigna ejecutiva: destituir al teniente coronel Francisco Bens Argandoña, el gobernador que desde 1916 sostenía la frágil bandera española en la zona.

La segunda recomendación del Estado Mayor Central ordenó reducir los presupuestos y recortar la guarnición militar. La respuesta de Bens, pragmática y desesperada, fijó el modelo de ocupación del desierto para las cuatro décadas siguientes. Si España no podía enviar regimientos peninsulares, debía armar a las propias tribus nómadas, imitando el esquema de las compañías meharistas que la Francia colonial empleaba en el sur de Argelia y Mauritania.

El trámite burocrático demoró más de un año. El 27 de julio de 1926, Madrid autorizó la creación de la Mía Nómada de Cabo Juby. En el papel, la orden preveía tres secciones o farkas montadas a camello. En la realidad de la tesorería de la época, la unidad nació como un escuálido pelotón a pie: un teniente instructor, un intérprete, un sargento, un cabo primero, un caíd nativo y medio centenar de áskaris reclutados a toda prisa.

La convivencia en aquel barracón batido por el viento del Atlántico expuso las complejas fracturas sociológicas y las sombras de la presencia colonial. La administración intentó combinar tropas auxiliares marroquíes procedentes de las Mehal-las del Norte con nómadas saharauis. El experimento rozó el desastre: los marroquíes, imbuidos de un sentimiento de superioridad urbana, miraban con desprecio a los beduinos del sur, extrañados ante hombres que consumían la carne de camello y la caza prácticamente cruda durante las largas marchas.

Miseria moral y ordenamiento del caos

A esta tirantez militar se sumaban dinámicas sociales en los asentamientos coloniales. La historiadora Ángela Laguna González, en su estudio académico sobre la presencia española y la descolonización en el territorio (Universidad de Zaragoza, 2024), destaca que la cotidianidad estaba atravesada por un profundo sesgo estructural, relacionando la existencia de un alto condicionante racista y de exclusión al nativo, sobre todo por parte de la población proveniente de la Península, con el desarrollo de actividades donde el esclavismo no era la única práctica problemática, operando el territorio como escenario para el floreciente crecimiento del comercio ilícito y la prostitución, derivados de la falta de regulaciones claras y de las marcadas diferencias entre la población masculina y femenina.

Ramos-Yzquierdo Zamorano recuerda que a partir de 1928, bajo el mandato del comandante Guillermo de la Peña Cusi, la reorganización de las Tropas de Policía del Sahara intentó meter en cintura aquel entramado mediante un reclutamiento tribal milimétricamente calculado. Las cabilas nómadas de tradición guerrera, como los Ulad Delim y los Erguibat, pasaron a nutrir los contingentes de choque y patrulla a camello; las tribus Tekna, orientadas históricamente al comercio caravanero, y los agrupamientos de Ulad Tidrarin y Arosien, dedicados a la cría de ganado y la agricultura de pozo, fueron encuadrados en labores sedentarias de auxilio y guarnición.

Aquellos hombres vestían el zam --el turbante azul de varios metros de tela enrollado para filtrar el irifi, el abrasador viento del desierto--, dos derrahs de algodón superpuestos y ceñidos al cuero de las cananas, y las nails o sandalias de piel que, al saltar sobre la ráhala (la silla de montar camellar), quedaban colgando de los arzones. En sus pechos lucían la media luna de oro con la estrella de cinco puntas y la palabra "Sahara" grabada bajo la corona real.

A falta de un control territorial efectivo, su cometido principal fue la diplomacia del naufragio. La mayor utilidad de las Mías Nómadas no consistió en ganar batallas, sino en galopar a lo largo de los bancos de arena de la Costa de la Muerte para rescatar a los supervivientes de buques mercantes encallados o a los pilotos de las líneas aéreas comerciales --como Aeropostale-- que realizaban aterrizajes de emergencia. Su sola presencia evitaba que las tripulaciones cayeran en manos de partidas incontroladas que exigían cuantiosos rescates en plata por su liberación.

La administración de la nada

Con el advenimiento de la Segunda República en 1931, el aislamiento de Cabo Juby volvió a profundizarse. La falta de suministros y el desinterés de los gobiernos de Madrid sumieron a la pequeña guarnición en una parálisis endémica. La tribu de los Izarguien, asentada en los alrededores de Tarfaya, entró en franca rebeldía, cortando los accesos terrestres al fuerte.

El giro decisivo se produjo en 1932 con la llegada del nuevo Gobernador y Delegado del Alto Comisario, el comandante de Infantería del Servicio de Aviación Eduardo Cañizares Navarro. Cañizares reorganizó la Mía de camellos con el concurso de los tenientes Fernando Álvarez Amado y Carlos de la Gándara Esteban. En coordinación con la plaza de Villa Cisneros, hoy Dakhla, trazó un plan de cinco puntos que redefinió el papel de España en la región: someter a las cabilas rebeldes mediante la presencia constante en los pozos de agua, restablecer la diplomacia tribal con los jefes arnegares de Ait Baamran y proyectar la influencia militar hacia el interior inexplorado, anticipándose a las columnas francesas que avanzaban desde el valle del Draa y el Souss.

Ramos-Yzquierdo Zamorano señala que ese esfuerzo organizativo demostró su eficacia en el momento más dramático de la historia española del siglo XX. El 18 de julio de 1936, las guarniciones del Sahara se convirtieron en un microcosmos de la Guerra Civil. En Villa Cisneros, suboficiales leales a la República urdieron un plan para arrestar al Gobernador militar y a sus oficiales mientras estos participaban en una jornada de pesca en la playa de La Sarga. La conspiración fue abortada por la irrupción fortuita de la Sección de Camellos del teniente La Gándara. Tras neutralizar el complot, el Gobernador despachó un radiograma célebre al Ministro de la Guerra en Madrid comunicando que no obedecería más órdenes que las procedentes del general Franco.

En ese contexto de guerra abierta en la Península, Ramos-Yzquierdo detalla que emergió la figura del teniente coronel Antonio De Oro Pulido. Procedente de la escuela de Interventores del Protectorado, De Oro comprendió que la soberanía en el desierto se sostenía sobre la lengua y la logística. Obligó a sus oficiales a estudiar el hassanía --el dialecto árabe berberisco del Sahara atlántico-- y redactó un manual de conversación que los tenientes de las Mías llevaban guardado en sus tasufras (alforjas de cuero) durante los patrullajes.

Bajo el mando de De Oro se trazaron más de 2.500 kilómetros de pistas de tierra, se desbrozaron aeródromos de fortuna en la arena y se acometió la tarea de desenterrar y acondicionar la red de pozos del interior, cegados por la deriva constante de las dunas. Con las Mías Nómadas como punta de lanza, España estableció los primeros puestos fijos en Smara, Guelta Zemmur, Tichla y Bir Ganduz, marcando con banderas y destacamentos indígenas los límites teóricos del territorio frente al avance del ejército colonial francés.

Paralelamente, De Oro y el practicante Francisco Lamarque recorrieron los asentamientos beduinos reclutando a cientos de jóvenes saharauis. Tras una selección física y un adiestramiento acelerado en Canarias, estos combatientes pasaron a integrar el Tabor Ifni-Sahara, enviado a combatir en los frentes de la Península Ibérica.

Ficciones jurídicas y liquidación diplomática

La arquitectura territorial erigida por De Oro y sostenida por las tropas nómadas sufrió su quiebro definitivo por las grietas diplomáticas de Madrid. Sobre esta encrucijada jurídica e histórica, Ramos-Yzquierdo Zamorano subraya el desencadenante final de la retirada de Cabo Juby, recordando que en abril de 1958, sin la presión de las bandas armadas, España cedió a Marruecos la zona sur del protectorado, la zona Tekna, comprendida entre el Uad Draa y el paralelo 27º 40'. Una cesión que debía haberse entregado junto con la zona norte del protectorado en 1956, pero cuya efectividad se retrasó hasta el acuerdo de Cintra firmado por Castiella y Balafrej el 1 de abril de 1958. Esta decisión entregó una parte del Sahara a un Marruecos que nunca había tenido soberanía sobre esta zona, habiendo reconocido el propio sultán de Marruecos, al conceder el permiso para el asentamiento de Santa Cruz de Mar Pequeña, que su poder no llegaba más allá del Uad Nun.

Aquella firma en la ciudad portuguesa desmanteló la franja administrativa de Tarfaya y Cabo Juby que las Mías habían patrullado durante más de treinta años, desplazando la frontera española hacia el sur, al paralelo 27º 40', e iniciando la progresiva contracción colonial que culminaría casi dos décadas más tarde.

Optimizaciones técnicas del paisaje

Un siglo después de que los tenientes de la Mía Nómada contaran las raciones de grano para sus camellos en las murallas de Cabo Juby, la geografía técnica de la región ha sufrido una transmutación radical. Los oficiales de Asuntos Indígenas del siglo XX necesitaban dominar el dialecto local para negociar con los jeques de los Erguibat el paso por una aguada; las fuerzas que operan en el mismo sector emplean frecuencias de radio de espectro disperso y algoritmos de focalización térmica.

A 200 kilómetros de las costas de Fuerteventura y Lanzarote, en la provincia de Tan-Tan --la antigua demarcación del Protectorado Sur de Cabo Juby entregada tras los Acuerdos de Cintra--, el mapa militar global ha fijado una de sus coordenadas más confidenciales. En el catálogo oficial de polígonos de tiro del Gobierno de los Estados Unidos, junto a enclaves de ensayos nucleares y aeronáuticos como Dugway Proving Ground en Utah o Camp Grayling en Míchigan, aparece la sigla AMTEC (Africa Multidomain Training and Experimentation Center).

Fruto del acuerdo de defensa mutua firmado entre el Mando de Estados Unidos para África (AFRICOM) y la Real Fuerza Armada de Marruecos, el antiguo teatro de operaciones de las patrullas saharianas se ha transformado en un laboratorio a cielo abierto para la guerra del futuro. Las especificaciones técnicas del centro revelan un espacio operativo masivo donde los contratistas privados de defensa norteamericanos y los mandos marroquíes prueban prototipos de armamento sin las cortapisas regulatorias, medioambientales o de tráfico aéreo que paralizan los campos de pruebas en la Europa comunitaria o en el continente americano.

Allí donde los áskaris rastreaban las huellas de los cuatreros de ganado en la arena, se ensayan interceptores cinéticos de bajo coste, enjambres de vehículos aéreos no tripulados (UAV) y proyectiles de hipervelocidad diseñados para penetrar defensas antiaéreas saturadas.

El pliego de capacidades del AMTEC define un entorno operacional extremo denominado DDIL (Denied, Degraded, Intermittent and Limited). En esta franja del Atlántico, los ingenieros militares norteamericanos fuerzan el colapso de los sistemas de telecomunicaciones, la anulación de las señales de navegación por satélite (GPS/PNT) y la saturación del espectro electromagnético mediante pulsos de guerra electrónica de alta potencia.

En este polígono costero se disparan lásers de alta energía (High Energy Laser) capaces de fundir el fuselaje de un dron en pleno vuelo mediante degradación térmica, y se proyectan descargas de microondas de alta potencia (High Power Microwave) orientadas a inutilizar la microelectrónica de misiles de crucero convencionales.

El dato más revelador que figura en los documentos de contratación pública del Pentágono --alojados en los portales gubernamentales donde se tramitan los permisos de la ley FOIA o la plataforma iSALUTE-- es la calificación operativa del campo de tiro: "Sin instrumentación".

A diferencia de las galerías de pruebas occidentales, erizadas de radares de seguimiento métrico, teodolitos ópticos y sensores de telemetría de alta precisión para medir cada variable de una detonación, el complejo atlántico de Tan-Tan funciona como una galería a ciegas. Los misiles de largo alcance, las cargas de alto explosivo y los proyectiles de artillería de última generación son lanzados sobre el desierto y las aguas adyacentes sin necesidad de registrar datos científicos formales. Si el proyectil impacta, destruye; si falla, la arena o el océano absorben el residuo sin que quede constancia en un informe de auditoría ambiental.

Certezas mecánicas y olvido de los hombres

Existe una ironía trágica en la metamorfosis de este rincón del África occidental. En 1926, la España de Primo de Rivera recurrió a la creación de la Mía Nómada por impotencia: la incapacidad económica y militar de controlar un territorio formalmente asignado por las potencias coloniales en las conferencias internacionales de principios de siglo. Las patrullas a camello eran la ilusión de un imperio que apenas podía pagar el sueldo de sus intérpretes.

Un siglo después, el control del territorio ha cambiado de escala, manteniendo su naturaleza. La soberanía nominal que la administración marroquí ejerce sobre la franja costera de Tarfaya y Tan-Tan se ve redefinida por la presencia operativa del gigante militar norteamericano. Marruecos cede el suelo y el espacio aéreo para convertirse en el peón estratégico clave de Washington en el flanco noroeste de África; Estados Unidos obtiene un polígono militar sin restricciones legales a las puertas de la Unión Europea; y Canarias observa, desde su fragilidad insular, cómo la frontera de la guerra electrónica global se ha instalado definitivamente al otro lado del canal marino mesa.

Las viejas tasufras de cuero donde los oficiales de las Tropas Nómadas guardaban el diccionario de hassanía del teniente coronel De Oro han sido sustituidas por consolas de mando redundantes conectadas a satélites de órbita baja. Cuando la polvareda de una detonación hipersónica se levanta en las proximidades de Cabo Juby, el viento irifi la arrastra hacia el mar exactamente de la misma manera que lo hacía hace cien años, cuando el paso cansino de un camello de la Mía de Policía marcaba el límite incierto del mundo conocido.

[Fuente: Por José Luis Jiménez, Vozpópuli, Madrid, 15ago26]

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Sáhara Occidental | Western Sahara
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