Muertos en Falsos Enfrentamientos
Patricio Sobarzo, nuestro amigo y compañero

Quería hablarte del dolor y del amor que tu muerte me ha significado. Primero del dolor, por supuesto. La incredulidad inicial fue el síntoma de que algo importante nos estaba sucediendo cuando nos enteramos de los hechos: "debe ser un error", pensé, porque si eran ciertos, la muerte habría llegado nuevamente a casa, arrancándonos un brazo, un amigo, un hermano, un compañero, un pedazo de nosotros: la herida que quedaba abierta era enorme, un golpe mortal nos habrían dado; ... es que ¿el costo social que la liberación exige dejaba de ser un concepto y se transformaba brutalmente en nuestra propia muerte? Pero.. . ¿por qué tú? ¿hasta dónde llega el poder de los que deciden la muerte y de los que la ejecutan?

Habían llegado a ti, al más conocido, al más querido, al mejor, precisamente porque estabas en tu máxima expresión, dándote por entero, acudiendo a la primera línea de fuego. En esos días un compañero dijo: "la muerte de Patricio es un acto de amor", y esa fue la respuesta precisa, la que ha ido explicando todo. Así, ningún dolor parece ser demasiado, porque es tu propia vida ejemplar la que explica la necesidad de tu conducta.

Son más lentos, pero también son más profundos y arraigados, los sentimientos que se van moldeando en nosotros desde tu muerte. Quizás aún no han adquirido en mí una plenitud suficiente como para producir una lucidez sobre sí mismos, pero están en desarrollo, buscando entretejerse con cada acto realizado, en cada una de las acciones con que damos continuidad al tiempo de que disponemos para demostrar lo que somos, en definitiva. Por eso la presencia viva de tu ejemplo, por eso la intensidad de la emoción cuando requiero tu presencia.

Admiro hoy esa extraña cualidad que te hacía tan coherente y que no supe apreciar en toda su dimensión cuando estuviste con nosotros: tenías intensiones totales, no sólo aterrizar en nuestro país la utopía humana, sino que también en l«s lugares cotidianos derramaste ese tremendo cariño que caracterizaba tu trato a los compañeros.

Es una extraña paradoja la de quien muere persiguiendo un ideal, luchando por el país deseado y, al parecer, sólo encuentra un sitio en la calle acribillado por balas reales. Pero para quienes la utopía es sobre todo un poderoso sentimiento de cambio, el lugar deseado no puede ser otro que el corazón de su pueblo y su inmenso anhelo de paz y justicia. Indudablemente has llegado donde siempre quisiste estar.

Me dan unas ganas enormes de recordar situaciones vividas juntos, caracterizar tu presencia rotunda, tu alegría y animosidad para hablar, comer, tomar y contar anécdotas, rescatando del olvido a tanto personaje desapercibido por nosotros y que están ahí, dispuestos a ser reconocidos por un narrador de vidas como eras tú. Pero, en fin, hay que sintetizar, sobre todo cuando no estamos seguros de reflejarte con propiedad en la escritura. Es mejor intentar decirlo todo directamente, que tu muerte nos dejó suspendidos de dolor, con la certeza de que al hombre concreto ya no lo viviríamos más.

Aunque aún es difícil asimilar tu ausencia, la alegría, que en los primeros días aparecía como un pequeño cometa, que surcaba un sombrío firmamento de muerte, se ha ido transformando en una luz cálida y permanente.

Escribirte es haber recuperado la comunicación contigo, largamente perdida. Lo que pasó es que uno se confunde, duele y atemoriza también con la muerte, pero he comprendido que debo hacer lo necesario y para ello tu ejemplo es concreto

Ayer ganó Chile en fútbol y estoy seguro que te habría gustado estar junto a tus amigos, viendo el partido. Te imagino y recuerdo perfectamente riendo junto a nosotros: eras un hombre tranquilo y cariñoso, te gustaba bromear y saludabas con grandes palmadas en el hombro y con un sólido apretón de manos. Sí, te extraño mucho. Al parecer, nos queríamos de verdad.

Si la muerte nos libera del tiempo histórico y de las tareas necesarias, seguramente uno tendrá todo el derecho para moverse en el tiempo como quiera. Te veo regresando a tus lugares favoritos, a recorrerlos en absoluta calma, tranquilo y orgulloso de la vida cumplida. Habrás estado en San Rosendo, ese pueblo lejano de la infancia, lleno de máquinas a vapor y de líneas férreas, de esas mismas que estructuraron tu esqueleto de sureño. (Allá andabas en la máquina de tu viejo). Un hermoso compañero del sur, con todas esas características atribuidas a los hombres del sur: amantes de la naturaleza, desarrollan sentimientos profundos con el espacio que habitan.

Se encariñan fácilmente con las cosas cotidianas. Les gusta viajar y caminar y llegar a la casa de un amigo a refugiarse de la lluvia y a tomar un buen pipeño o, por último, a tomarse unos mates. Conversadores hasta la madrugada, fumadores inagotables, en fin, de hábitos sencillos, serios la mayor parte del tiempo, pero de risa fácil y explosiva. Te hacías querer porque eras abierto y franco. En mí, tú eres un lugar al que acudo con gusto, porque eres de mi tierra y de mi país: nos estamos encontrando entonces, compañero.


Editado electrónicamente por el Equipo Nizkor- Derechos Human Rights el 18mar02
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