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31ago12


Llegar a mitad de la obra


Hace una década mal contada, un inglés que vivió en Colombia en los años ochenta me resumió su experiencia con esta figura: "Fue como llegar a una obra de teatro en el segundo acto", me dijo, "y darse cuenta de que en el público no hay dos versiones idénticas de lo que pasó en el primero".

Desde entonces he tenido esa hipérbole por una verdad incontrovertible, más que nada porque me ayuda a explicarme la crispación constante de los ánimos, nuestra fabulosa incapacidad para encontrar méritos en el argumento del contrario y aun nuestra brutal tendencia a la desmemoria. Es evidente: si no logramos ponernos de acuerdo sobre nuestro pasado común, mejor negocio es fingir que no existe. En buena parte eso es lo que ha ocurrido con la serie sobre Pablo Escobar: que todavía no sabemos qué carajos fue lo que pasó. Por eso hay gente sensata, inocente de todo puritanismo, que detesta la serie por cuenta de un supuesto elogio de la delincuencia. Y por eso hay gente sensata, inocente de todo afán sensacionalista, convencida de que la serie es hipócrita, de que no hace más que edulcorar los hechos de aquellos años difíciles.

La frase del inglés volvió a cobrar una pertinencia misteriosa en estos últimos días, con la reacción de Uribe tras el breve discurso en que Santos anunció los acercamientos con la guerrilla de las Farc. "Todo estaba cantado", dijo Uribe. Se refería, por supuesto, a los rumores de posibles negociaciones, y se refería al hecho de que él ya lo sabía. "Todo estaba cantado", dijo Uribe. Y lo que a mí no deja de sorprenderme es que Uribe se entere antes que nadie de los secretos más secretos del gobierno de Santos, que nos llegue cada dos por tres con revelaciones que sorprenden incluso a los allegados del Ejecutivo, y en cambio ignorara lo de Santoyo, ignorara lo de Moreno, ignorara lo de Arias, ignorara lo del DAS, ignorara lo de Job, ignorara lo de los votos por notarías, ignorara lo de los falsos positivos, ignorara lo de Urabá en tiempos pasados, ignorara lo de las desmovilizaciones fingidas en tiempos más recientes. Lo interesante, por supuesto, es que esas cosas no han sucedido todavía para buena parte del uribismo (la otra parte las justifica: el fin y los medios, ya se sabe). En otras palabras: no nos hemos puesto de acuerdo sobre lo que sucedió durante los ocho años de gobierno uribista. Y tal vez nunca lo hagamos.

Por ejemplo, yo creo recordar --pero quizás sea sólo mi memoria interesada-- que en los años del uribismo hubo una suerte de guerra abierta del Ejecutivo contra la Corte Suprema. Creo recordar también que la Corte Suprema fue víctima de espionajes sistemáticos que hubieran tumbado al Gobierno en otro país, y sobre todo creo recordar que fueron los periodistas de opinión quienes sistemáticamente defendieron a la Corte o denunciaron los atropellos. En esos periodistas pensaba yo la semana pasada, mientras asistía a la amenaza de demanda penal que la Corte les lanzó a dos columnistas de opinión. La Corte acaba de retractarse, pero yo sigo preguntándome si en realidad pasó lo que yo creo que pasó: si ese recuerdo --el de tantos periodistas que defendían a los magistrados de las hostilidades-- es otro truco de la memoria, mi percepción sesgada de esos años sobre los que tampoco lograremos nunca ponernos de acuerdo.

[Fuente: Por Juan Gabriel Vásquez, El Espectador, Bogotá, 31ago12]

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