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01ago10


El sultanato que expira


Estoy contando los días, las horas y los minutos que le quedan de gobierno al presidente Uribe con una emoción cercana al paroxismo. Y lo hago no precisamente porque sea una devota del santismo -de hecho no voté por Juan Manuel ni creo en sus milagros-, sino porque tengo la convicción de que cada minuto que pasa, cada segundo que corre, a los colombianos nos quedan menos días y menos horas bajo la sombra tutelar de un gobierno que durante ocho años no fue una dictadura ni una democracia, sino un sultanato.

Giovanni Sartori utilizó esa definición en su último libro -la de que no estamos ni en una dictadura ni en una democracia sino en un sultanato- para explicarles a los italianos lo que significaba el gobierno de Berlusconi. Sin embargo, la frase sirve para definir también la verdadera naturaleza política del gobierno de Uribe.

Dirán que es una exageración tachar de dictador al presidente Uribe, pero como bien lo afirma Sartori, en estos tiempos la toma de las democracias por parte de los gobiernos autoritarios se hace cuidando las formas. Por cuestión de estética, asegura el intelectual italiano, ningún gobernante se declara dictador, pero "todos los que simulan no serlo, generalmente lo son". Un indicio de su verdadera naturaleza es si el poder lo ejerce concentrado en su persona y si las reformas constitucionales que apoya intentan debilitar y asfixiar a los contrapoderes que los obstaculizan. En el caso de Uribe, esas dos características se cumplen al pie de la letra: ha tratado de quitarle a la Corte Suprema la competencia de investigar y juzgar a sus familiares y compadres políticos investigados por parapolítica, y acaba de presentar un proyecto para que la Fiscalía pase a ser controlada por el Presidente en momentos en que se están adelantando las investigaciones que tienen a casi todos los miembros de su círculo íntimo investigados y/o en la cárcel.

Afortunadamente, el nuevo ministro del Interior, Germán Vargas Lleras, de un tacazo ha desechado esta propuesta que nos deja el sultán de despedida.

Bajo su sultanato, Álvaro Uribe hizo lo que quiso sin rendirle cuentas a nadie; impuso sus gustos, su forma de vestir y su lenguaje de hacendado paisa; se volvieron lugares comunes sus símiles entre la política y las bestias y entre las bestias y los magistrados de las cortes.

Gobernó como un sultán sobre el Congreso y creó un partido de papel para que se postrara a sus pies. Dispuso de sus ministros como si fueran personal de servicio y su corte de fieles cumplió sus designios transgrediendo incluso las fronteras de la ley para demostrarle su lealtad. Fue despótico con todo lo que le quitara protagonismo: con los partidos, con los gremios, con las instituciones.

Su gobierno fue epicentro de los peores escándalos de corrupción que se recuerden desde el proceso 8.000, pero 'el pueblo' nunca le pasó ninguna cuenta de cobro. Uribe, el sultán, logró convencerlos de que todas esas denuncias eran calumnias y montajes hechos en su contra por los enemigos de la seguridad democrática que le hacían el juego al terrorismo de las Farc. Les triplicó los subsidios y les aseguró que con él siempre tendrían papa en la boca.

Ni las 'chuzadas' del DAS, ni la compra de su primera reelección, ni los 'falsos positivos' le hicieron mella en su popularidad y, por el contrario, se dio el lujo de macartizar a quien se le vino en gana y de estigmatizar a quienes hicieron denuncias contra su gobierno, al tiempo que se esforzaba en presentarse como un gobernante respetuoso del disenso, de la división de poderes, de la oposición y de la crítica.

Si no es porque la Corte Constitucional en buena hora frenó su segunda reelección, muy probablemente hoy el país estaría enterrando lo que nos queda de democracia en medio de un gran júbilo. Uribe habría cerrado ya la Corte Suprema y en lugar de andar en la unidad nacional de Santos, el país estaría embarcado en lo que Sartori ha dado en llamar una "Constitución inconstitucional"; se habrían eliminado las estructuras garantistas sin llamar mucho la atención y a Uribe se le habría permitido un ejercicio concentrado e incontrolado del poder político hasta por lo menos 2019.

Ahora entenderán por qué cuento las horas, los minutos y los segundos que le faltan a este sultanato para que expire. Ante semejante perspectiva, cualquier cosa que nos pueda pasar con Juan Manuel, por mala que sea, desde ya la considero una ganancia.

[Fuente: Por María Jimena Duzán, Revista Semana, Bogotá, 01ago10]

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